Un geólogo que cierre la grieta

Pablo Mendelevich
Pablo Mendelevich PARA LA NACION
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11 de septiembre de 2019  • 00:08

Así como Eva Perón nunca prometió "volveré y seré millones", parece ser que tampoco pertenece a Menem la frase "si hubiera dicho lo que iba a hacer no me votaba nadie". El que habría expresado "a mí sólo me mataréis, pero mañana volveré y seré millones" fue, 138 años antes de que naciera Evita, Tupac Katari, un líder aimará de cuyas hazañas no quedan textos, sólo relatos orales.

Con la supuesta confesión de Menem es distinto, porque algunos filólogos del peronismo aseguran que la frase salió de la boca de un tercero, dicha, con perdón de la redundancia, en tercera persona, efectivamente referida a Menem. El tercero no era un dirigente ni un analista político sino un tenista, uno más que certero, prócer, Guillermo Vilas. Como muchos argentinos creen igual que Vilas que si Menem decía lo que iba a hacer no lo votaba nadie, y como Menem solía tener ese desparpajo, la frase le fue endosada para la eternidad.

No sólo eso. A la confesión arraigada en Menem se le asigna categoría de magisterio, también alcance universal, como si pudiera ser aplicada a la conciencia -cuanto menos ya que no a la confesión pública- de cualquier candidato presidencial en campaña. Decir lo que uno de verdad hará, se supone, no paga. Al contrario. La campaña es para encantar votantes, no para enterarlos. ¿Está eso tan aceptado? La novedad de este año es el debate presidencial por ley, que tiene ansiosos a los que esperan que allí sí la contrastación obligue a airear verdades guardadas. Pero quien más, quien menos, muchos ciudadanos, pueblo como dice el peronismo, o muchos vecinos como dice el gobierno, sienten que una campaña electoral tiene cierta permisividad lúdica, tal vez una convalidación del código implícito en el que la verdad se posterga detrás del encantamiento. Es como creerse la ficción que se consume en el teatro, el cine, la televisión, donde las actuaciones son tomadas por ciertas a menos que los actores sean muy malos y nos recuerden al actuar que son actores.

Todo esto viene a cuento de Alberto Fernández, el candidato estrella del momento, el que está en las primeras planas, el que levanta el rating como invitado a los programas periodísticos y, si uno lo piensa, el único candidato al que se ve trabajando a destajo de eso, de candidato. Lo cual, como marca el manual del antepenúltimo candidato presidencial ganador de su mismo partido, no significa que derroche precisiones, que desparrame información, que diga qué piensa hacer, sino que gracias al lugar en el que lo puso el aperitivo electoral de agosto y a su sostenido esmero de obrero proselitista logró convertirse en el que más trabajo les da a los exégetas.

Seleccionado por su lugarteniente (lugartenienta, dirá ella), es el candidato de un peronismo que se unió para desalojar a Macri del poder siguiendo la mejor tradición "anti" de la alternancia política argentina. Peronismo hasta hace poco loteado, entre otras cosas, porque gobernadores y sindicalistas atendían su propio juego, Sergio Massa llevaba años sin hablarse con Cristina Kirchner, Matías Lammens directamente no la conocía, el propio Alberto Fernández decía que la conocía demasiado y otros más sentenciaban que el kirchnerismo -que hoy los lidera- ya fue. Mantener cohesionada bajo una misma esperanza a esta coalición recién horneada a la que con justicia llaman Frente de Todos no es tarea fácil, como lo demuestra el momento diario que Fernández reserva para desmentir planes para después del 10 de diciembre, no anunciados, imaginados o pretendidos por sus oponentes sino por sus socios.

El último fue, nada menos, la reforma constitucional que había insinuado la candidata a vicepresidenta al hablar de un "Nuevo orden", en alemán Neuordnung, de acuerdo con lo que también propuso Hitler en "Mi lucha" en 1922. Es obvio que el planteo de Cristina Kirchner no tenía relación con el "Nuevo orden" nazi, referido a la organización política, social y económica de Alemania, que ella, a juzgar por la nomenclatura que escogió, desconoce, pero poco ayudó que la autora nunca dijera de qué iba su idea, lo que provocó que mentes desconfiadas, que nunca faltan, vocearan que quería cambiar la Constitución, madre del viejo orden, el orden republicano. Por suerte, Fernández aclaró al ser entrevistado en televisión por Joaquín Morales Solá que con "Nuevo orden" su compañera de fórmula y jefa se refería a "otros compromisos". Por ejemplo, dijo, a "terminar con el hambre".

