Un modelo económico agotado

Martín Redrado
Martín Redrado PARA LA NACION
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24 de agosto de 2011  

El pánico quedó atrás, pero sus secuelas permanecen. Más allá del comportamiento serrucho , día tras día, de los mercados financieros, se esboza un nuevo escenario. Los motores tradicionales de crecimiento -esto es, las economías de los Estados Unidos, la Unión Europea y Japón- se han quedado sin combustible para traccionar el planeta. Emerge un panorama más inhóspito e incierto. Este nuevo escenario genera dos impactos para el mundo. Primero, la demanda de productos desde los países avanzados se ubicará en niveles más bajos, con su efecto correspondiente sobre los precios. Y segundo, esto fuerza a las economías emergentes a administrar con mayor prudencia la normalización de su ciclo económico, para evitar un aterrizaje forzoso dentro de un contexto internacional cada vez más vulnerable. En síntesis, el mundo nos hace un llamado de atención: más de lo mismo ya no alcanza.

En nuestra región, casi todos los países han generado un paraguas que les permitirá navegar este período de tensión: sus necesidades de financiamiento para este año y el próximo están cubiertas, y poseen capacidad para administrar pasivos si ocurre algún suceso inesperado. En cambio, en la Argentina, se hacen evidentes crecientes señales de fatiga. Los tres pilares del llamado "modelo de acumulación productiva de matriz diversificada", según la definición de la Presidenta, se han derretido. En efecto, ya no queda nada del excedente fiscal, se está evaporando el superávit externo y el tipo de cambio competitivo es nada más que un simple recuerdo. A partir del próximo período, resultará necesario un programa de gobierno integral que genere un proceso virtuoso de inclusión y movilidad social y, por sobre todas las cosas, que sea creíble y sustentable. El crecimiento de nuestro país está apoyado en un solo motor: el consumo. A futuro, deben destrabarse las fuerzas productivas y nuestra capacidad de colocar nuevos productos en nuevos mercados.

Para ello, la inversión necesaria no sólo requiere condiciones de certidumbre, sino también de financiamiento. En este sentido, la caída de la rentabilidad en los sectores productivos está amenazando seriamente una de las principales fuentes de fondos que han motorizado la expansión de los últimos años. Dos ejemplos claros se encuentran en la industria que trabaja al límite de la capacidad instalada y en importaciones que crecen a una tasa cinco veces superior a la del crecimiento de la economía, amenazando la llegada de dólares comerciales a pesar de los controles discrecionales del Gobierno.

En el período 2011-2015, la Argentina necesita discutir una reforma impositiva que genere los incentivos necesarios para que el país produzca un verdadero salto cualitativo. Junto con mi equipo hemos diseñado un nuevo esquema de gravámenes basado en tres pilares fundamentales: una reducción en la tasa de impuesto a las ganancias reinvertidas en las propias empresas; un programa trianual de pagos a cuenta del tributo a los débitos y créditos bancarios respecto de los aportes patronales, y un programa de similar extensión que tome un porcentaje de las retenciones a las exportaciones a cuenta de ganancias. Este esquema permitirá generar los incentivos que sirvan como puente de financiamiento hasta tanto la normalización de la inflación favorezca las condiciones básicas para que surja el crédito en moneda local a largo plazo.

La erosión de la competitividad que están sufriendo nuestros sectores productivos a través de crecientes costos en dólares es otra señal del agotamiento de este proceso. Resulta imperioso reducir el peso de los impuestos distorsivos como las retenciones y el impuesto al cheque, y permitir tomarlos a cuenta de ganancias y cargas laborales. La pérdida de recaudación asociada al pago a cuenta de retenciones en 3 puntos porcentuales representa tan sólo 2000 millones de pesos anuales, menos del 0,3% de la recaudación nacional. Este enfoque gradual que planteamos brinda espacio para preservar la sustentabilidad de las cuentas públicas, amortiguar la pérdida de competitividad de nuestro tejido productivo y defender los puestos de trabajo de los empleados formales.

Más aún, el 40% del empleo privado se encuentra en condiciones informales. Por eso hemos generado un diseño de incentivos que permita ensanchar la base del empleo de calidad. Esta dimensión de la reforma que impulso significará una mejora sustantiva en las políticas públicas, para dejar de lado la visión paternalista en la que la redistribución está asociada al asistencialismo y los subsidios, y para pasar a un enfoque en el que los individuos vivan sobre la base del esfuerzo de su trabajo. Una mejora en el ingreso de las familias de menores recursos incrementa la cohesión social y brinda una respuesta concreta y tangible a la problemática de la pobreza. Del mismo modo, también tiene ventajas desde el punto de vista de la economía en su conjunto, al restar margen a las empresas para la generación de ingresos no formales. En el mediano plazo, la reducción de la informalidad deriva en una mejora de los ingresos tributarios y previsionales.

Frente a este nuevo contexto internacional, he elaborado un programa que atiende el aspecto impositivo de cuestiones relevantes, como el impulso de la inversión en niveles elevados; la reducción de impuestos distorsivos para no sacar de competencia a nuestra producción, y la incorporación de puestos de trabajo que se encuentran hoy en condiciones de marginalidad.

Todo esto permitirá dar vuelta la página de la historia e iniciará una nueva etapa de desarrollo y movilidad social. Enfrentar los desafíos económicos centrales tanto del presente como del futuro de nuestro país es no sólo un deber ético de la clase dirigente, sino también una tarea alcanzable. Hay que tener la voluntad y los equipos para hacerlo realidad.

© La Nacion

El autor es economista y primer candidato a diputado nacional por Unión Popular

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