Un presidente se fue y la crisis no concluyó

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23 de diciembre de 2001  

¿Que han hecho los argentinos con la Argentina?, gritó, no sin indignación, Carlos Fuentes desde México. La respuesta es compleja, pero podría mencionarse la posibilidad de que un proceso de desvarío se haya apoderado de la cabeza de sus dirigentes. Fulminado Fernando de la Rúa entre sus vacilaciones e ineptitudes, lo ha seguido el peronismo embaucado por una disputa entre ambiciones innobles.

De la Rúa se fue después de decantar él mismo, en la hora más dramática de su vida, el único gobierno que tenía. Sólo frente a Chrystian Colombo y Adalberto Rodríguez Giavarini (a los que la nación política les debe, al menos, haber sostenido la ficción de un gobierno) escuchó lo irremediable: tenía que renunciar.

Presidente, el peronismo lo va a obligar a hacer el trabajo sucio y después lo abandonará; debe renunciar ahora o renunciará en peores condiciones, lanzó Colombo. El gobierno debe hacer el trabajo sucio si ésa es su responsabilidad. Pero creo, presidente, que ya no tenés fuerza ni para eso; hay que renunciar ya, suscribió el entonces canciller. De la Rúa sacó un papel y comenzó con los primeros garabatos de su dimisión.

La clase media de la Capital lo empujó del poder con la misma decisión que lo entronizó en el gran escenario de la política, 28 años antes. La rebelión de los pobres fue la consecuencia y no la causa de la conversión de la clase media, que pasó de conservadora a revolucionaria. La decisión de retener los ahorros y los sueldos en los bancos fue el hecho maldito que hizo imprevisible las reacciones sociales. No sólo eso: esa misma clase media venía también clamando contra una dirigencia política corporativa, mezquina y distante. Los ahorros no se han devuelto -ni se devolverán hasta donde se puede prever- y la dirigencia política sigue haciendo de las suyas. El peligro acecha.

La sociología analizó mil veces la importancia de la amplia clase media argentina en la contención del conflicto social; fue siempre una frontera férrea y conservadora entre la indignación de la pobreza cada vez más grande y las dilaciones de los gobiernos cada vez más ausentes. La teoría se demostró en la práctica. Cuando la clase media pacífica salió a la calle, en el acto la siguió la marginalidad sin medidas ni códigos. Hubo más muertes a manos de civiles, que cuidaban sus pertenencias, que de policías. Los trazos de una guerra civil comenzaron a tomar cuerpo en un horizonte desgraciado, entre patéticos vandalismos, justicia a mano armada y excesos y ausencias policiales.

Antes de renunciar, De la Rúa le ofreció al peronismo entregarle el gobierno. No estaba construyendo una política, sino repartiendo ante la historia las culpas de la ruina. Un día antes había llamado con urgencia a Felipe González (que no pudo sustraerse a la tentación, como él dice, de confundirse con el destino de los argentinos) y se aprestaba a llamar a otro hombre que nunca será un extranjero en la Argentina: el ex presidente uruguayo Julio María Sanguinetti. Los imaginaba promoviendo un consenso local y garantizando su cumplimiento.

Su último discurso y esos gestos del ex presidente fueron actos perfectos para el 15 de octubre, el día después de las elecciones que lo derrotaron. Entonces debió saber que su opción era desesperada: o entregaba poder o terminaría entregando el poder. No pudo contra la inercia lenta y vacilante de su estilo, contra la desconfianza omnipresente de su espíritu y contra un círculo íntimo impolítico, cargado de infundadas vanidades. El fuego y la muerte en la calle, la debilidad que le tocó y que ahondó, la propia impericia y el apetito atropellado de sus opositores hilaron la soga que lo degolló.

¿Por qué no lo echó a Cavallo hace un mes cuando lo sacó de la cumbre presidencial con George W. Bush y cuando aún podía producir una distensión local? Entonces intuyó lo que un mensaje más claro le llegó dos días antes de su renuncia: Washington quería otro ministro de Economía. De la Rúa creyó que podía esperar que la barahúnda social barriera con el ex ministro, como hizo siempre. Pero el vendaval se los llevó a los dos.

El peronismo no aflojó la presión desde las elecciones de octubre. Nombró a un virtual vicepresidente peronista, rompiendo una vieja tradición argentina, y comenzó en el acto a hurgar en leyes de acefalía y de comicios anticipados. Confundía al Presidente formal con puros formulismos, mientras ordenaba no detener la ofensiva. Lo peor de todo es que nunca se detuvo cinco minutos para pensar un plan político y un plan económico. Lo aquejan ahora las mismas dolencias que al gobierno que se fue.

Diez provincias peronistas, Menem y Duhalde querían un gobierno interino de dos años. Cada uno tenía sus propios intereses, pero lo cierto es que la nación política necesita hacer pie en tierra firme antes de emprender un proceso electoral. Los tres gobernadores de las grandes provincias vetaron esa idea razonable. Ruckauf y De la Sota leyeron sólo las encuestas y los dos necesitan abandonar los sillones donde se sientan antes de que comience el naufragio. Reutemann cultivaba la fe en evitar elecciones inminentes hasta que giró, sin dar explicaciones. Confirmó la vieja impresión de que el peronismo no podría nunca mostrar un hombre más parecido a De la Rúa que el propio Reutemann.

A una sociedad que reclama por un gobierno y por decisiones rápidas y cruciales (el valor de la moneda, la deuda externa, la carencia social, el control de las fuerzas de seguridad), el peronismo le ofrece un gobierno tan débil como el anterior con la promesa de darle, dentro de dos meses, otro gobierno débil. La ley de lemas no sólo es un engendro de muy dudosa constitucionalidad, sino la probeta ideal de una administración frágil.

En el fárrago, el gobernador Rodríguez Saá, a quien nunca lo arropó la simpatía ni el acuerdo, se hizo con la presidencia breve con una sola frase: es mi sueño, dijo, y se convirtió en el presidente con el proyecto más insignificante que haya existido.

Todos tenían un proyecto y ninguno tenía un plan. Ruckauf habla de una tercera moneda: los bonos; De la Sota propone pesificar el país y Reutemann prefiere devaluar hasta igualar la moneda argentina con la brasileña. El respetado economista Vito Tanzi mandó un mensaje simple, lleno de sentido común: que los argentinos dejen de creer que ellos pueden innovar siempre. Que cumplan con los manuales como hacen todos los países. ¿Quieren devaluar? Que devalúen entonces. Sólo tienen que hacerlo bien.

El mundo ha mandado varios mensajes en las últimas horas. Uno de Estados Unidos le llegó al peronismo por manos de Rodríguez Giavarini. Nadie quiere ver caer a la Argentina hasta la base del abismo; es posible el envío de una ayuda económica internacional definitiva para la crisis nacional. Ya se comprende en el exterior hasta la devaluación probable y el default seguro; sólo reclaman el plan económico que De la Rúa no tuvo desde López Murphy y un acuerdo político que lo sustente, al que el ex presidente se negó con los reflejos de mezquindad comunes a todos los dirigentes argentinos.

El mundo espera y la sociedad espera. En el medio, los dirigentes peronistas parecen moverse contra el apresurado reloj de la historia, que está marcando una trágica ruptura de los lazos sociales, una patética desobediencia civil y un peligroso desconocimiento de cualquier liderazgo. Un ciclo ha concluido.

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