En este punto el candidato, que había dicho en referencia al antikirchnerismo pasado de Massa que "todos hemos aprendido", no se detuvo a detallar qué cosas aprendió Massa, vencedor en 2013 de su líder hoy recuperada, ni tampoco cuál fue el aprendizaje sobre el problema del hambre durante los doce años y medio de gobierno K ni sobre la orden de los Kirchner de terminar con las estadísticas de la pobreza. En otra oportunidad Fernández degradó esas maniobras a un travieso pero ineficaz enojo con el termómetro.

"No hay ninguna posibilidad de que a mí me convenzan de que hay que reformar la Constitución", dijo anteanoche al admitir que dentro del krichnerismo lo quieren convencer. Ya que en 1994 quedó instaurada la reelección presidencial consecutiva, es esta la primera vez que desde el peronismo se habla de una reforma constitucional -o se la niega- sin que esté en juego aquel beneficio (a menos que se lo quiera volver vitalicio, como lo implantó Néstor Kirchner en la segunda reforma que le hizo a la Constitución de Santa Cruz).

Por frases reversibles que deslizó en sus giras literarias Cristina Kirchner, se temía que fuera ella la principal simpatizante de la idea de modificar la parte doctrinaria, no ya la instrumental, de la Carta Magna. De ahí la importancia de interpretar lo del "Nuevo orden". De qué manera el "Nuevo orden" es lucha contra el hambre se verá. La gran pregunta que surge -a esta altura nada novedosa- es cómo hará Fernández para liderar él la heterogénea coalición que ideó ella, o para decirlo con el giro albertista, para que no haya ninguna posibilidad de que lo convenzan.

Sin que deje de cumplirse la máxima menemista, el reportaje que le hizo Morales Solá por TN fue rico en aproximaciones al pensamiento de Fernández, quien reconoció que vienen años difíciles y a la vez que no tiene un programa. Kirchner, explicó, gobernaba con cinco reglas y él hará lo mismo si llega a presidente, sumando una sexta, la regla de que todo lo que se haga considere el objetivo antiinflacionario.

Pero más que con cualquier otro tema, el mecanismo de postulación sin explicitación de políticas concretas se vio cuando el principal candidato opositor prometió "cerrar la grieta" cual geólogo muñido de una pala gigante. Una pala individual, como se verá.

Habló de las intolerancias del kirchnerismo, sin nombrarlo. "Hace un año yo estaba sentado acá (se refería al programa de Morales Solá en TN, que pertenece al Grupo Clarín) y la mitad del país me acusaba de cosas horribles. Yo estoy acá para cerrar la grieta. Y fui al seminario de Clarín para cerrar la grieta. Y voy a hablar con Majul para cerrar la grieta. Estoy terminando con los símbolos de la grieta".

¿Sugirió que su conducta pretendía marcar un camino ejemplificador dirigido al propio sector político que lo lleva de candidato? Es una postura antigrieta encomiable, pero conviene hacer dos reservas. La primera es que Fernández siempre tuvo este comportamiento, siempre fue dialoguista y bastante más republicano que el promedio kirchnerista (es uno de los principales motivos de por los que ganó el casting de la candidatura), y eso nunca le contagió apacibilidad al resto. La segunda se refiere a su compañera de fórmula, la jefa del armado, quien nunca revisó su decisión de no pisar lo que ella considera territorio mediático enemigo. Su paso más audaz fue la entrevista con Luis Novaresio, por América TV, en 2017, de la que hizo una relectura temeraria hace apenas dos meses, renovando todos los prejuicios que animaron la instalación de la grieta desde la Casa Rosada. Algo que también puede encontrarse en las páginas de Sinceramente.

Es de esperar que Fernández tenga guardada una estrategia más ambiciosa para liquidar la grieta que la de inducir a la reflexión a Cristina Kirchner y a sus discípulos yendo a los espacios del Grupo Clarín a los que casi todo el mundo concurre naturalmente.

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