Un poco de culpa

Norberto Firpo
Norberto Firpo LA NACION
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19 de diciembre de 2009  

La culpa es ese residuo de la conciencia que uno, desaprensivamente, suele arrojar en basural ajeno. Las vísperas navideñas resultan momento oportuno para ensayar una leve disquisición sobre este asunto, acaso porque la tradición religiosa y el almanaque ponen en el candelero ciertos temas vinculados con nuestra conducta interior y con nuestra calidad de individuos gregarios, más o menos responsables de nuestros actos y de los actos que propiciamos.

En Estados Unidos, la Universidad de Iowa organizó un simposio de psicólogos y otros estudiosos de la mente para analizar el exótico sentimiento de culpa, y las conclusiones dejan larga, ancha y gruesa tela para cortar.

No está mal eso de asumir cierto tenor de culpa (digamos, por tanto circunstancial enredo que la vida nos endilga), en vez de endosársela -toda, enterita, por supuesto- al primer estúpido perejil que se nos cruce.

Veámoslo de este modo: nos dignifica eso de admitirnos un poco culposos, en tanto partícipes necesarios de cuanto estropicio -acaso fortuito- nos haya involucrado.

El sentimiento de culpa tiene un socio de fierro, absolutamente solidario, llamado remordimiento, y entre ellos se las ingenian para que uno contraiga experiencia, se sacuda de encima el lastre de tanto criterio equivocado y la morralla de tanto falso amor propio y de tanta pavota cobardía. ¿Acaso hay otra manera de ofrendar a la inteligencia un renovado indicio de madurez?

En Iowa, la conclusión fue que el sentimiento de culpa contribuye a que el sujeto bruto y necio no lo sea tanto, a la vez que habilita al fulano lúcido y sensible a serlo todavía más, a respetarse a sí mismo (requisito esencial para reconocerle al prójimo los mismos derechos que uno disfruta).

Escrúpulos de esa índole, expresaron esos entendidos, consiguen que la conducta humana no sea la que impera en la jungla? Según parece, el sentimiento de culpa es un condimento de la materia gris que no poseen otras criaturas zoológicas.

Hoy y aquí, la culpa es siempre ajena para unos cuantos encumbrados personajes públicos, muy hábiles en el manejo de la retórica embustera.

Para ellos, si el país padece constantes desaguisados, la culpa la tienen los medios de comunicación, los dirigentes partidarios de la vereda de enfrente, los oligarcas del campo, la sinarquía internacional y los gobiernos anteriores -a contar de Santiago Derqui-. La tradición religiosa y el almanaque invitan a un rapto de sinceridad: cuánto bien harían estos capitostes si asumieran un poco de culpa, apenas alguna responsabilidad en el hecho de que las cosas anden como andan, de rabieta en rabieta, serruchos en ristre, a tranco de cangrejo.

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