Un país de futuro incierto

Pablo Mendelevich Para LA NACION
(0)
27 de diciembre de 2009  

Cualquier teoría sobre el parecido de los años terminados en cero puede ser demolida con facilidad si uno tiene la suerte de mirar el universo desde este rincón del Cono Sur. En 1990, después de un 89 sacudido por serias turbulencias políticas y, sobre todo, económicas, la Argentina iniciaba una larga década de estabilidad (lo que no supone abrir juicio favorable sobre la bonanza plastificada y perecedera de los noventa). Al arrancar el 2000, cuando muchos creyeron que alguna normalidad institucional se adueñaría de nuestra joven democracia porque la alternancia insinuaba que disfrutaríamos de esa clase de rutina en la que se balancean los países maduros, ¡paff!, se pudrió todo. Entramos en una descomposición acelerada y el país voló por los aires.

Ahora, en todo caso, el 2010 y la década a estrenar vienen con una ventaja. Ya nos avivamos de lo que es el futuro: un lugar donde todo es posible. Dicho esto con más reverencia al azar que pretensión poética.

Hasta un argentino bien desinformado sabe que no necesita inscribirse en el optimismo ni en el pesimismo para esperar una cosa o la otra, buenaventura o desdicha. Quizás no sea una sensación de forjadores del propio destino colectivo lo que prevalezca en las barriadas populares, lo mismo que entre quienes guardan en la cocina una cacerola toda abollada -la del veto popular- por si hace falta volver a batirla en la esquina para purgar el enojo con lo que "nos toca".

Si es por lo que se oye en la cola del banco o en la del supermercado, lo que nos espera en los próximos años es una historia de final abierto. ¿Alguien imagina cuál? Una hecatombe bien puede dejar lugar a los años más felices, o viceversa. ¿Hay acaso algún plan largoplacista al cual adherir, algún proyecto de nación asociado con un partido determinado, o siquiera un líder de ideas sostenidas, integrales, que mencione de vez en cuando el 2020? La Argentina, diría Eduardo Duhalde, es un país condenado al éxito. Pero -esto también se sabe- sea por el dos por uno, el tres por cinco o el ocho por cuatro, las condenas acá rara vez se cumplen. ¿Aprendimos algo del pasado agitado para estar seguros de que el éxito nos aguarda despierto cual madre que espera la llegada del hijo que fue a bailar?

Tranquiliza pensar que el escritor inglés Aldous Huxley no se remitía con exclusividad a la Argentina cuando dijo que quizás la mayor lección de la historia es que nadie aprendió las lecciones de la historia. Basta ver que el antikirchnerismo que hoy se abroquela detrás del objetivo de reducir de una vez al diputado que nos gobierna evoca, en un punto, a la coalición pegada con chicle que hace justo diez años desalojaba a otro mandamás eternizado. La Alianza tenía la convicción de que, al abandonar Menem la Casa Rosada, se había ganado la batalla. Casi nadie advertía que la verdadera batalla era con el futuro. ¿Se repetirá la historia?

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.