Una nueva era de cooperación

Por Jeffrey D. Sachs Para LA NACION
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10 de diciembre de 2001  

CAMBRIDGE, Massachusetts.- Después del desastroso mes de septiembre, cuando los ataques terroristas y las represalias contribuyeron a acumular nubarrones de tormenta sobre la economía global, noviembre demostró la capacidad de recuperación de la globalización. Ante la depresión económica global, la mayor parte del mundo reaccionó aunando esfuerzos no sólo a la caza de terroristas, sino también para robustecer la cooperación universal. Varios hechos acaecidos en noviembre generan la esperanza de un fortalecimiento de la comunidad internacional y los consiguientes beneficios económicos.

  • Primero: más de cien países se reunieron en Marrakech (Marruecos) a concluir un acuerdo de las Naciones Unidas, único en su género, para limitar el cambio de clima terrestre. Convinieron en reducir sus emisiones de gases causantes del efecto invernadero, a fin de retardar el proceso de calentamiento del planeta. Aunque Estados Unidos todavía no se ha adherido al acuerdo, a pesar de ser el mayor emisor mundial individual de dichos gases, el hecho de que el mundo haya podido llegar a un acuerdo, pese a su ausencia, podría resultar prometedor. Ningún país aislado, ni siquiera la economía más grande del mundo, puede frenar la cooperación de otros. Probablemente, en una fecha muy cercana, los Estados Unidos se incorporarán a estas discusiones internacionales.
  • Segundo: la comunidad mundial dio la bienvenida a China como miembro de la Organización Mundial del Comercio. Durante siglos China se mantuvo orgullosamente apartada de la economía mundial. Luego, a mediados del siglo XIX, padeció a manos de las potencias imperiales europeas, que, habiéndola sobrepasado en tecnologías e industrias, aprovecharon esa superioridad para arrancar concesiones comerciales a la dinastía Ching. Siguieron más de cien años tumultuosos, hasta que, hace apenas veinte, China decidió reincorporarse al sistema comercial mundial. Su reciente ingreso en la OMC es un paso importante dentro de ese proceso. China ha vuelto al seno de la comunidad mundial como una nación soberana, estable, poderosa y dispuesta a cooperar, que en los próximos años devendrá en uno de los líderes del comercio internacional.
  • Tercero: en Doha (Qatar), más de ciento cuarenta naciones acordaron lanzar una nueva ronda de negociaciones comerciales. Tras varios años de protestas mundiales contra el libre comercio, la comunidad internacional prefirió el comercio al proteccionismo. Un dato importante: los países en desarrollo lograron varios avances trascendentales en la nueva agenda. Las naciones pobres obtuvieron concesiones en el acceso a medicamentos esenciales, y presionaron a los países ricos para que encarasen políticas proteccionistas en diversas áreas y recibieron promesas en tal sentido.
  • Cuarto: la guerra en Afganistán no sólo tuvo un rápido desarrollo sobre el terreno, también condujo a un importante avance diplomático. La ONU desempeñará un papel central en la reconstrucción de un gobierno viable en ese país y la coordinación de la ayuda humanitaria a su pueblo. Su participación creciente en este proceso impone el sello del derecho internacional y la diplomacia a la lucha mundial contra el terrorismo, y contribuye a tranquilizar a muchos países en el sentido de que éste es un esfuerzo verdaderamente internacional y no una acción solitaria de los Estados Unidos.
  • Un solo mensaje

    Si bien estos logros parecen propios de un “paquete sorpresa”, todos apuntan a un solo mensaje: la comunidad mundial está encontrando nuevos modos de cooperar, aun contra un telón de fondo de terrorismo y recesión global. El papel, cada vez mayor, de las instituciones internacionales bajo el paraguas de la ONU aumenta la confianza en que las disputas pueden abordarse en forma pacífica y aun sensata, con aportes significativos de expertos científicos, como sucedió en el Tratado sobre el Cambio Climático. Ningún país quiere quedar fuera de este proceso global. Sin duda, el ingreso de China en la OMC irá seguido, en los próximos años, por el de Rusia.

    Los eruditos y los observadores políticos debaten si la globalización es un fenómeno real o un eslogan, si es beneficiosa o nociva, si es un proceso frágil y reversible o robusto y con probabilidades de potenciarse en años venideros. A mi entender, la globalización es una fuerza poderosa y, en general, positiva. Ofrece a los países las ventajas de un mayor comercio internacional, una difusión más rápida de las tecnologías para beneficio mutuo, y la esperanza de que disminuyan la violencia y los conflictos entre naciones. Los acuerdos de noviembre indicarían que la mayoría de los países del mundo comparten esta esperanza y están dispuestos a empeñar recursos políticos para que este proceso tenga éxito.

    Desde luego, la globalización requiere normas y el ejercicio del poder internacional. No puede ser un juego de ricos contra pobres. No puede funcionar sin leyes e instituciones internacionales. Por eso llama la atención el papel destacado que cumplieron instituciones de la ONU en tantos sucesos de noviembre. La ONU demostró su valía en la administración global del medio ambiente, el comercio internacional, la construcción y reconstrucción de Estados, y la ayuda humanitaria. En los próximos años, sus agencias deberán desempeñar un papel crítico en ayudar a los países empobrecidos de África (y de otros continentes) a obtener mayores beneficios de la globalización.

    En suma, noviembre ha sido un preludio adecuado a una jornada feliz: el próximo jueves, la ONU y su secretario general, Kofi Annan, recibirán en Oslo el Premio Nobel de la Paz (compartido). Una distinción acorde con el papel que la ONU desempeña hoy, y debe seguir desempeñando, para promover una globalización exitosa y pacífica.

    © Project Syndicate

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