Un jesuita outsider de espíritu reformista

Cinco años de Francisco. Además de promover una Iglesia inclusiva y abierta, impuso un estilo simple y directo
Elisabetta Piqué
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25 de febrero de 2018  

ROMA

El 13 de marzo de 2013 Francisco sorprendió al mundo al salir al balcón central de la Basílica de San Pietro saludando no con una bendición en latín, sino con un simple “buonasera”. Comenzaba así un papado seguramente distinto –el primero de un papa latinoamericano, outsider y jesuita–, marcado por un evidente espíritu reformista, que no sólo ha revitalizado a la Iglesia católica, sino que ha trascendido sus fronteras.

Al margen de promover una iglesia católica inclusiva, abierta, que no condena sino acompaña, que tiene que ser como un hospital de campaña tras la batalla, misericordiosa y atenta a los heridos de hoy –refugiados, pobres, descartados, inmigrantes, jóvenes, desocupados–, Francisco ha promovido una cultura del encuentro, de la paz y del diálogo. Se ha acercado a cristianos protestantes en Europa –especialmente luteranos, aunque también metodistas–, convirtiéndose en el primer Papa que participa en una celebración para conmemorar la Reforma, en Lund, Suecia, a fines de 2016. Ha recibido varias veces al arzobispo de Canterbury, Justin Welby, líder de los anglicanos, con quien ha programado viajar a Sudán del Sur cuando sea posible. Rompió una barrera de 1000 años con la Iglesia ortodoxa rusa al reunirse con el patriarca de Moscú, Kirill II, en Cuba, a principios de 2015. Y es conocida su amistad con el patriarca ortodoxo de Estambul, Bartolomé, a quien involucró en su encíclica Laudato si –la primera de un pontífice sobre el cuidado de la casa común–, en su viaje a la isla griega de Lesbos (de la que volvió con tres familias de refugiados), así como en la histórica oración por la paz en Medio Oriente en los Jardines del Vaticano. Allí también había clérigos musulmanes, con quienes forjó una excelente relación, y políticos como el fallecido presidente israelí Shimon Peres y su par palestino, Mahmoud Abbas.

En estos cinco años, Francisco –primer papa que se llama como el santo de Asís que quiso reconstruir la Iglesia, protector de los pobres y de la naturaleza– logró convertirse en una autoridad moral mundial. En marzo pasado, para el 60 aniversario del Tratado de Roma, que sentó las bases de la Unión Europea, todos los líderes europeos fueron a escucharlo al Vaticano. Se reunió al menos seis veces con la canciller alemana, Angela Merkel; tres con su par ruso, Vladimir Putin, y tuvo gran sintonía con Barack Obama, cuyo resultado fue el deshielo entre Estados Unidos y Cuba. Varios líderes del mundo musulmán han buscado audiencia con él: el rey de Arabia Saudita, el de Jordania, el presidente de Egipto, el de Palestina, el de Bangladesh y, recientemente, el de Turquía.

Nunca hubo tantos jefes de Estado y de gobierno en una inauguración de las sesiones generales de Naciones Unidas como cuando Francisco visitó Nueva York, en septiembre de 2015. China se está abriendo ante él, con quien está a punto de sellar un acuerdo sobre la espinosa cuestión de la designación de obispos.

“Francisco es el mejor papa que hemos tenido en años. Había cosas del mundo contemporáneo que iban quedando afuera y él hizo una apertura y un sinceramiento que nos exige en la Iglesia empezar a pensar muchas cosas que conocíamos, pero que no integrábamos desde el Evangelio. Y eso es una novedad y una valentía extraordinaria, que nos va a llevar tiempo decantar”, comentó a la nacion un sacerdote europeo. “Además, no ha tenido ningún problema en normalizar esa estructura cortesana de la Iglesia. Gracias a su contacto con la fe popular latinoamericana y argentina, por otro lado, habla con una frescura y una inmediatez con la que llega a todos y va más allá del catolicismo”, agregó.

Desde su primer “buonasera”, Francisco escandalizó, con su estilo simple e informal, a los sectores más conservadores de la Iglesia. Estos, muy ruidosos en la redes sociales, jamás digirieron su apertura a los divorciados vueltos a casar, presente en la exhortación apostólica Amoris Laetitia, documento que fue fruto de dos sínodos en los que por primera vez los obispos pudieron discutir con total libertad. Si bien estos grupos acusan al Papa de echar por tierra la doctrina sobre la indisolubilidad del matrimonio y hablan de cisma, los expertos no están preocupados. “Francisco no va a ser recordado como el Papa que presidió un cisma porque no hay cisma, sino un grupo que no está contento, muy minoritario”, aseguró el historiador británico Austin Ivereigh, biógrafo de Bergoglio. “La mayoría de la Iglesia está con este papa y encantada con él”.

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