¿Un nuevo papa para un mundo nuevo?

Con la sorpresiva elección del cardenal Bergoglio como pontífice, el Vaticano pareció reconocer un cambio en el eje vital y político de un planeta en crisis, en el que regiones antes periféricas le disputan peso global a Occidente y América latina desplaza a Europa del centro del catolicismo; ¿cómo equilibrará Francisco los desafíos de la Iglesia de Roma con las preocupaciones de los países del fin del mundo?
Raquel San Martín
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17 de marzo de 2013  

Hombre de la Iglesia, y por eso acostumbrado al valor de los gestos, e l cardenal Jorge Bergoglio eligió comenzar su papado con uno de ellos. "El Papa es el obispo de Roma. Me parece que mis hermanos cardenales han ido a encontrarlo casi al fin del mundo", dijo al estrenar públicamente su condición papal frente a una Plaza San Pedro colmada, con una afirmación risueña que sintetizó a la vez un dato geopolítico que no escapó a los analistas que en el norte y en el sur del globo intentaron desentrañar la sorpresiva elección de los cardenales.

Como señalaron en estos días expertos y líderes mundiales, Francisco –jesuita, latinoamericano, argentino– parece demostrar que la conducción de la Iglesia ha terminado por reconocer que el mundo se ha dado vuelta y que las coordenadas que organizaban el poder concentrado hoy no sirven para leer la realidad global.

Más profundamente, la designación de Bergoglio como pontífice es ella misma un gesto, con un doble mensaje. Hacia dentro de la Iglesia, conmocionada por una crisis profunda que incluye el manejo de las finanzas, los escándalos por abusos sexuales por parte del clero y la progresiva pérdida de fieles, indica una apertura moderada, una señal de cambio controlado en las manos de un hombre que, junto con su clara opción por los pobres y la austeridad, sigue la línea teológica de muchos de sus antecesores.

Hacia afuera, hacia el mundo en el que el Vaticano es un Estado que juega como otros en el ajedrez global, implica reconocer que los ejes geopolíticos del planeta se han corrido y, sobre todo, que América latina –el continente que más fieles aporta a la grey católica, y en el que las iglesias nacionales mantienen una nada despreciable influencia política– había quedado peligrosamente ausente en las preocupaciones de Roma, demasiado centrada en la vieja Europa.

¿Es Francisco un Papa nuevo para un mundo renovado? Cuidado, dicen los expertos. Los desafíos internos que esperan al nuevo pontífice son gigantescos, su capacidad de negociación con los cardenales será puesta a prueba y, aunque cada uno lleva su impronta de origen donde quiera que vaya, y las cuestiones latinoamericanas probablemente ganen visibilidad en los años que vienen, la Iglesia es una institución particular: administradora a la vez de bienes humanos y celestiales, tiende a diluir las personalidades y las pertenencias nacionales para homogeneizarlas en una sola fidelidad católica.

Una señal de cambio

"No es que Jorge Bergoglio sea portador de una línea teológico-pastoral disímil de sus antecesores, pero la elección por primera vez de un papa no europeo, latinoamericano y jesuita evidencia no sólo la aguda crisis que atraviesa la institución católica, sino también la imperiosa necesidad de emitir una señal de cambio", apunta Juan Cruz Esquivel, doctor en Sociología, investigador del Conicet y docente en la UBA y en la Universidad Nacional Arturo Jauretche.

Una señal que aparece más clara si se analizan las nacionalidades de quienes lo eligieron: de los 115 cardenales del cónclave, 62 son europeos (28 de ellos, italianos), 11 son norteamericanos (aunque la población católica de ese país representa el 7% del total del mundo), 3 son canadienses y 19 nacieron en América latina.

"Creo que sí, efectivamente, la elección de Francisco puede leerse como una señal geopolítica. Los cardenales están diciendo que quieren un papa no contaminado por los escándalos de pedofilia, por el manejo de las finanzas, y a la vez dar un papa al «continente de la esperanza», como lo definió Pablo VI, donde hay iglesias católicas locales con fuerte poder de influencia política y países donde la mayoría católica sigue siendo muy importante", afirma Verónica Giménez Béliveau, socióloga, investigadora del CEIL-Conicet y profesora en la UBA.

