Un nuevo balance de poder

El ataque a las Torres Gemelas inauguró la era del terror global y el paso a un mundo multipolar en el que ya no dominará una sola potencia. Guerras, desastres naturales, calentamiento global y una crisis financiera sin igual son algunos de los hitos de esta década que también asistió al nacimiento de China y Brasil como protagonistas futuros Inés Capdevila LA NACION
(0)
27 de diciembre de 2009  

Fue un comienzo casi ingenuo. Terminada la Guerra Fría, la paz entre potencias prevalecía como pocas veces lo había hecho en el siglo. La violencia en Kosovo se desvanecía. Varias crisis financieras habían sido contenidas. La economía global era saludable e Internet era su estrella.

Por eso, cuando los 90 llegaban a su fin y un nuevo siglo empezaba, un virus capturó la preocupación del mundo. El Y2K alimentaba el temor a un colapso tecnológico y algunas fantasías apocalípticas.

El siglo llegó. El virus, no. Y ni la más fantasiosa de las mentes hubiese pensado que, entre 2000 y 2009, el mundo sería escenario del atentado que inauguró la era del terror, de cinco guerras, de un genocidio, de rebeliones, de golpes, de desastres naturales sin igual, de pandemias y de una recesión que dejó en evidencia los vicios y virtudes de la globalización.

El esplendor de varios y el infierno de uno se combinaron para que esta década diera paso a la próxima con un legado particular: un nuevo e incipiente balance del poder, un reordenamiento hacia un mundo multipolar.

Tan agitados fueron los últimos diez años que Time los bautizó "la década infernal". Así fueron estos años del siglo XXI para el país que sobrevivió airoso a la Guerra Fría, para la hiperpotencia, Estados Unidos.

Para otras naciones, sin embargo, la última fue la "década esplendorosa". China pasó de ser un país del Tercer Mundo, en los inicios de los 90, a ser hoy la tercera economía del planeta y una potencia política y diplomática. Similares caminos recorrieron la India y Brasil.

Estados Unidos mantiene su primacía geopolítica, económica, militar y tecnológica. Pero la suya ya no es la voz dominante en la resolución de los problemas del mundo.

Su lucha contra el terrorismo demanda la participación de los servicios de inteligencia de otros países. La respuesta a la recesión global exigió la actuación del G20 y no ya sólo de las ocho naciones más industrializadas. El criticado acuerdo contra el cambio climático fue alcanzado, hace unos días, sólo cuando Barack Obama decidió negociar y ceder ante sus pares de Brasil, China, la India y Sudáfrica.

Las heridas de tres guerras

Hubo un día, en este siglo, en el que Estados Unidos, sin embargo, no necesitó negociar para contar con el apoyo espontáneo de casi todo el mundo. Fue el día que nadie olvidará.

El 11 de septiembre de 2001, 19 terroristas secuestraron cuatro aviones, los estrellaron contra las Torres Gemelas y el Pentágono, mataron a 3000 personas y dieron pie a la década de las tres guerras de Estados Unidos. La primera de esas ofensivas fue la lucha contra el terrorismo, en la que George W. Bush encontró su razón de gobierno. Estados Unidos lanzó dos meses después su segunda guerra, la de Afganistán. El objetivo eran los talibanes y Osama ben Laden, el hombre que había creado una inusual estructura terrorista.

Con Al-Qaeda, Ben Laden transformó la jihad islámica en una ideología de impacto global. A partir de 2001, sus seguidores atacaron ciudades sin importar el continente: Madrid, Londres, Bombay, Bali, Casablanca.

La Casa Blanca de Bush respondió al terrorismo global con la doctrina de la prevención, destinada a anticipar cualquier golpe terrorista, blindar Estados Unidos, sostener la primacía y diseminar sus ideales. En 2003, esa arquitectura ideológica y el argumento de que Irak disponía de armas de destrucción masivas condujeron a Bush a lanzar su guerra contra Saddam.

Esa guerra sin fin erosionó la solidaridad suscitada por el 11-S y dividió al mundo, apenas convencido de las razones de Washington. El fantasma de Vietnam estremeció, entonces, a Estados Unidos hacia adentro y hacia afuera. Hacia adentro con el declive de la popularidad de Bush; hacia afuera, con el rechazo del mundo a las prácticas de la hiperpotencia y con la agudización del extremismo.

"La guerra preventiva derivó en violaciones de los derechos humanos que alimentaron el atractivo del terrorismo en el mundo islámico", dijo a LA NACION Magnus Ranstorp, asesor de contraterrorismo de la Unión Europea (UE).

El poder norteamericano, ya no sólo el político o militar, sufrió una nueva y perdurable herida en 2008. El 15 de septiembre de ese año, la quiebra de Lehman Brothers disparó un colapso financiero similar al que, en 1929, había precedido a la depresión que diezmó la riqueza del mundo.

