Un gobierno que hace política negando la política

Eduardo Fidanza
Eduardo Fidanza PARA LA NACION
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8 de octubre de 2016  

Desde que la publicidad y el marketing, hace ya muchas décadas, transformaron la relación entre el poder y el pueblo, no puede saldarse la discusión sobre la naturaleza de lo político. Al menos en la Argentina. Simplificando un debate rico y complejo, podría decirse que de un lado se alinean los que consideran decisivo adecuar la oferta a la demanda política, utilizando los medios masivos y las redes sociales, y del otro, los que estiman que eso no es suficiente, porque lo político es un fenómeno más denso, que comprende múltiples dimensiones. Las posturas lucen irreconciliables porque los contendientes usan conceptos diferentes. Para los mediáticos, lo privado pesa más que lo público; existen la gente, no el pueblo; la agenda y no la historia; el dream y no el proyecto; el set y Twitter, en lugar de la plaza y el bombo. El diccionario de divergencias resulta vasto y propio de un cambio de época.

Esta discusión no es, sin embargo, académica como parecería, sino, paradójicamente, política. Ocurre en las oficinas del poder, no en la calle. Se dice que los que ponen el marketing y la comunicación en el centro de la escena pertenecen a la mesa chica del Presidente. Los que reivindican la política, en cambio, serían funcionarios y legisladores de la coalición de gobierno que no se sientan asiduamente allí. También participaría de la idea de que la política es clave el grueso del peronismo. Ahora bien, en un país signado por la bipolaridad, no puede sorprender que el gobierno anterior haya sostenido que la sociedad se repolitizó durante los últimos años, mientras que ahora los intelectuales de la comunicación oficial afirman que la política ya no le interesa a nadie.

Para esclarecer semejante disparidad, acaso sirvan un par de distinciones, contenidas en dos díadas: público/privado y objetivo/subjetivo. Los que defienden "la política" argumentan que ésta se caracteriza por pertenecer a la esfera pública y, por lo tanto, a una dimensión objetiva de la sociedad, constituida históricamente por sectores civiles y económicos e instituciones. Valoran la cara subjetiva de lo social, expresada en la public opinion de los sondeos y las redes, pero no la conciben sin el Estado, el territorio, los partidos políticos y los poderes fácticos. En cambio, los ideólogos de la comunicación oficial hacen hincapié en lo privado, lo subjetivo y lo sentimental. Miden el interés por la política como se miden las audiencias, y encuentran que ésta tiene poco rating. Entonces concluyen que ya no interesa. Para ellos, los asuntos públicos fueron reemplazados por los temas privados que interpelan a los individuos. Importa lo que les pasa en sus vidas, no lo que sucede en el ágora.

En los hechos, sin embargo, estas posiciones devienen abstractas. El Gobierno, maniobrando en medio de las dificultades, muestra mayor capacidad de síntesis y mediación de lo que sus detractores están dispuestos a reconocerle. Entre ellos, donde hay propios y ajenos, se ha convertido en un clisé afirmar que "no hace política" y que "comunica mal". Es preciso revisar estas opiniones, porque existe evidencia en sentido contrario. La transacción y la deliberación, el toma y daca, la consulta y "la rosca" forman parte de las herramientas del oficialismo e implican el reconocimiento, aun a su pesar, de la dimensión objetiva de la política y de su constitutiva opacidad. Lo mismo puede decirse de los intentos de construir dominio territorial, que aunque suenen a veces ingenuos, demuestran una concepción realista y pragmática del poder. También deben incluirse aquí las alianzas tejidas con personalidades atractivas y polémicas, de apariencia opuesta, como Carrió. Hay que seguir estos ensayos con atención y sin prejuicios. Quizá se esté dando una paradoja que la ligereza intelectual de algunos no capta: éste podría ser un gobierno que hace política negando la política.

Las paradojas, que refrescan el intelecto, pueden ser, sin embargo, riesgosas, si no se combinan de manera equilibrada los términos contradictorios que las conforman. Por eso, los "mediáticos" y los "políticos" de Cambiemos deberían ponerse de acuerdo en torno de la agenda que viene. En primer lugar, el tiempo de la gestión será rebalsado en pocos meses por la competencia electoral. Resultará decisivo, entonces, determinar las mejores candidaturas para los principales distritos, con una seria limitación: se cuenta con pocas figuras y las más prestigiosas son funcionarios. Surgen dudas: ¿deberán poseer entidad propia o la bendición de Macri y Vidal alcanzará para impulsarlos? En segundo lugar, ¿qué papel tendrán la UCR y la Coalición Cívica? Si la política ya no le interesa a nadie, serán ninguneados. En cambio, si aún es importante, su aporte puede ser significativo. Son dilemas a resolver.

Se afirmó en esta columna que tal vez le haya tocado a Macri gobernar en la posmodernidad de la política argentina. Si esto fuera así, a la larga los gurús de la comunicación tendrán razón. No obstante deberían recordar una enseñanza de los historiadores de la cultura: el tránsito de las épocas es lento, y cada etapa nueva se alumbra mejor conservando la genealogía y la memoria de la anterior.

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