Una herramienta democrática real

Por Cristian Caram Para LA NACION
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27 de junio de 2002  

"Que se vayan todos" es un cuestionamiento a la legitimidad de determinadas personas (los políticos) y modos de hacer política, pero que se desliza hacia una impugnación al concepto mismo de partido político.

Los partidos políticos surgen en el mundo como fenómeno concomitante con la instauración del sufragio universal. Es fácil entender el porqué de su aparición: los sectores populares que obtenían acceso al mundo de las decisiones públicas a través del voto universal encontraban la necesidad de contar con una herramienta que les permitiese enfrentarse a las elites económicas, que nunca necesitaron de estructuras organizadas para tener acceso a las arenas del Estado.

La respuesta a esta necesidad fueron los partidos políticos, como instituciones permanentes caracterizadas por el desarrollo de una estructura funcional capaz de organizar y dirigir la voluntad de los sectores populares y enfrentarse, en la formación de las políticas públicas, a la presión de los sectores más poderosos de la sociedad, y traducir esa voluntad del electorado en acciones de gobierno.

Ningún país del mundo ha logrado mantener la democracia consolidada ni ha obtenido éxitos económicos en sistemas sin partidos políticos. El hecho de imaginar un asambleísmo permanente como única herramienta posible nos lleva a pensar en una democracia directa, la cual en términos fácticos (teniendo en cuenta que somos 37 millones de habitantes) resulta imposible de establecer. Incluso en la antigua Grecia, cuna del mito de la democracia directa, el gobierno de las cuestiones cotidianas se hacía a través de representantes elegidos por la asamblea del pueblo. El vínculo de representación es imprescindible.

Por otra parte, sin partidos políticos sólo queda lugar para líderes mesiánicos, patriarcas carismáticos que vengan a poner orden.

Ahora bien, tratemos de recrear en nuestra mente un escenario de elecciones. Todos los partidos que hoy tienen representación parlamentaria existen con anterioridad a la crisis que terminó por convencer a unos cuantos de que lo mejor es que se vayan todos. Por lo tanto, no existe fuerza política que esté excluida de ese reclamo. A la vez, no apareció ningún partido político nuevo. Es de prever entonces que frente a la falta de alternativas volvamos a revivir el "voto bronca" y que quien resulte ganador lo sea con su legitimidad para gobernar herida de muerte desde un principio. Es cierto que los partidos que han ocupado la escena pública en los últimos años se han degenerado y convertido en maquinarias para la preservación y multiplicación de lugares en el Estado. Debemos, entonces, refundarlos, volviendo a dotarlos de objetivos y estrategias políticas dirigidas a la defensa de los intereses de la mayoría de los ciudadanos y convirtiéndolos en herramientas útiles para participar en la contienda de intereses que constituye la base de todo sistema político. A tales fines deben hacerse cambios estructurales:

  • Establecer elecciones internas abiertas, simultáneas y obligatorias.
  • Reempadronamiento de afiliados.
  • Reducir la cantidad de locales partidarios a uno por barrio por cada fuerza política.
  • Limitar la duración y gastos de las campañas electorales.
  • Limitar los aportes privados a los partidos.
  • Establecer un sistema de auditoría y control sobre el financiamiento de los partidos.
  • Facilitar la revocatoria de mandatos a quienes incumplan sus compromisos electorales, debiendo ser estos últimos explícitos por escrito y públicamente.
  • Simplificar el camino para la creación de nuevos partidos políticos.
  • Habilitar la conformación de partidos políticos vecinales.
  • Permitir la presentación de candidaturas independientes.
  • Obligar a los partidos políticos a llevar a cabo actividades de capacitación de sus dirigentes y militantes.
  • En los años 50, el francés Maurice Duverger escribía que los partidos políticos tienen la tendencia a mantener sus reglas de funcionamiento y decisión en las sombras. Como resultado natural, esto genera una cúpula de dirigentes de corte oligárquico, que se enquistan en el poder tanto dentro del partido como dentro del Estado, gracias a los lazos que establecen con las cúpulas de dirigentes de otros partidos. Así nace la clase política, aislada de la sociedad y sólo ligada por vínculos corporativos.

    Debemos rescatar a los partidos políticos pero convirtiéndolos en herramientas democráticas reales. No saldremos de la crisis eliminándolos. Al contrario, es momento de fortalecerlos, y al mismo tiempo someterlos al control permanente de una ciudadanía comprometida y activa en su participación pública.

    El autor es vicepresidente primero de la Legislatura porteña.

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