Una guerra comercial en la que todos tienen algo que perder

Marcelo Elizondo
Marcelo Elizondo PARA LA NACION
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20 de julio de 2018  

EE.UU. y China han iniciado una serie de escarceos imponiéndose aranceles restrictivos al comercio internacional entre sí y amenazándose con una "guerra comercial". Trump inició esta carrera argumentando que EE.UU. ha tenido déficit comercial con todo el mundo desde inicios de los años 80 (tiene déficit comercial con sus principales contrapartes: China, Canadá, México, Japón y Alemania; y el más grande es el que mantiene con el gigante oriental, que llegó a 375.576 millones de dólares). Y acusa a China de competir de modo desleal. Al principio de estos escarceos, aseverando que China subsidia su producción, pero últimamente ya centrándose en algo más estratégico: afirma que China accede ilegítimamente a propiedad intelectual generada por empresas estadounidenses que cuando invierten en el gigante asiático están obligadas a asociarse con empresas locales y compartir conocimiento. La disputa por la propiedad intelectual aparece ahora como la diferencia más relevante porque EE.UU. hoy compite en el mundo por su capacidad tecnológica, su innovación y la ciencia.

Como afirman Stan Sheh y Richard Baldwin, en el mundo de hoy el mayor valor se genera en el inicio de las cadenas de producción (conocimiento, innovación, diseño) y en el final (comercialización, marketing, servicios), y no ya en el medio (manufacturación, donde China sí se hizo fuerte). Y Estados Unidos parece dispuesto a dar la batalla en esos extremos. Pero, además, el mundo ha ingresado en una nueva bipolaridad entre dos gigantes que representan modelos diferentes. Estados Unidos postula valores tradicionales de Occidente, incluidos la democracia política y el capitalismo competitivo; y China amenaza tras su gran crecimiento de los últimos años con un capitalismo apoyado en una autocracia de partido único y cierta planificación.

¿Hasta dónde pueden enfrentarse? Simultáneamente, esas dos economías se han interrelacionado de gran modo y una obstrucción de ese vínculo probablemente afectaría a ambos. Aunque quizá no del mismo modo, porque mientras el 21% de las importaciones de EE.UU. proviene de China, el 10% de las importaciones chinas proviene de EE.UU. (el 9% de las exportaciones estadounidenses se dirige a China, mientras que el 19% de las chinas va a EE.UU.). Es probable que sea esto lo que ve Trump para montarse en una posición dura.

Ambos son los dos principales actores del comercio mundial. China exporta 2,9 billones de dólares entre bienes y servicios, y EE.UU. lo hace en 2,3 billones de dólares, aunque China tiene un holgado superávit comercial. Pero mientras China supera a EE.UU. como exportador de bienes, los americanos superan a los asiáticos como exportadores de servicios (lo que muestra dónde está su mayor competitividad y la razón del celo en la custodia de su propiedad intelectual).

Decía Churchill que las peores disputas son aquellas en las que las dos partes se equivocan y a la vez tienen razón. Es cierto que las importaciones estadounidenses pagan para ingresar en China aranceles más altos que las chinas en EE.UU., pero también lo es que en EE.UU. las 2000 grandes firmas que generan dos tercios de todas las importaciones estadounidenses son a la vez grandes exportadores ( contrario sensu, las 1500 grandes firmas que generan 60% de sus exportaciones son a la vez grandes importadoras) y la afectación de las importaciones impactaría en ellas.

Además, las inversiones de EE.UU. en China son muy superiores que las chinas en EE.UU. y aquellas inversiones se alimentan del comercio (empresas norteamericanas generan 28% de las operaciones de China, mientras que solo 5% de las operaciones de EE.UU. están en manos de empresas chinas), por lo que son más las empresas estadounidenses que se incomodarían con restricciones en frontera. Estados Unidos en los últimos dos años emitió al mundo casi tres veces la inversión extranjera emitida por China.

También, a priori, en una guerra comercial se afectaría a China (en sus exportaciones, porque el 30% consiste en valor agregado extranjero) más que a EE.UU. (ese porcentaje es de 15%); pero, a la vez, las empresas estadounidenses actúan mejor en un ámbito más internacionalizado (19 de las 30 principales empresas del mundo son estadounidenses).

La economía global hoy funciona a través de auténticos trazados de alianzas entre empresas que desde diversos países operan en redes que se alimentan con inversión transnacional (30% de la inversión mundial es extranjera), comercio transfronterizo (un tercio de las exportaciones mundiales es intrafirma) y especializaciones locales que se incorporan en cadenas internacionales. Las exportaciones mundiales equivalen a casi 30% del producto bruto del planeta (y 80% de ellas se produce dentro de la llamadas cadenas internacionales de valor), por lo que una carrera de obstáculos duradera no haría otra cosa que debilitar el comercio internacional, desalentar inversiones y afectar la economía toda. Piénsese que, en todo el planeta, desde 1990, las ventas de empresas multinacionales a través de sus sucursales en el exterior se multiplicaron 5 veces (hasta 30 billones de dólares).

El comercio mundial creciente en los últimos años ha permitido el crecimiento de los países emergentes; ha reducido la pobreza global a los menores niveles de la historia y creado más bienestar que nunca, ha hecho del conocimiento algo extensivo, ha mundializado estándares de producción propios de países desarrollados y hasta ha extendido los límites de la vida. Claro que eso ha hecho que muchos países desarrollados tengan más competidores y pierdan el liderazgo confortable del que gozaron mucho tiempo, aunque a la vez es cierto que muchos emergentes hoy compiten usando armas que al haber crecido no son ya tan admisibles. Pero quien se siente perjudicado por la competencia desleal puede estar contestando con medidas que lo perjudiquen; como sostuvo el premio Nobel Niels Bohr, lo opuesto a una verdad profunda puede ser muy bien otra verdad profunda.

Esta situación nos lleva a algunas conclusiones: las instituciones mundiales del siglo XX han quedado viejas, estamos en un tiempo de equilibrios interrumpidos y la disrupción de la nueva economía supera la capacidad de los instrumentos políticos tradicionales para regularla. Creía Durkheim que el rol de la ley es establecer barreras y que cuando la ley ya no es útil las barreras colapsan y padecemos anomia: hoy el mundo se parece a esto. Pero, como dijo Scott Belsky, las ideas no ocurren por accidente.

Hay otras conclusiones, empero, que quizá deben esperar. Es muy probable que estemos asistiendo a un período de (riesgoso) reacomodamiento para negociar nuevas condiciones. Y que luego la fuerza de la realidad terminará imponiendo sus efectos: en la historia, retroceder se paga; y la evolución del hombre se cuenta por sus pasos (cada vez más grandes) en pos de un orden global que supera límites fronterizos que siempre estuvieron mas basados en impedimentos que en virtudes.

Por las buenas o por las malas, esto que amenaza ser una guerra comercial deberá morigerarse. Aunque no sabemos todavía derivándonos hacia dónde.

Profesor universitario, especialista en negocios internacionales

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