Un fuego a través del agua

Por Rodolfo Rabanal
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23 de agosto de 2001  

El poeta ruso transita el invierno de Italia atrapado en la vasta nostalgia de una patria que ha perdido para siempre. Busca -al menos eso se indica- el rastro de otro poeta, igualmente ruso y, como él mismo, también perdido en Italia, sólo que en el siglo XVIII. Condenado por una dolencia cardíaca, el poeta de los silencios y el andar vacilante, debe cumplir con un rito esencial de purificación que operará el milagro de salvar al mundo. En ese trance, encomendado por un loco al que sólo él, un poeta, concede atención, deja de lado su preocupación histórica y lleva adelante la tarea señalada: atravesar una pileta de aguas termales llevando en las manos una vela encendida. La "ignis caritas", o fuego del amor.

La escena pertenece a la película "Nostalghia", que el director ruso Andrei Tarkovsky filmó en Italia en 1983. La historia que en ella se narra es la delicada, hermética y vacilante peregrinación a las fuentes de la luz con el propósito de regenerar el valor espiritual de la humanidad, valor que Tarkovsky consideraba extraviado en el confuso sinsentido de la vida moderna. El director estaba convencido de que la conexión entre el comportamiento del hombre y su destino había sido destruida, y atribuía a esta trágica ruptura el insatisfactorio sentimiento de inestabilidad que caracteriza al mundo de hoy: "El hombre ha llegado a convencerse, de manera falsa y mortal -escribió poco antes de morir, en 1986-, de que él no juega ningún papel en la configuración de su destino".

Vi esta película noches pasadas en Canal 7 y me sentí profundamente agradecido por su existencia y su difusión, para mí inesperada. Una vez más, esa noche, aprecié la singularidad incomparable de este artista al que Ingmar Bergman situó por encima de sí mismo al subrayar que nadie, salvo Tarkovsky, supo tratar el misterio del espíritu como el único y exclusivo ingrediente de sus argumentos cinematográficos. En "Nostalghia", como en casi todas sus otras películas, la presencia del agua ocupa un lugar destacado; a veces es la lluvia y la perfecta distinción de su sonido, otras los estanques o los arroyos, aguas que corren o se deslizan y evaporan, aguas que se remansan y sirven de espejo a la memoria. Aunque alejado de todo esoterismo, Tarkovsky respetaba los significados simbólicos, expresivos de una pesquisa ineludible entre el afán poético y el enigma espiritual. En "Nostalghia" el agua se precipita y murmura, gotea y se desplaza e indica, al fin -como también lo hace el fuego- el camino heroico y el lugar del sacrificio en el que se inmolan el poeta y el loco. La breve travesía de un hombre sosteniendo una vela a través de un piletón con aguas bajas y estancadas, los tres intentos que hace para evitar que la débil llama se apague, son como un retrato metafórico de la humanidad transitando al borde filoso del abismo. Que esa secuencia concluya con el Réquiem de Verdi es, más que un detalle, la confirmación de que el sacrificio ha sido consumado.

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