Una nueva etapa

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24 de octubre de 2000  

CON el alejamiento de Fernando de Santibañes de la Secretaría de Informaciones del Estado (SIDE) y la jura de los nuevos funcionarios debería terminar una etapa signada por la parálisis, los malentendidos y el internismo y comenzar otra en la que todos los integrantes del gobierno nacional trabajen activamente para atender las grandes demandas de la opinión pública, con la reactivación de la economía en primer lugar.

Frente al fantasma de una crisis de gobernabilidad, tras la renuncia de Carlos Alvarez a la vicepresidencia de la Nación, el primer mandatario ha apostado a recomponer la relación entre las dos principales fuerzas de la Alianza arrimando algunos hombres y mujeres del Frepaso a la administración, además de colocar a dirigentes con probada experiencia en la función pública en la Secretaría General de la Presidencia y en la SIDE.

No parece atinado entrar en discusiones acerca de si se ha seleccionado a los mejores nombres para esta nueva etapa. De lo que se trata es de recordar que no pasará por la mera asignación de espacios de poder entre los partidos de la Alianza el eje central para la solución a los grandes problemas nacionales. Lo relevante será que dentro del Gobierno existan las coincidencias necesarias para que, a la hora de enfrentar las demandas sociales, todos afinen sus instrumentos y ejecuten la misma partitura.

El gobierno nacional inicia esta nueva etapa tonificado, pero todavía con signos de debilidad. Las encuestas indican que la imagen positiva del presidente Fernando de la Rúa en la opinión pública ha caído sensiblemente, en parte como consecuencia del aparente incumplimiento de algunas promesas de la campaña electoral. Al mismo tiempo, el crecimiento de la economía está muy lejos de ser el esperado, la tasa de riesgo-país se encuentra en ascenso y, en virtud de ello, las dificultades para el financiamiento de la actividad productiva también se incrementan.

Es probable que si la economía estuviese creciendo hoy a razón del 4 por ciento anual, como se proyectó en su momento, y no a menos del uno por ciento, la dimensión de la crisis política hubiera sido mucho menor.

Pero la combinación de parálisis económica con problemas sociales y escándalos por corrupción sin resolver suele resultar explosiva, especialmente en una sociedad tan descreída de su clase política y ansiosa por resultados concretos frente a cuestiones tales como el desempleo, la inseguridad y la corrupción administrativa.

El crecimiento de la economía requiere de una fuerte inyección de confianza y de una reducción del riesgo-país. Para eso será fundamental insistir -no sólo en los dichos sino también en los hechos- en la disciplina fiscal, por medio de un severo control del gasto público y de una mayor eficiencia en los programas sociales.

Es de esperar que los innumerables errores políticos de las últimas semanas sirvan de lección al Gobierno para evitar volver a caer en el internismo y en la inacción.

El aparente final del armado del gabinete, luego de los sucesivos cambios, no debe hacernos olvidar la necesidad de aclarar al máximo el escándalo de las coimas en el Senado, que ha sido la piedra basal de la crisis política que mantuvo en vilo al país.

Tras quedar al margen del Gobierno algunas de las figuras sospechadas de haber tenido participación en aquel lamentable episodio, cabe esperar que el titular del Poder Ejecutivo obtenga la suficiente tranquilidad para reafirmar los objetivos con que asumió el 10 de diciembre último. La presentación del proyecto de reforma política -aun cuando siga ausente la derogación de las anacrónicas listas sábana- es un paso adelante. La visita a España que comenzará hoy en busca de inversiones es otra oportunidad para reorientar la acción gubernamental en dirección al crecimiento.

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