Un paquete de escepticismo

Por Sylvina Walger Para LA NACION
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7 de diciembre de 2001  

Con la democracia se come y se educa, nos explicó alguien hace casi dos décadas, antes de retirarse anticipadamente del poder y pese a que nos había jurado que la casa estaba "en orden". Otro nos prometió una "revolución productiva", con "salariazo" incluido, una especie de "vacilón" laboral que derramaría billetes sobre el territorio nacional. Pero de todos los compromisos preelectorales, el último fue el más cálido: el candidato Fernando de la Rúa apeló a imágenes paternales y aseguró, entre otros excitantes temas, que sería "el amigo" y "el doctor".

Seducidos y abandonados cual vírgenes mancilladas, nadie puede ni debe sorprenderse de que la principal reacción de los ciudadanos ante las últimas medidas económicas haya sido la escéptica mueca de un enfermo terminal al que le anuncian que le van a probar una nueva medicina.

Una vez aceptado que estamos dando la batalla a los buitres (y el lego no puede dejar de imaginar con sobresalto aquellas bandadas negras que perseguían a Tippy Hedren en Los pájaros , de Alfred Hitchcock), conviene dejar en claro algunos puntos.

Lo primero es tranquilizar a los angustiados por una posible "sovietización" de la economía. Tranquilos: no estamos ante ningún embrión de sovietización ni nadie ha mandado a confeccionar una cortina de hierro. Es más, el prestigiosísimo semanario The Economist , insospechable de filocomunismo, bautizó el paquete como "un Viagra político".

Los soviets (consejos, en ruso), creados por primera vez en la revolución rusa de 1905, fueron un sistema de organización que tenía como base la representación de las diferentes unidades de producción del país (fábricas, talleres, etcétera) y que estaban insertados en una política de culto a la personalidad y de empleo del terror.

Los argentinos de hoy lo único que conocemos es el culto a la "despersonalidad", y el terror más profundo es el de fin de mes. Tampoco contamos con suficiente cantidad de talleres o fábricas como para formar un cuarto de soviet. Puestos en plan de alucinaciones, cabría la posibilidad de imaginar uno que tuviera como representantes a Maccarone, Escasany, Sacerdote (por sólo nombrar a algunos), que, de gorra y overol, se dedicaran a arengar a las masas respaldados por nuestros depósitos.

Siempre fieles al apotegma de María Elena Walsh, que define la Argentina como "el reino del revés", llegamos a la bancarización por la vía inversa de cualquier país desarrollado. Mientras aquéllos lo hicieron una vez que tuvieron todas sus necesidades mínimas satisfechas, nosotros universalizamos los símbolos del progreso con medio cuerpo fuera de la ventana.

Hasta ahora todo lo que era fino era tarjeteable. De ahora en más, todo lo será, aunque marcando una diferencia: la que va de la Platinum a la de débito. Estas últimas suenan a pizzería y a restos de fainá, y acabarán reflejando la historia del usuario. Más grave parece ese atentado a la cultura nacional y popular que significa que la hamburguesa admita tarjeta y el choripán comience su camino al descenso.

El paquete tiene también sus rasgos conmovedores, particularmente uno que nos devuelve la identidad y la juventud. En este país hay varias generaciones que se criaron buscando autorizaciones (y subterfugios) para comprar dólares para viajar. Prueba de nuestra compleja relación con el dólar ("¿quién de ustedes vio alguna vez un dólar?", "el que apuesta al dólar pierde"), que finalmente es nuestra relación con la grandeza y la miseria. Como hecha la ley hecha la trampa, en breve se agotarán los carbónicos que servirán para proteger de los inquisidores rayos infrarrojos los excedentes monetarios colocados en los bolsos de vacaciones.

La picaresca, en marcha

Hasta que se implemente el POS ( point of sale ), la maquinita para la tarjeta de débito (hoy por hoy, casi una rareza, y de la que además se sabe que su indiscreto visor revela intimidades del poseedor tipo "ojo que no paga"), hay una serie de interrogantes a los que por ahora no se les ve solución.

En un país que funciona con un 40 por ciento de su economía en negro, ¿alguien se ha puesto a pensar de qué van a vivir las/los militantes del oficio más antiguo del mundo? ¿Y los mendigos, rumanos importados, malabaristas, tragafuego, limpiavidrios? ¿Cómo se registrarán las limosnas? Se le agregará a la Banelco-Link la variante "dádiva" que permita solucionar estas menudencias?

No parece cosa fácil sostener estas medidas sin una mística y con una sociedad en estado de grave descomposición moral. Casi veinte años de estafa y descreimiento no se superan así nomás. La picaresca se ha puesto en marcha y un relevamiento de los "truchajes" pergeñados para obtener contante y sonante llevaría páginas y páginas.

En este maremagno emergen los colectiveros, cuya imagen, salvando las distancias, se ha agigantado en los últimos días a la manera de los bomberos de Nueva York. Serán prácticamente los únicos poseedores legales de efectivo y no es descabellado suponer que las terminales puedan acabar funcionando como bancos, mesas de dinero o algo de todo eso a que la vida en la Argentina nos tiene acostumbrados.

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