Una herida en medio de la fiesta

Diana Fernández Irusta
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29 de junio de 2014  

Crédito: Darren Staples/Reuters

Porto alegre, 25 de junio de 2014. Como toda buena fiesta, el Mundial permite que algunos principios se alteren. A veces, el pez chico se come al grande y países impensados, pequeños o débiles, dejan fuera de juego a los poderosos. Los individualismos ceden, el grito del ejecutivo vale tanto como el del operario, y la fiesta sigue, dichosa y necesaria, con sus milagros y rituales a cuestas.

Pero a veces también ocurre que algo rasga el telón. Como aquel punctum fotográfico del que hablaba Barthes -el detalle ínfimo, quizás azaroso, que sale de la imagen y se clava como un dardo afilado en quien la está mirando-, la realidad se resquebraja y lanza sus esquirlas, a ver quién las quiere recibir.

Algo así pasa con esta foto; toda ella, en cierto modo, el punctum de una actualidad feroz. Es el Mundial, el partido entre Argentina y Nigeria; la fiesta y su derecho a goce en plena eclosión. Entonces aparecen estos brazos alzados, el gesto decidido, masculino. Dos carteles y una única frase: "¡Devuelvan a nuestras niñas!".

Una herida abierta. Perdida entre las multitudes bulliciosas del estadio Beira Rio; sólo visible gracias al teleobjetivo con el que el fotógrafo la acercó hasta nosotros.

Hace dos meses, en una escuela de Nigeria, unas 200 adolescentes fueron secuestradas por el extremismo islámico y nadie parece haber podido hacer nada más que asistir, expectante, al escándalo. La mayoría de esas chicas sigue sin aparecer; responsables del doble delito de ser mujeres y querer estudiar.

Y de poco sirve que poderosos y no tanto, interesados o apenas biempensantes se desgañiten diciendo sus lamentos: para esto no hay milagro ni fiesta ni gozosas puestas en suspenso: al día de hoy, en demasiados -y no necesariamente islámicos- rincones del mundo, sigue ocurriendo que una niña se mire al espejo y maldiga cada centímetro del cuerpo que, más temprano que tarde, la convertirá en culpable de ser lo que es.

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