Un simple animador de fiestas ajenas

Claudio A. Jacquelin LA NACION
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20 de diciembre de 2009  

Hubo un día de ilusión, pero duró demasiado poco. Y no era el Día de los Santos Inocentes para, al menos, reírse con el chiste.

La tensa y exasperada cotidianeidad nacional había llegado a tales extremos (aporte de Macri incluido con la polémica designación de Abel Posse) que hasta el siempre ríspido Néstor Kirchner pareció tomar nota y compadecerse de la presión arterial colectiva a punto de romper todos los tensiómetros de la Argentina.

Los días que sucedieron a su ruidoso desembarco en el Congreso, con más bajas que las de los aliados en Normandía y, para peor, con menos éxito, la artillería K no dejó de tirarle a todo blanco posible. Como sonrisa de boxeador a boxeador, trataba con eso de minimizar la primera gran batalla perdida después de la derrota electoral de junio pasado. Hasta que lo indisimulable se volvió también inocultable.

Entonces, el esposo presidencial desempolvó otro personaje, que alguna vez (como tras la derrota en la guerra contra el campo), logró devolverle algún punto del rating perdido.

"No hemos venido a levantar la mano contra nadie, hemos venido a ofrecer el corazón. La patria nos necesita a todos", dijo en Rosario, componedor y serio, como si se hubiera convencido al final de que las descalificaciones (con amenazas y críticas incluidas) a adversarios y críticos rinden ya cada vez menos.

"Es hora de que la dirigencia lo entienda, basta de aturdir con peleas de corto vuelo", sentenció. No se quedó ahí. "Vivo permanentemente autocriticándome", dijo. Por si alguien dudaba de lo que estaba creyendo oír admitió haber tenido "errores en la visión de conflictos" y concluyó "es "necesario avanzar en consensos". Parecía parafrasear a ese Perón devenido en león herbívoro que tan pocas simpatías despertó en los jóvenes combatientes setentistas. Como para abundar en el desconcierto.

Pero cual adicto en frustrada recuperación permanente o irredimible marido golpeador, bastó que pasara la vergüenza, que volvieran la tentación o la furia y que la realidad le mostrara el rostro de la decrepitud para volver a lo de siempre: los gritos, las amenazas, las descalificaciones.

Los blancos, al final, se repiten: los medios, la derecha, los empresarios, los Estados Unidos. Pero también siempre hay alguno para sumar. Ahora llegó el turno de los jueces. Y la aceleración de la pendiente le impide ver que acaba de incluir entre los adversarios a la Corte Suprema. El mismo tribunal prestigioso cuya conformación nadie podría negarle a Kirchner, aun en su posteridad, como un gran aporte de su gestión a la república.

En la debacle hasta se alejan, golpeados por la ingratitud, aliados que lo defendieron al límite de su supervivencia. Ajeno hasta a las advertencias de su propio subconsciente, Kirchner no se ve dispuesto a retroceder. Prefiere el refugio del último gran sostén -Hugo Moyano- a pesar de su mala imagen y su excesiva ambición.

Kirchner no parece advertir, en medio de tanta exasperación, el riesgo de terminar convertido en simple animador de fiestas ajenas, aturdiendo con "peleas de corto vuelo".

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