Un mediador para facilitar el diálogo con otras regiones

Ignacio Pérez del Viso, SJ
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17 de marzo de 2013  

Ignoro en qué medida pudo haber pesado en el ánimo de los cardenales el hecho de que Bergoglio provenga de América latina. Como se dijo antes del cónclave, no importa de dónde viene un cardenal sino a dónde va.

Con todo, algo puede haber pesado el ser Bergoglio de este continente. Aquí vive casi la mitad de los católicos. Al decir América "latina" estamos sintonizando con la Europa meridional, merced al castellano, el portugués y el francés. En cambio, cuando los europeos piensan en Asia, sienten que están en las antípodas. Pero habrá que mirar hacia el "Lejano Oriente". Los jesuitas, en la Argentina y en Uruguay, somos menos de 200. En la India, en cambio, son más de 3000.

La Iglesia en América latina tiene que afrontar el proceso político de su integración. Hace unos treinta años comenzó el Mercosur, sobre el Atlántico, y la Comunidad Andina de Naciones, sobre el Pacífico. Ambas entidades están hoy resquebrajadas. La reciente creación de la Unasur como ente regional todavía endeble deja la impresión de un castillo de arena que quizá desaparezca con las olas. El Papa debe ser un hombre que motive el diálogo entre los gobiernos y los pueblos, para lograr consensos, como lo hizo Juan Pablo II entre la Argentina y Chile cuando estábamos al borde de la guerra por el conflicto del Beagle.

Debajo de los conflictos culturales y los políticos están los socioeconómicos. El Brasil de Lula logró una disminución de millones de pobres, lo que no vemos en la Argentina, o no encontramos la forma de medirlo con un mínimo de seriedad. En la Venezuela pródiga de Chávez comienzan a faltar productos habituales. Chile, en cambio, después de un feroz terremoto continúa su crecimiento. ¿Qué fórmulas mágicas se esconden detrás de estos misterios? No necesitamos un papa hechicero sino un hombre que nos ayude a leer los signos de los tiempos.

Finalmente, la relación de América latina hacia afuera se encuentra también en callejones sin salida. Algunos países, como México, entraron en un tratado de libre comercio con los Estados Unidos. Otros, los que eran liderados por Chávez, sostenían que no había que hacer tratos con el enemigo imperialista. Sin embargo, la exclusión de los Estados Unidos le plantea a la Iglesia un problema adicional, ya que ese país es el tercero en el mundo por la cantidad de católicos, después de Brasil y de México, y su Iglesia presta notables servicios a sus vecinos del Sur.

Es muy posible que la Iglesia de Brasil adquiera un protagonismo excesivo, en función de la realidad social, y será tarea del papa Francisco cuidar que las iglesias de los países pequeños conserven su identidad.

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