Un mal que dura cien años

Por Tomás Eloy Martínez Para LA NACION
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8 de diciembre de 2001  

HIGHLAND PARK, N. Jersey.- Hace un siglo exacto, Lev Nikolaievich Tolstoi debía estar recibiendo el primer Nobel de Literatura en Estocolmo. Era entonces el escritor más venerado del mundo occidental y por lo menos dos de sus novelas contaban ya con una segura inmortalidad: Guerra y paz (1865-69) y Anna Karenina (1875-77). El propio Tolstoi, en una carta enviada al Stockholm Dagbladet , el mayor diario sueco de la época, anunció que donaría la inverosímil suma de 101 mil dólares asignada entonces al premio a la secta cristiana de los dujubori , que predicaban la castidad, la no violencia, la abstinencia del alcohol y se negaban a servir en el ejército. Tolstoi tenía setenta y dos años y nadie dudaba de la plenitud de su genio.

Una tiniebla de estupor cayó sobre Europa cuando se supo que el comité del Nobel había preferido distinguir a René Sully Prudhomme, un simbolista francés que escribía versos tan impecables como vacuos. Al parecer, era un hombre bondadoso y hasta valiente. En 1870, durante el asedio de París por los ejércitos de Bismarck, se expuso con tanta devoción que contrajo pulmonía y parálisis. Esa nobleza no mejoró su poesía.

Tolstoi tenía incontables enemigos: el Santo Sínodo de la Iglesia Ortodoxa Rusa lo excomulgó en 1901, precisamente, porque profesaba un anarquismo cristiano, según el cual cada hombre puede decidir por sí mismo lo que está bien y lo que está mal, sin confiar en mediadores sacerdotales que, con frecuencia, "corrompen el verdadero mensaje de Jesús". Era un difusor incansable de esas ideas y empleaba casi toda su fortuna en panfletos, asambleas de campesinos, pagos a prosélitos e incesantes obras de propaganda. Su origen noble y su prestigio universal lo volvían invulnerable. Más de una vez, sin embargo, la policía zarista estuvo tentada de echarle mano.

Sully Prudhomme, en cambio, no hacía daño a nadie. Aunque toda su fama derivaba de un folleto lírico titulado Las vanas ternuras , su talento se expresó mejor en prosa. Al libro más ambicioso que escribió no le faltaban aspiraciones morales. Se llamaba La verdadera religión según Pascal y era exactamente eso: un juicioso comentario de los escritos místicos del filósofo y matemático francés. Como todos los autores inocuos, sólo cosechó elogios. Hasta el propio Tolstoi, con su habitual ceguera crítica, lo clasificó en ¿Qué es el arte? entre los mayores poetas de Francia.

Cuando se dio la noticia del Nobel por primera vez, cuarenta y dos de los más importantes escritores suecos le ofrecieron públicas disculpas a Tolstoi por el error de la Academia. El escándalo fue tan considerable, que sus miembros arriesgaron por única vez una justificación del veredicto, indicando que el escritor ruso se había apartado de la literatura y prefería dictar sermones de teoría anarquista y cristianismo místico. Tolstoi vivió nueve años más sin preocuparse del premio, que, mientras tanto, era conferido a nulidades como José Echegaray y Bjornstjerne Bjornson. Su única reacción fue la respuesta que envió a los cuarenta y dos suecos que lo desagraviaron: "Estoy muy contento con mi exclusión -decía-. En primer lugar, me he librado del problema de disponer de ese dinero, que, como todo dinero, sólo puede hacer el mal, de acuerdo con mis convicciones. Y luego, porque me ha procurado el honor y el gran placer de que tantas personas estimables y desconocidas me hayan expresado su simpatía".

