Un país entre la adolescencia y la madurez

(0)
23 de diciembre de 2001  

Esta vez un presidente argentino no ha sido derrocado con tanques sino con cacerolas. También Alfonsín había renunciado en medio de saqueos, pero De la Rúa padeció, además, el repudio civilizado de esa misma clase media que le había dado una sucesión ininterrumpida de victorias electorales desde 1973, cuando fue el único candidato capaz de contener la marea peronista-camporista.

La desilusión con De la Rúa de la clase media que solía votarlo ya se había manifestado en el aluvión de votos negativos del 14 de octubre. Apoyado, en cambio, por los sectores populares y, desde Menem, por la fina capa de clase alta, el peronismo conservó sus votos en aquella jornada. Hoy, ante la hecatombe de la Alianza, vuelve naturalmente al poder.

Pero los dirigentes peronistas no deberían confiarse demasiado, ya que el desencanto de la clase media con la Alianza terminó por desbordarse hacia arriba y hacia abajo hasta afectar a todos los sectores sociales en el cuestionamiento de la clase política como tal, sin distinciones partidarias.

¿Qué decían los manifestantes a cuanta cámara o micrófono se les ponía por delante? Que querían dirigentes políticos enteramente nuevos , no contaminados, y que repudiaban a todos los políticos actuales por igual.

El príncipe azul

Este anhelo general, comprensible en función de lo mal que nos va, ¿es practicable? ¿Dónde encontrar a ese político virgen, a ese príncipe azul que, supuestamente, nos salvará? El país ha contemplado en los últimos años el ingreso en la política de un número considerable de políticos nuevos. Algunos de ellos, como Alvarez, Bordón y Ortega, fracasaron a poco andar. Otros, como Reutemann, se instalaron con éxito, pero al hacerlo pasaron a formar parte, inevitablemente, de la clase política que todos objetan. Un tercer contingente, como algunos de los candidatos mediáticos que llevó Elisa Carrió en las últimas elecciones, no fueron tomados en serio por la ciudadanía.

No han faltado políticos nuevos en la Argentina de los últimos años. Pero el político nuevo enfrenta un problema insoluble. Si viene de fuera de la política, pronto fracasa por falta de experiencia. Si triunfa, es que supo adquirir experiencia. Pero una vez que la adquirió, ya no es un político nuevo.

La renovación de la vida política es, por cierto, un objetivo loable, pero ella no puede ser sino gradual, para darles a los nuevos políticos la ocasión de aprender a aprovechar lo bueno y desechar lo malo de los políticos que están, ya que la política es un arte consumado que no se domina de la noche a la mañana.

Pero esta renovación gradual no es lo que querían los ciudadanos en la noche del "cacerolazo". Aspiraban, en cambio, a una renovación inmediata de la clase política. Es decir, a una utopía.

Cuando imaginó a su república como un régimen perfecto, a Platón se le presentó el problema de cómo lograrla en esa Atenas corrupta a la que denunciaba. Su propuesta fue educar desde cero a los niños menores de diez años.

Los argentinos también quieren empezar de nuevo, desde cero. ¿Es posible? Siempre ha habido entre nosotros algún partido nuevo que, denunciando a la política criolla vigente, anunciaba el advenimiento de una nueva era. Lo hicieron Alem e Yrigoyen contra los conservadores en el radicalismo inicial. Lo hicieron los socialistas y los demócratas progresistas contra los conservadores y los radicales ya "acriollados". Lo hicieron la Ucedé de Alsogaray, la democracia cristiana y, últimamente, el Frepaso, contra los peronistas y los radicales. Destruido el Frepaso, ahora aspira a hacerlo el ARI.

¿Por qué será que cada uno de estos intentos purificadores desembocó en una frustración? Lo cierto es que al país no lo hicieron los puros sino esa misma política criolla a la que acusaban. Admiramos a Alem, a Juan B. Justo y a Lisandro de la Torre. Pero al país que somos, con sus grandezas y sus miserias, lo hicieron el "zorro" Roca y el astuto Perón.

La Alianza expresó el último arrebato idealista de los argentinos. Se veía al Menem terminal y a los suyos, después de habernos dado ocho años de impetuoso crecimiento económico, como un foco de corrupción. Lo grave es que esta visión era acertada. ¿Pero qué ofrecieron el correcto De la Rúa y el intachable Alvarez en su lugar? La recesión económica más larga y la penuria social más aguda de nuestra historia.

Hoy, abismados por este gigantesco fracaso, los argentinos se refugian otra vez en el idealismo. No tienen a ningún puro a quien votar, pero aun así esperan que el príncipe azul aparezca milagrosamente. Así soñaban también los venezolanos cuando vivaban a Chávez. Hemos pasado de la exaltación ante la Alianza al desánimo por su estrepitoso fracaso. Ahora, como Platón, ¿apostaremos a los chicos de diez años?

Pero el que anoche apuntaba como presidente es un político "demasiado" experimentado. ¿No gobernó Rodríguez Saá a San Luis por 18 años consecutivos? ¿No acumuló en ese largo período un poder difícilmente compatible con el equilibrio republicano? ¿No atravesó graves escándalos en su vida personal? Las empresas que se radicaban en su provincia, ¿pagaban o no pagaban peaje?

En esos 18 años, sin embargo, San Luis creció de un modo incomparable con el resto del país. Frente a este representante cabal de la política criolla, De la Rúa y Alvarez fueron políticamente correctos pero inoperantes. Los argentinos enfrentamos otra vez el dilema entre dos imperfecciones: la política criolla pero efectiva y la política correcta pero estéril. ¿Con cuál de ellas nos quedamos? ¿O, para eludirlo, escaparemos hacia el sueño de una perfección a corto plazo inalcanzable?

Utopía y utopismo

No se trata de renunciar al ideal de una política que sea, a la vez, pura y efectiva. Como esa realidad a la que aspiramos no está por ahora en ningún lugar, es una utopía (del griego u, prefijo negativo, y topos, "lugar": "no hay tal lugar"). La utopía es irrenunciable. Pero acceder a ella demandará un largo esfuerzo. ¿Qué haremos mientras tanto?

Los argentinos nos hemos caracterizado por exigir que el ideal se alcance de un solo golpe. Hemos sido y aún somos culturalmente golpistas. Cuando venían Uriburu, Lonardi u Onganía sobre sus tanques, millones de argentinos se ilusionaban. Cuando Alfonsín anunciaba la democracia que cura, da de comer y educa, millones le creyeron. Cuando Menem habló de la revolución productiva, lo siguieron. ¿Cuántas ilusiones despertó la Alianza? ¿Cuántos se irritan ahora ante la ausencia de un príncipe azul?

El golpismo es propio de los países adolescentes. Al esperar demasiado de cada cambio, el adolescente pasa de la ilusión a la frustración y de ella a una nueva ilusión. Pero, sin que debamos renunciar a la utopía de un mañana perfecto, también deberíamos reconciliarnos con la modesta realidad que nos rodea. El que no lo haga ya no alberga una utopía de distante realización sino el utopismo del golpismo adolescente. Lo otro, saber preferir entre dos males mientras se trabaja pacientemente por el bien, no es utopismo sino realismo. El realismo de la madurez.

En los días y en los meses que nos esperan nuestro desafío no será sólo elegir entre los candidatos, sino también despedirnos de las intensas emociones de la adolescencia para ingresar en el mundo acotado de la madurez.

ADEMÁS

MÁS leídas ahora

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.