"El papa Francisco deberá acompañar a los episcopados de América latina en el proceso de integración política. En ese proceso no se necesita tanto un papa con ideas políticas claras ni un papa mesiánico, que arrastre muchedumbres. Esperemos que Francisco no quede atrapado por las utopías de nuestro continente", afirma el padre Ignacio Pérez del Viso, sacerdote jesuita y profesor de la Facultad de Teología de San Miguel.

En esta señal hacia el continente que alberga hoy el mayor número de católicos del mundo (42%), puede leerse quizá también la aceptación de un olvido: "En la Iglesia hay una tensión permanente entre la apertura, con los riesgos que eso conlleva, y cerrarse sobre la centralidad de la Iglesia en Europa o en Roma, y sobre la gente que hace la Iglesia todos los días. Benedicto les hablaba a esos militantes, tenía un discurso europeo preocupado por el crecimiento del islam", apunta Giménez Béliveau. Un discurso que pasaba por alto muchos de los temas que en esta región son urgentes: la pobreza, la desigualdad, el negocio de la droga, la violencia que afecta sobre todo a los jóvenes y la corrupción política, todos temas que han sido hasta ahora agenda habitual de Bergoglio.

Francisco, el Papa de la austeridad, en su primera misa como pontífice, en la Capilla Sixtina
Francisco, el Papa de la austeridad, en su primera misa como pontífice, en la Capilla Sixtina Fuente: AP - Crédito: L’Osservatore Romano
Para algunos expertos, estas cuestiones no quedarán fuera de su pontificado. "Siempre es fuerte el arraigo cultural y territorial de los sujetos. Sólo por haber sido arzobispo de una ciudad del Tercer Mundo, el nuevo papa va a incorporar otra mirada, incluso en las discusiones con la curia romana. Va a tener seguramente otras sensibilidades y prioridades pastorales que van a entrar en escena, incluso en la posible participación del Vaticano en cumbres mundiales", aporta Esquivel.

Hacer entrar a América latina en la agenda de un Vaticano en un mundo de nuevos equilibrios globales no es solamente incluir las cuestiones que aquí son flagelo cotidiano. Según algunos analistas, el origen latinoamericano del Papa abre expectativas de que pueda también mediar en algunos conflictos actuales de la región, como los que involucran a las FARC en Colombia, el complicado proceso político de la Venezuela poschavista y hasta el tema Malvinas. ¿Será también el impulsor de una nueva cultura del diálogo en su polarizada Argentina natal?

Pero también supone algo que es quizás igual de complicado en una curia romana aún muy conservadora: hacer lugar a las distintas formas de vivir el catolicismo en esta y otras regiones del planeta, donde la doctrina y el culto pueden adoptar formas menos rígidas, se superponen santos oficiales y populares y el catolicismo pelea fieles al protestantismo. En efecto, ese 42% de católicos son en buena medida, "católicos, nominales", es decir, se dicen católicos pero su práctica puede contradecirlos. "Es ineludible el dato de que el Papa sea latinoamericano en un continente que avanza a pasos agigantados hacia una conversión al protestantismo –dice José Zanca, investigador del Conicet y profesor de la Universidad de San Andrés–. Las iglesias protestantes antiguas reconocían el lugar de subordinación con respecto a la Iglesia Católica. Las de hoy reclaman un nuevo estatuto con respecto a ella."

Para otros, cabe una lectura aún más cercana. "La pregunta interesante es por qué un papa argentino. Como pocos países, Argentina combina las cualidades particulares y universales que la Iglesia Católica, en Francisco, necesita hoy encarnar", dice Iván Petrella, director académico de la Fundación Pensar, y doctor en Religión y Derecho de la Universidad de Harvard. Lo explica con cuatro razones. La primera, el porcentaje de católicos en el mundo en desarrollo, "con un centro de gravedad numérica que se encuentra en América latina, Asia y África. La elección de un argentino responde a esa realidad". En segundo lugar, "el reconocimiento de que Argentina tiene una gravitación especial en la región. A pesar de nuestros descalabros recientes, somos un país con un importante caudal de poder blando y, por eso, de influencia regional. En un continente plagado de corrupción y pobreza, un papa argentino conocido por su lucha contra esos flagelos podría tener un impacto enorme", dice Petrella.