Algo semejante repetiría Jorge Luis Borges ochenta años más tarde, cuando él también llevaba ya varios años perdiéndolo. Es casi unánime atribuir ese voluntario olvido de la Academia Sueca (seis de cuyos miembros componen un comité que selecciona los finalistas y los propone a la discusión de sus colegas) a las declaraciones de alivio con que el escritor saludó la dictadura militar de 1976 o a la condecoración que recibió aquel mismo año de Augusto Pinochet. Nunca se ha desmentido esa conjetura y hasta uno de los académicos, Knut Ahnlund, declaró a The New Yorker en octubre de 1998 que "la imperdonable omisión" de Borges se debía a "razones políticas".

Ceguera intelectual

Tres décadas antes de recibir el Nobel, sin embargo, el trinitario Vidiadhar S. Naipaul, que fue uno de los más insistentes candidatos, visitó a Borges en Buenos Aires y lo juzgó de una manera inusual. Según Naipaul escribió entonces, "la hinchada y falsa fama" de Borges se debe a "unas muy pocas, cortas y misteriosas historias. Cuando esa falsa fama decaiga -dijo con osadía-, también desaparecerá su obra". Lo mejor del autor argentino, porfió Naipaul, son sus poemas, "accesibles y hasta románticos", pero "insuficientes para un premio Nobel".

El trinitario hablaba con un extraño conocimiento de causa. Esos argumentos son los mismos que Artur Lundqvist, el académico que con mayor tenacidad se opuso a la candidatura de Borges, sostuvo en privado ante dos ganadores norteamericanos del premio. Las torpezas políticas, por graves que sean, no pueden ser argumento suficiente para una institución que ha premiado a estalinistas irredimibles como Mijail Sholojov (que ni siquiera parece ser el autor de los libros publicados bajo su nombre) o a simpatizantes del franquismo como Camilo José Cela. A Borges lo perdió no su ceguera política, que era casi un ejercicio de provocación, sino la ceguera intelectual de un académico caprichoso.

Aunque Naipaul nació en una isla de América, siempre se refirió al destino de este continente con refinada crueldad. En sus numerosas ficciones documentales y en sus frecuentes artículos periodísticos supuso que no hay futuro posible para un lugar del mundo donde los dirigentes se vuelven corruptos al menor contacto con el poder y todos los planes de desarrollo fracasan por la inutilidad o la negligencia de los habitantes.

El lenguaje de Naipaul es corrosivo, sarcástico, y a muchos estudiosos de la lengua inglesa les parece tan eficaz como el de Jonathan Swift. La prensa norteamericana, que siente por él una rara veneración, esperaba con impaciencia que lo consagraran. En 1998, The New Yorker le preguntó a Knut Ahnlund si era excluido "tal vez por su visión demasiado inclemente del género humano". "Nada de eso -respondió el académico-. La única razón es que nunca tuvo los votos necesarios."

Una de las obsesiones de Naipaul es describir a América Latina como una jungla de machos alevosos que maltratan a las mujeres y afirman su identidad por lo que fingen ser, no por lo que son. Cuando visitó a Borges, aplicó ese dogma a las mujeres argentinas, de las cuales escribió, generalizando: "Son todas incultas y tienen pocos derechos; las crían para que se casen jóvenes o para el servicio doméstico. Muy pocas disponen del dinero o de los medios para ganarlo. Están destinadas a ser víctimas, y ellas aceptan sin sobresaltos el papel de víctimas".

Ignorar a Tolstoi o a Borges, beatificar a Naipaul, son signos del errático humor de la Academia Sueca, cuyo Premio Nobel cumple cien años este mes. Como cualquier institución humana, cometió errores irredimibles y aciertos que la eternidad recordará. Año tras año se exhuman los ya polvorientos nombres de Heindenstam, Heyse, Gjellerup o Spitteler, laureados por error, junto a los de Henry James, Rilke, Joyce o Conrad, que se murieron en el colmo de la gloria sin que la Academia los tuviera en cuenta. Toda historia dibuja signos, y acaso ninguno es tan claro como el que se inscribe entre la ausencia de Tolstoi y la presencia de Naipaul. Ese desolador itinerario es no sólo una definición del Nobel sino también, quién sabe, del castigado destino de la literatura.

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