Una nueva generación democrática para América latina

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Club de Madrid PARA LA NACION
Reducir la desigualdad y lograr un desarrollo más justo y sostenible son algunas de las metas principales definidas por el mayor foro mundial de ex presidentes
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15 de septiembre de 2016  

América latina ha cerrado uno de los ciclos de mayor expansión económica de su historia (2002-2014) con escasas certezas, enormes retos, como la desigualdad tanto económica como de acceso a derechos, y un contexto internacional donde, a diferencia de los momentos más dulces de la década pasada, las tempestades abundan frente a los vientos a favor. La necesidad de renovación es doble y urgente: de un lado, un pacto social capaz de recuperar la complicidad de una ciudadanía identificada con la democracia pero desconfiada y descreída de sus instituciones; y del otro, y en forma paralela, un cambio del modelo de crecimiento que priorice la distribución de la riqueza y asegure la sostenibilidad económica y ambiental.

La Organización de las Naciones Unidas ha señalado la Agenda 2030 y sus 17 objetivos de desarrollo sostenible como tema central del Día Internacional de la Democracia, que hoy celebramos. Se trata de un amplio plan que coloca el bienestar de las personas en el centro de su acción más allá del incremento de sus ingresos. Va más lejos de cuánto dinero tengamos en el bolsillo; se ocupa de nuestro derecho a la paz y a la seguridad, de nuestro inalienable acceso a un medio ambiente no degradado, del ejercicio pleno de sus derechos humanos y ciudadanos. Se trata, en suma, de una excelente hoja de ruta cuya aplicación nos permitiría responder a los desafíos de toda nuestra región, que de forma perentoria necesita integrar tanto un nuevo modelo de crecimiento económico que sustituya al actual, ya agotado, como el reforzamiento de la democracia y la institucionalidad, la universalización de los derechos y la justicia social y ecológica.

Crédito: Huadi

Los largos años de fiesta económica sustentados por los altos precios de las materias primas, los bajos tipos de interés y el crecimiento chino provocaron cambios de gran calado que quedaron inconclusos o que incluso están hoy en riesgo de ser revertidos. La pobreza se redujo en el período 2002-2013 del 42 al 24%, 72 millones de personas, de las cuales 59 vivían en condiciones de pobreza extrema. Además, 94 millones se incorporaron a la clase media. La desigualdad, medida por el coeficiente de Gini, pasó del 0,539 al 0,493, su nivel más bajo desde los años previos a la industrialización de la región según el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD). Un logro extraordinario que aun así no nos ha permitido dejar de ser la región más desigual del planeta.

El crecimiento económico basado en la extracción de materias primas y expansión del sector servicios creó un gran número de puestos de trabajo no cualificados mientras se mantenían altísimos niveles de economía informal y un sistema fiscal mejorable en cuanto a eficiencia y equidad. La actuación simultánea de estos tres factores ha dejado a nuestras economías con un escaso margen de maniobra para crear nuevos recursos y distribuirlos; en suma, para reducir la desigualdad y no dar marcha atrás en la reducción de la pobreza. El último informe del PNUD publicado hace un mes afirma que entre 25 y 30 millones de latinoamericanos están en riesgo de volver a la pobreza.

Este paso atrás, devolver a más de un tercio de los que salieron de la miseria a la casilla de salida, sería un golpe durísimo para las democracias de todo el continente en el momento en el que menos pueden permitírselo. Al parón en el crecimiento económico (la expectativa es de un aumento del 0,2% para 2016 según la Cepal), con el consiguiente desafío que ello implica para el mantenimiento de las políticas sociales, se le suman las demandas de una ciudadanía mucho más exigente en el cumplimiento de sus expectativas y extraordinariamente más empoderada y participativa.

No estamos sólo ante un cambio de ciclo económico, sino también político. Sí, hoy las democracias latinoamericanas son más fuertes y la agenda social es más sólida que hace 20 años, pero los retos e incertidumbres del futuro inmediato son extraordinarios. La presión ciudadana, con protestas masivas que se han expresado a través de la calle y de las redes en países como Brasil, Chile o Venezuela, nos recuerda que esa nueva clase media reclama democracias más efectivas, más transparentes, con una más nítida separación de poderes y mayores mecanismos de control y rendición de cuentas en todas las estructuras administrativas. Los partidos políticos no escapan de estos nuevos niveles de exigencia. Siguen siendo los principales interlocutores, pero no los únicos. Internet y las redes no cambiarán por sí solas las democracias, pero sí han puesto de manifiesto la necesidad de una conversación más profunda acerca de las estructuras de poder, de mayor participación interna en los partidos. En definitiva, la democracia del siglo XX tiene que cambiar en el siglo XXI y los partidos políticos también. Éste es sin duda el momento de una nueva generación democrática.

La misma clase media que ha alzado la voz para pedir prosperidad y derechos ha instaurado también lo que los expertos denominaron en el foro Democracia de Nueva Generación para las Américas -organizado hace un año por el Club de Madrid en Bogotá- como "una nueva y bienvenida intolerancia con la corrupción". El fracaso de las expectativas de millones de ciudadanos puede exacerbar la ya muy preocupante crisis de legitimidad de las instituciones democráticas, ahondar la distancia entre representantes y representados y, en definitiva, romper el contrato social. Todos estos factores, a los que habría que sumar la percepción de captura del Estado por parte de intereses privados alejados de cualquier consideración del bien común, abonan el terreno para otros dos males endémicos de las democracias del continente: los populismos y los hiperpresidencialismos.

Este contexto nos advierte que ha llegado el tiempo de la política y del liderazgo participativo. América latina está demostrando que se encuentra en buena forma en cuanto a innovación política: el más reciente ejemplo es la plataforma digital presentada hace tan sólo un mes para recabar opiniones e ideas de los ciudadanos chilenos en la reforma de su propia Carta Magna. Pero también encontramos buenas prácticas en los ámbitos de la reducción de la pobreza en Brasil y Costa Rica, la participación democrática a través de las redes en la Argentina o la elaboración de presupuestos públicos en México.

Innovación, política, liderazgo y por supuesto educación, una nueva formación cívica que rechace el autoritarismo, la impunidad, la corrupción y la violencia; que asegure definitivamente el derecho a vivir en un medio ambiente no degradado; que extienda los derechos y el progreso de las elites a las bases, de las ciudades a los campos, que reconozca y ponga en pie de igualdad a las comunidades indígenas y que acabe con la marginación. Se trata, tal y como hace la Agenda 2030, de recuperar a las personas como centro de la acción política, considerando a cada una de ellas ciudadanos libres e irrenunciablemente iguales independientemente de cualquier consideración de clase, religión, raza, género u orientación sexual. América latina, en suma, necesita instaurar una nueva era de gobernanza democrática de calidad para poner en marcha la agenda de reformas necesarias que le permitan alcanzar un nuevo contrato social para un nuevo modelo económico, más justo, más equilibrado, más sostenible y, en definitiva, más humano.

Firmaron esta nota los ex presidentes:

  • Óscar Arias (Costa Rica)
  • Fernando Henrique Cardoso (Brasil)
  • Laura Chinchilla (Costa Rica)
  • Vicente Fox (México)
  • Eduardo Frei Ruiz-Tagle (Chile)
  • Luis Alberto Lacalle (Uruguay)
  • Ricardo Lagos (Chile)
  • Julio María Sanguinetti (Uruguay)
  • Ernesto Zedillo (México)

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