Un mundo repleto de optimistas

Claudio Jacquelin
Claudio Jacquelin LA NACION
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13 de mayo de 2012  

Dos visiones y una percepción atraviesan el particular mundo en el que habitan los políticos argentinos.

Las visiones, obviamente antagónicas, representan lo que piensan los dos polos que polarizan hoy el escenario político: por un lado, el oficialismo puro y los satélites que navegan en su órbita; por el otro, la oposición de centroderecha, representada por el macrismo y los desprendimientos de algunas fuerzas en estado de descomposición, como el peronismo antikirchnerista y el radicalismo.

En ambos bandos, sin embargo, hay una percepción unánime, y lo más curioso es que esa sensación es la de optimismo.

El punto de partida para los análisis es el mismo: la estatización de la mayoría de las acciones de YPF marcó el comienzo de una nueva etapa. Pero los caminos se bifurcan sobre el significado del futuro que se abre.

El oficialismo está convencido de que la nacionalización de la petrolera es una rampa de lanzamiento, el mecanismo que abre la puerta para concretar el declamado "vamos por todo". Es la palanca que polarizó al país entre quienes defienden al pueblo y quienes representan "los espurios y mezquinos intereses corporativos y foráneos". El catalizador que separará en su seno a puros de impuros.

El kirchnerismo también está convencido de que una vez más demostró que es capaz de romper límites, que la gente lejos de reprochárselo lo aprueba y que los países que lo critican pueden facturárselo, pero no están en condiciones de cobrárselo.

Y, aunque no lo publicite, celebra que ahora cuenta con recursos que alivian ahogos financieros.

Por eso, volvió a mirar con optimismo el futuro.

Los opositores, con el macrismo a la cabeza, creen que la imagen que mejor representa la nueva etapa es el loop de una montaña rusa, una elipsis de elevación momentánea sólo capaz de acelerar el descenso.

YPF, dicen, es apenas otra dosis para satisfacer una adicción creciente, cada vez más aguda, cada vez más cara. Un monstruo hambriento de símbolos y de dinero. Recursos hoy escasos, y que lo serán aún más.

Por eso, después de rehuirle a la confrontación han resuelto no bajarse del ring. Y hasta se entusiasman con el papel de desafiantes que el Gobierno les ha asignado. Dicen no temerle a ser exhibidos como la derecha frente al progresismo. Sostienen que eso no representa los dilemas reales de la sociedad de hoy sino que son categorías obsoletas. Pretenden instalar la idea de que son lo nuevo frente a lo viejo, el siglo XXI frente a las rémoras del pasado. Sueñan con construir nuevos paradigmas.

Se han convencido de que el choque de trenes es inexorable, pero se ilusionan con que el suyo sea el tren bala y el del kirchnerismo, el Sarmiento.

Por eso, aunque admiten que el Gobierno recuperó puntos de imagen, son optimistas respecto de su futuro.

Mientras tanto, las encuestas de opinión muestran que ningún optimismo rankea tan alto. Entre quienes no habitan el particular mundo de los políticos el futuro es menos claro. En este planeta, lo que crece es un moderado escepticismo.

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