Una historia de unidad

Carlos Rodado Noriega
Carlos Rodado Noriega PARA LA NACION
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20 de julio de 2012  

El 20 de julio de 1810, dos meses después de la Revolución de Mayo en Buenos Aires, el pueblo de Santa Fe de Bogotá, capital del Virreinato de la Nueva Granada, se rebeló contra las autoridades coloniales, depuso al virrey Antonio Amar y Borbón, conformó una Junta de Gobierno y proclamó el Acta de Independencia. Esos sucesos adquirieron una significación simbólica y los colombianos conmemoramos en este día la más importante de nuestras efemérides patrias.

Sin embargo, esta fecha no fue el comienzo ni el fin del proceso independentista de nuestra nación. Con anterioridad se habían producido hechos importantes que sirvieron de antecedentes y contribuyeron a construir una conciencia sobre valores como la libertad y la soberanía de los pueblos. La independencia de los Estados Unidos, las ideas de la Ilustración y la Revolución Francesa hacían parte del bagaje intelectual de una minoría de criollos que aspiraban a tener una mayor influencia y participación en las decisiones de gobierno, hasta entonces un monopolio de funcionarios españoles. Pero todavía faltaban unos años de lucha y bastante sangre por derramar para consolidar la independencia definitiva. En la Nueva Granada se tuvo que luchar hasta 1819, así como en el Río de la Plata debieron hacerlo hasta 1816.

La Argentina y Colombia nacieron de una misma concepción política, aprovecharon la misma coyuntura histórica del interregno napoleónico en España y, en su devenir como repúblicas, han tenido que afrontar dificultades y desafíos similares. Son dos países que se parecen hasta en sus contradicciones: la naturaleza los ha dotado de una variada cornucopia de recursos naturales y humanos con una potencialidad que excede en mucho a sus logros y realizaciones, hecho que los desafía permanentemente a materializar esas enormes posibilidades. Trabajando mancomunadamente será menos difícil la faena y se podrá avanzar con más celeridad hacia metas más altas de progreso y bienestar.

En mi país tenemos una larga tradición de afecto y admiración por el pueblo argentino. Su vocación por la cultura y la libertad la tenemos en la más alta estima y suscita nuestro más acendrado aprecio. En 1893, el presidente colombiano Rafael Núñez nombró al gran poeta Rubén Darío cónsul de Colombia en Buenos Aires, con el propósito expreso de que una inteligencia como la del bardo nicaragüense tuviera la oportunidad de familiarizarse con el ambiente cultural de la capital austral. La Reforma Universitaria de Córdoba de 1918 fue y sigue siendo la inspiración permanente del estudiantado colombiano, como lo demuestran los 23.000 estudiantes que actualmente cursan programas académicos en instituciones de educación superior en la patria de Domingo Faustino Sarmiento. No existe, fuera de la Argentina, ningún país del mundo donde el tango haya arraigado con tanta fuerza como en algunas regiones de Colombia. El fallecimiento de Gardel, en un accidente aéreo en Medellín, todavía causa aflicción a muchos colombianos. Nos seduce la calidad del fútbol argentino y, por eso, desde el decenio de los años 50 del siglo pasado, cuando el club Millonarios de Bogotá contrató a Di Stéfano, Báez, Rossi, Pedernera y otras estrellas de ese deporte, han desfilado por Colombia innumerables jugadores y entrenadores argentinos.

Los lazos de hermandad entre las dos naciones han hecho que cada vez más argentinos quieran conocer nuestra tierra y revivir en Cartagena de Indias la historia de la única batalla naval que han perdido los ingleses, cuando su flota se batió en retirada por la fuerte reacción de una ciudad amurallada defendida con arrojo y valentía por don Blas de Lezo. Y encontrar en Bogotá el Museo de Oro de arte precolombino más deslumbrante del mundo, con piezas de orfebrería que podrían engalanar a las joyerías más lujosas del planeta. El mar Caribe de siete colores, ceñido por el Parque Tayrona y la Sierra Nevada de Santa Marta, una auténtica catedral de nieve al pie del mar. Estos son unos ejemplos de la incomparable belleza natural de un país muy diverso, que 93.000 argentinos visitaron el año pasado.

Hay muchas maneras como los pueblos pueden demostrarse su simpatía y entendimiento, pero ninguna forma más eficaz para beneficio recíproco que las relaciones comerciales. Ellas también crean vínculos entrañables y, sobre todo, contribuyen al crecimiento económico, a la generación de empleo y promueven el bienestar de las naciones. Las exportaciones argentinas a Colombia han pasado de 184 millones de dólares en 2002 a 1900 millones en 2011. Somos después de Chile el más importante importador de bienes argentinos en América del Sur. Sin embargo, nuestras ventas a la Argentina escasamente superan los 300 millones de dólares. Es decir, nuestro país no le causa dificultades cambiarias a la Argentina sino que, por el contrario, contribuye a resolverlas. Por supuesto, aspiramos legítimamente a que nuestras exportaciones se incrementen, ya que lo deseable y equitativo es que los flujos de comercio crezcan de ambos lados para mantener viva esa relación, porque los países pagan lo que compran con el producto de lo que venden.

En esta celebración no podemos dejar de recordar a San Martín y Bolívar como genios militares y políticos. Tuvieron que enfrentar enormes dificultades y sobreponerse a la adversidad, pero finalmente lograron su cometido: la independencia de nuestras naciones. Estos dos héroes, por encima de sus naturales diferencias de idiosincrasia y actitud, nos dieron un ejemplo de cómo se puede luchar unidos por la libertad de América del Sur sin llegar a enfrentamientos personales, algo que difícilmente hubiera sido posible entre dos caudillos militares del Viejo Continente.

La unidad de nuestras naciones, que fue un sueño de los libertadores, debe ser un compromiso permanente de la acción pública y de todos los latinoamericanos para consolidar la libertad política, el desarrollo económico y la justicia social.

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