Una historia de presidentes débiles

Varios mandatarios argentinos, desde el siglo XIX hasta hoy, soportaron el estigma de la debilidad; sin embargo, no siempre la cosecha electoral fue el factor determinante a la hora de analizar éxitos y fracasos
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18 de mayo de 2003  

Si se mira el porcentaje de votos que obtuvo cada uno para conseguir el cargo y cómo les fue después en la Casa Rosada, se advierte rápido que el teorema de la debilidad de los presidentes argentinos basado en la correspondiente cosecha electoral, tan de moda, es en gran parte falso.

Bastan los ejemplos de dos presidentes radicales, el primero y el último, para probar que las cosas no son así de simples.

Hipólito Yrigoyen volvió al poder en 1928 con una elección a la que se le decía "el plebiscito". Lo encumbró el 57,41% del electorado (12 puntos más de los que había conseguido para la primera presidencia cuando tenía 12 años menos), pero su derrocamiento, el 6 de setiembre de 1930, desgaste mediante, ni siquiera le permitió conmemorar un tercio del mandato.

Y Fernando de la Rúa ganó con el 48,1%, lo que significa que prácticamente lo votó uno de cada dos argentinos, pero fue tumbado, esta vez sin concurso castrense, apenas unos días después de cumplir dos años viviendo en Olivos. Ambos presidentes creían ser muy fuertes al asumir y lo que menos imaginaban era un futuro trunco.

Débil también resultó Isabel Perón, acaso por la sumatoria de su carácter, su escasez de dotes políticas, la manipulación que de ella hizo José López Rega y el vacío creado por la muerte de su marido-compañero de fórmula, cuyo 61,86% de votos, después de todo, también le pertenecía a ella por gracia binominal.

Ocurre que, debido quizás a la extensión del muestrario, no hay una definición unívoca de presidente débil. Bernardino Rivadavia, preconstitucional, gobernó apenas 16 meses -las provincias jugaban en contra- y tuvo que renunciar. Más tarde vinieron el entrerriano Justo José de Urquiza y el cordobés Santiago Derqui, ninguno de los cuales llegó a gobernar para toda la nación, como sólo lo hizo Bartolomé Mitre en 1862. Los presidentes débiles se extendieron entre los siglos XIX y XXI (siglo éste lactante pero prolífico, que ya produjo a De la Rúa, Adolfo Rodríguez Saá y Eduardo Duhalde) combinando variables personales, políticas e institucionales. Algunos quedaron anotados en la historia como débiles -Yrigoyen, De la Rúa y también Isabel y Héctor Cámpora- por brevedad, impericia o ambas cosas, según la interpretación histórica que se prefiera. Pero también hubo presidentes de base electoral volcánica, políticamente idóneos, que no transigieron por flaqueza de ánimo y sin embargo agotaron su resistencia. Fue el caso de Arturo Frondizi.

En sentido electoral, Frondizi arrancó fuerte como pocos. No sólo porque obtuvo el 44,79% de los votos, 16 puntos por arriba del segundo, sino porque en el orden cualitativo ganó mejor que su proveedor de votos, Perón, al dominar todo el Senado y todas las gobernaciones (en 1946, Perón había perdido la presidencia en cuatro provincias y la gobernación de Corrientes). Sin embargo, no parece casual que una semana antes de su asunción, The Wall Street Journal hubiera titulado "¿Cuánto durará Frondizi?". El problema peronista, como llamaban los militares al centro de sus desvelos, no se había resuelto con la proscripción que, en cambio, consiguió debilitar la democracia antes que los gobiernos. Treinta "planteos" soportó Frondizi, que habría entrado en la categoría de presidentes fuertes si hubiera podido evitar las concesiones al golpismo insaciable que igual terminó depositándolo en la isla Martín García.

Después vino el arquetipo de los débiles, Arturo Illia, en quien se inspira el teorema que pretende hacer una proporcionalidad directa entre vigor electoral y fortaleza política. Illia, es cierto, sólo sacó en las urnas 25,15%, lo que apenas aparejó el 35% de bancas en los colegios electorales (regía la Constitución de 1853), convertidos en una mayoría del 57% al momento de levantar la mano merced al apoyo negociado de electores de otros partidos. Claro que de la negociación no participó la segunda fuerza (19,42%), que no llegó a los colegios electorales porque era el voto en blanco, originado en la proscripción peronista. Pero la verdad es que semejante malformación institucional no fue lo único que hizo de Illia un presidente débil, sino también la propia personalidad de este médico de pueblo a quien los opositores hostigaban lanzando tortugas sobre Plaza de Mayo.

No el más votado

El sistema indirecto, a propósito, hubiera podido permitir la consagración de un presidente que (como Néstor Kirchner) resultase perdedor en la elección popular. Eso ocurrió en Estados Unidos en el siglo XIX en dos ocasiones (después ningún presidente norteamericano obtuvo menos del 50% de electores propios), pero nunca pasó en la Argentina y, por fin, aquí la Constitución de 1994 convirtió la elección en directa, con ballottage para ejecutar el requisito de un respaldo por mayoría absoluta. En otras palabras, jamás asumió el poder en nuestro país el que había resultado segundo... hasta el año pasado. Fue como desagüe de una acefalía. Por esas raras vueltas de la política argentina, el senador Duhalde, que había perdido contra De la Rúa, resultó el elegido de la asamblea legislativa para gobernar después de que la interna peronista aniquilara al presidente Rodríguez Saá (más fugaz que Cámpora, pero menos que el general Arturo Rawson, en 1943, presidente de facto por un día, despuesto por Pedro Pablo Ramírez).

Duhalde, conviene recordarlo, también estuvo a punto de caer cuando la confederación de gobernadores que lo sostenía -junto con el Congreso- le recortó el apoyo. Zafó luego de adelantar siete meses las elecciones o, más bien, cuando le creyeron que él no sería candidato.

Después vino la manipulación de la ingeniería electoral, el dominio relativo de la grave situación económica y el triunfo de Duhalde en la salvaje y eterna pulseada con su antiguo compañero de fórmula. Debe parecerle un sueño: la virtual caída de Menem, trofeo impar según su óptica, hasta podría soslayar la evocación de su debilidad intrínseca el día que le toque aparecer en una enciclopedia.

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