Una lucha de todos contra todos

Joaquín Morales Solá
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13 de octubre de 2013  

Las preocupaciones podrían interrumpir el reposo de Cristina Kirchner . Amado Boudou es ya un problema político por su notable impopularidad , según la encuesta de Poliarquía para LA NACION. El gabinete es otro conflicto. La ausencia de la Presidenta desató con furia las incontables luchas internas que se libran entre sus colaboradores. Otro dato electoralmente desalentador de aquella encuesta es que una mayoría social cree que Cristina no padece nada grave y que en treinta días volverá a ser la misma de siempre. No habrá réditos electorales de una desgracia, entonces, si eso es lo que esperaba algún sector del oficialismo.

La rumorología política colocó en manos de Carlos Zannini el poder del Estado en ausencia de la Presidenta. Esa era la intención de la familia Kirchner para sacar del primer plano a Boudou. Ellos llegaron más pronto que nadie a otras encuestas, que deben decir lo mismo que la de Poliarquía. Más del 60 por ciento de la sociedad considera que el vicepresidente no está capacitado para gobernar y un porcentaje parecido de consultados asegura que no confía en él. El "efecto lástima" no sucedió y, encima, Boudou es una carga que complica todo.

Esa constatación explica también el minué oficial que precedió a su formal asunción como titular interino del Poder Ejecutivo. Sólo una perentoria carta enviada por el abogado Ricardo Monner Sans al escribano general de la Nación, Natalio Etchegaray, promovió claridad sobre lo sucedido con la asunción de Boudou. Rápido y correcto, Etchegaray le envió al abogado una copia de una nota de Zannini en la que le comunicaba que Boudou "queda en ejercicio del Poder Ejecutivo" por la enfermedad presidencial. El escribano se presentó a su vez en la Casa de Gobierno para levantar un acta, que firmó Boudou, en la que se repite la fórmula: "Queda en ejercicio del Poder Ejecutivo". Todo ese trámite estaba escondido hasta que ocurrió el intercambio de cartas entre Etchegaray y Monner Sans. La información pública sobre qué había sucedido con el vicepresidente la terminó dando el escribano general de la Nación, que no tiene esa obligación, en lugar del gobierno que supuestamente estaba bajo la conducción de Boudou.

Pero volvamos a Zannini. Hombre duro y aferrado a la ideología, nunca cultivó la simpatía de nadie más que del matrimonio Kirchner. Tampoco se preocupó por ayudar a nadie y accionó la guillotina no bien recibió la orden. Ahora está solo. Ni Abal Medina ni Oscar Parrilli ni Florencio Randazzo, para hablar de los funcionarios que anidan en la Casa de Gobierno, consultan con él. Ni hablar, por ejemplo, de Julio De Vido, su eterno rival por la influencia ante los Kirchner. Guillermo Moreno es un soldado en serio de la Presidenta, pero sólo de ella. A Zannini lo han aislado. Su control del Gobierno es sólo una deducción de los periodistas, asegura un funcionario que recorre esos pasillos.

¿Acaso están todos contra Zannini? Tampoco ésa es la única realidad. Están todos contra todos, subraya una fuente inmejorable. De Vido y Ricardo Echegaray contra Moreno. Randazzo contra De Vido. Gran parte del equipo económico contra Marcó del Pont. Moreno contra cualquiera. El propio Abal Medina tuvo la grata misión de anunciar que la que manda es Cristina, justo cuando todos hablaban de los superpoderes de Zannini. Boudou es un cuadro que ponen y sacan. No creo que él me dé una orden, comunicó Randazzo. Los deseos de venganza ni siquiera tienen en cuenta que les hacen daño a todos, dijo la fuente. La Presidenta, que es la única que pone orden, sin prestarse a discusiones, tendrá que volver antes. Desde su oficina en Olivos o desde la Casa de Gobierno.