En tercer lugar, apunta, "no es un dato menor que el nuevo papa provenga de un país donde religiones actualmente en pugna sangrienta en otras partes conviven de manera pacífica y fructífera. Argentina es el país que disfruta del mayor número de judíos y musulmanes de América latina y ha sido, más que cualquier otro país de la región, un actor equidistante en la búsqueda de la paz en Medio Oriente". Y, finalmente, las condiciones del país en un mundo "en el que Occidente empieza a compartir influencia con los nuevos países emergentes. Argentina es del Sur por ubicación geográfica; latinoamericana por historia, idioma y cultura; occidental por el apego a valores como los derechos humanos y la democracia que tanto costaron conseguir", señala Petrella.

Iglesia en crisis

Con mirada histórica, la argentinidad de Bergoglio tiene su resonancia. "La elección no es tan sorpresiva si la pensamos en el largo plazo de cómo ha sido la relación de la Iglesia argentina con la romana, sobre todo desde los años 30. Es un perfil de Iglesia marcada por el ascenso social de los inmigrantes, que fue vista con gran expectativa por la Iglesia romana, como un modelo de cristiandad alternativo", dice Claudia Touris, doctora en Historia, coordinadora del Grupo de Religión y Sociedad en la Argentina Contemporánea de la UBA. "Bergoglio es una figura muy particular, con una fuerte sensibilidad social como pastor, que es tradicional del catolicismo social de la Iglesia, que en un momento también había recuperado Juan Pablo II", dice.

Más allá de una geopolítica pastoral transformada, buena parte del peso de esta elección estuvo en el mensaje interno que supuso para la Iglesia en crisis, necesitada a todas luces de transparencia y renovación. "Creo que la elección de Francisco, alguien externo a la lógica del poder romano, de una congregación, de otro continente, obedece a una cuestión más endogámica de situación crítica muy aguda en la Iglesia que a un tema de geopolítica global. Alguien de adentro, alguien de Europa, no estaría en condiciones de afrontar esa crisis", opina Esquivel.

"La elección de Bergoglio tiene que ver con una tensión interna dentro de la Iglesia de Roma, e indica que no se ha llegado a un acuerdo –apunta Zanca–. Es el signo de un desacuerdo; si no, hubieran elegido a un papa más joven. Pero es un desacuerdo entre grupos que no es necesariamente ideológico, entre conservadores y renovadores. Hay otros intereses en la Iglesia, redes de relaciones, el interés de la curia romana por reproducir su propia estructura y tener gente segura en la administración de los recursos económicos de la Iglesia."

A pesar de que la elección marque sin dudas un giro histórico, los especialistas recomiendan cautela. "Dada la coyuntura de la Iglesia se puede pensar en un papa como elemento de cambio, pero también de continuidad – dice Touris–. El colegio cardenalicio es muy conservador y Bergoglio es un conservador moderado en el aspecto doctrinario. Pero sus costumbres austeras pueden ser una señal para un mundo en crisis."

Sin embargo, "la Iglesia tiene la capacidad de diluir las personalidades, con un alto nivel de integración con la institución", apunta Zanca. Coincide Touris: "La figura local pasa a ser universal y tiene que estar al frente de una Iglesia diversa y con especificidades en cada país. Y falta ver quiénes lo van a rodear, si va a poder negociar con la poderosa curia romana".

No le falta convicción ni cintura política, puede decirse desde Argentina, donde los efectos políticos de su llegada al Papado ya se sienten. Pero el kirchnerismo parece un adversario menor frente a los desafíos de una Iglesia en crisis que tiene, al mismo tiempo, una misión social y política urgente quizás como pocas veces en su historia.

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