La burbuja inmobiliaria que había comenzado en Estados Unidos casi con la década y que había atraído un interminable flujo de fondos del resto del mundo se terminaba de romper ese día por el peso de las hipotecas tóxicas sobre los bancos. El epicentro del terremoto fue Wall Street. Pero la perspectiva de que el sistema bancario global sucumbiera aterraba a todos los países por igual.

El gran crac ponía así en jaque al capitalismo y a la globalización y marcaba el regreso, al menos temporal, de la intervención del Estado y del proteccionismo. A la cabeza de esas intervenciones estuvo el republicano Bush. Su rescate fue replicado por los gobiernos de Europa, desesperados por salvar sus vulnerables economías. Y a la UE.

El bloque había comenzado la década con 15 miembros y la decisión de que la integración fuera una realidad en los años siguientes. Divisiones por Irak y desconfianzas históricas trabaron la unidad política. La integración, y con ella un poder económico y comercial que hacía mucho que Europa no tenía, llegó sí de la mano de la ampliación y de un euro que, desde 2002, no deja de fortalecerse.

Encabezados por la UE y Estados Unidos, decenas de países pusieron en marcha sus salvatajes. Esa intervención impidió que el mundo recayera en una depresión, pero no evitó la recesión global.

China v. EE.UU.

Estados Unidos y Europa lideraron la contracción, este año, con un caída del 3% de sus respectivos PBI. El número está lejos de las profecías terminales, pero dista también del asombroso índice de crecimiento logrado por el país que, hace 30 años, sacudido por el hambre, decidió que su economía ya no soportaba ser manejada por preceptos comunistas.

China y su avance ya habían impresionado al mundo a lo largo de la década. Pero pocos pensaban que ese país lograría, en 2009, sobrevivir a la crisis que hizo flaquear a otras potencias con un crecimiento del 7%.

Sin embargo, ese avance que hace que el mundo le augure a China un futuro de superpotencia puede tener sus limitaciones. La mano férrea del Partido Comunista se topa, cada vez más, con las demandas políticas de minorías y con los reclamos sociales de las regiones alejadas de la opulencia de la costa Este.

El peso geopolítico de China no sólo aumentó por la fortaleza de su economía respecto de la de otras potencias. En los últimos años, el país forjó una relación particular con Estados Unidos. Por un lado, Pekín posee 800.000 millones de dólares en bonos de deuda norteamericana. Por otro, avanzó sobre las regiones donde la influencia de Washington, concentrado en sus guerras y en la crisis, empezó a decaer, como Africa y América latina.

En nuestra región, precisamente, otra nación se embarcó en un viaje similar al de China. En el fárrago de los golpes, enemistades entre izquierda y derecha, narcotráfico y tensiones bilaterales que marcaron la década latinoamericana, Brasil se consolidó como la historia de éxito. Surgió también como la voz capaz de disputarle a Washington el timón diplomático, como hacen China en Asia, o Sudáfrica, en Africa.

Eso conduce al poder norteamericano a enfrentar competencia al menos regional. "Estados Unidos ha mostrado, en su historia, una capacidad notable para corregir sus errores, para ser flexible. Nuestra imagen sufrió en los últimos años, pero la última elección presidencial es reflejo de nuestra adaptabilidad", dijo a LA NACION Robert Lieber, profesor de la Universidad de Georgetown.

En 2008, el mundo vivió esos comicios como si hubiesen sido propios. Obama representaba lo contrario de Bush: diversidad, tolerancia, respeto y afán multilateralista. Esa disposición a la negociación le será necesaria a Obama si su país y las naciones que hoy protagonizan la naciente redistribución del poder mundial quieren enfrentar el otro legado de esta década, o más bien su deuda pendiente: el impacto del desarrollo en la naturaleza.

En esta década y desde cada continente, el planeta recordó a los estrategas del mundo que necesita de su atención. Lo hizo en Medio Oriente, Asia y América latina con los terremotos de Bam, Sichuan y Pisco; lo hizo en Africa, con las sequías; lo hizo en Estados Unidos, con el huracán Katrina; lo hace en los polos, con el derretimiento de los hielos. Y lo hizo en el sudeste asiático, con uno de los mayores desastres de la historia, el tsunami.

Los mandatarios de este nuevo escenario geopolítico no lograron ponerse de acuerdo, en Copenhague, para atacar de raíz el cambio climático, a pesar de los urgentes llamados de la ciencia. Y, así, el mundo comenzará la década del 10 ya no con ingenuidad sino con escepticismo e incertidumbre.

Cinco claves

1. Terrorismo

El 11-S obligó a definir un nuevo concepto de defensa y seguridad.

2. Cambio climático

Las catástrofes naturales mostraron el efecto del calentamiento global.

3. Mundo global

La recesión mundial, un resultado amargo de la globalización.

4. Giro a la izquierda

En Chile, Uruguay, Brasil, Bolivia, Venezuela y Ecuador, la región optó por distintas expresiones de izquierda.

5. El surgimiento de China

Su espectacular auge económico instala al país entre las potencias.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.