Difícilmente sucederá antes de las elecciones, que serán dentro de 15 días, aunque es probable que previamente comience a disciplinar a sus funcionarios a golpe de teléfono. No volverá antes del 27 de octubre, porque la convalecencia le evitará hacerse cargo personalmente de la derrota. La derrota ocurrirá, aunque algunas mediciones han acortado la brecha entre Sergio Massa y Martín Insaurralde. Esto es: la diferencia podría ser de menos de 10 puntos, pero Massa vencería a Insaurralde por un margen de dos o tres puntos más que los que ya consiguió en agosto. Son percepciones de encuestadores más que resultados técnicos. El equipo de Massa, debe consignarse, asegura que sus mediciones le siguen dando a su líder una diferencia de más de 10 puntos sobre Insaurralde.

La imagen positiva de Cristina subió en la provincia de Buenos Aires antes y después de la operación. Es imagen presidencial; no son votos de su candidato. Insaurralde se sorprendió dentro de una contradicción existencial: estuvo pegado a ella cuando la imagen de Cristina no era buena, y ahora está lejos de ella cuando su imagen mejoró. La campaña se la puso al hombro Daniel Scioli, que es una especie de guía electoral de Insaurralde. El gobernador hizo con él lo que él mismo hace desde hace mucho tiempo: lo sacó del círculo netamente kirchnerista para meterlo en espacios sociales más amplios y le cedió su propio publicista. La estética publicitaria de Insaurralde ganó en la calidad. Massa hace lo imprescindible, que es lo que hacen los que están ganando.

Apurada por los riesgos de la economía, la Presidenta había ordenado antes un giro casi imperceptible en su manera de relacionarse con el mundo. Empezó a negociar los pagos a las empresas que le ganaron juicios al país en tribunales internacionales. Era la condición imprescindible que había puesto el gobierno de Obama para interesarse por la Argentina, sobre todo ante la Corte Suprema de Justicia de su país y ante el Banco Mundial. Cristina está merodeando los problemas, pero no les encontró todavía una solución.

También antes de caer abatida temporalmente por la enfermedad, la Presidenta se ocupó de otra obsesión: la ley de medios que está en la Corte Suprema. Envió mensajeros a los jueces. Ella misma llamó por teléfono. Extrañamente, hasta los medios periodísticos más cercanos al oficialismo dieron cuenta de esas presiones. La presión sobre jueces fue también pública: desde Boudou hasta Hebe de Bonafini hablaron del máximo tribunal del país.

Dos miembros de la Corte, los jueces Enrique Petracchi y Eugenio Zaffaroni, propusieron el martes pasado que la Corte se pronunciara en el acto sobre la ley de medios. El cuerpo había tomado la decisión de resolver la cuestión después de las elecciones del 27. Se respaldaba en un viejo principio político de la Corte: ésta no debe intervenir indirectamente en los procesos electorales en beneficio ni en perjuicio de nadie. La mayoría de la Corte decidió ratificar ese criterio, aunque es probable que aquellos dos jueces insistan el martes próximo para adelantar los tiempos.

La actual Corte Suprema tiene una larga trayectoria en defensa de los derechos humanos, las garantías constitucionales y la libertad de expresión. Es difícil que cambie esa posición por urgencias electorales que, de todos modos, son ajenas. Sobre los medios audiovisuales existen, además, recientes resoluciones de la prestigiosa Comisión Interamericana de Derechos Humanos, de la propia Relatoría Especial para la Libertad de Expresión de esa comisión y de la Corte Interamericana de Derechos Humanos de San José de Costa Rica. Se refirieron a los casos de Venezuela y Ecuador, pero muchos de sus párrafos son aplicables al caso argentino. La Corte fue siempre sensible a las posiciones de esos tribunales.

El Gobierno cree que con una sentencia rápida y favorable de la Corte sobre la ley de medios podría dar vuelta los perdidosos pronósticos de las elecciones. El pensamiento es simplista y endogámico. Es la manera como reflexionan y deciden los caudillos largamente asidos al poder.

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