Una oposición fortalecida mejora la democracia

Sergio Berensztein
Sergio Berensztein PARA LA NACION
¿Está el justicialismo en un franco proceso de unificación? Sería un error creer que el voto por el Consejo de la Magistratura es una muestra de que la unidad está en marcha
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23 de noviembre de 2018  

La coordinación de distintas facciones del peronismo para arrebatarle al oficialismo un lugar en el Consejo de la Magistratura generó un inusual revuelo. Acostumbrado a capitalizar las múltiples divisiones del fragmentado campo opositor, como se puso de manifiesto, por ejemplo, en la reciente sanción de la ley de presupuesto, el Gobierno quedó descolocado ante una situación que exhibe una derrota política y simbólica. Muchos observadores reaccionaron alarmados frente a lo que, imaginan, puede derivar en un pacto de impunidad orientado a cubrir las múltiples investigaciones de casos de corrupción, lo que supone, y esto es tal vez lo más grave, que la Justicia habría de amoldarse de manera sumisa ante estas señales incipientes de reunificación opositora.

Más aún, el episodio del Consejo disparó fuertes críticas dentro de Cambiemos, fundamentalmente de la UCR, que se siente derrotada por partida doble. Por un lado, porque afecta directamente a uno de sus voceros más destacados, el diputado Mario Negri, que pierde su lugar en ese cuerpo. Por el otro, porque este acuerdo del peronismo despejaría un obstáculo vital para las chances de José Schiaretti de retener la gobernación de Córdoba.

En efecto, en las elecciones del año pasado, candidatos kirchneristas minoritarios complicaron las oportunidades de varios gobernadores peronistas a los que les quitaron un volumen de votos acotado, pero suficiente como para que perdieran sus respectivas elecciones, como ocurrió con Urtubey en Salta y con el propio Schiaretti en Córdoba. Cristina demostró entonces que, a pesar de su debilidad relativa y de encabezar una fuerza incipiente como Unidad Ciudadana, tenía capacidad de multiplicar en el interior el daño que Florencio Randazzo le había infligido en la provincia de Buenos Aires. En consecuencia, si la sumatoria de voluntades panperonistas reunida para ganar los espacios del Consejo perdurase, esta barrera podría quedar removida, en especial en los múltiples distritos que celebrarán sus comicios durante el primer semestre, antes de la definición de las candidaturas a nivel nacional.

El radicalismo aspiraba a recuperar una provincia fundamental para Cambiemos como Córdoba, donde Macri obtuvo una diferencia extraordinaria en las presidenciales de 2015 para retomar el control de uno de los principales distritos electorales del país y avanzar en el empinado proceso de reconstrucción que viene protagonizando en los últimos tiempos. También veía esta potencial victoria como una oportunidad para pararse desde otro lugar dentro de Cambiemos, modificando la correlación de fuerzas en el marco de una coalición sui generis, que en la práctica funciona según los típicos patrones del hiperpresidencialismo, un formato que siempre fracasó dentro y fuera de la Argentina, cuestión que para Macri y su mesa chica, ajenos a cualquier reflexión historicista, jamás mereció la mínima atención.

En épocas de relativa bonanza los defectos de la concentración de autoridad en manos del titular del Poder Ejecutivo parecen menos deletéreos. Pero cuando el ciclo económico se revierte, como viene ocurriendo desde marzo, quedan expuestos de forma obscena y con riesgos evidentes en términos de gobernabilidad.

¿Está el justicialismo en un franco proceso de unificación? ¿Incluiría ese esfuerzo al kirchnerismo? Recién se dan los primeros pasos y sería un grueso error suponer que la coordinación o el acuerdo puntual evidenciado en el voto para elegir el representante de los diputados en el Consejo de la Magistratura constituye una muestra cabal de que la declamada unidad está en marcha. Quedan enormes desafíos por delante, pues, en rigor de verdad, el peronismo arrastra profundas diferencias desde hace más de cinco lustros, determinantes en la política nacional.

Las peleas internas dentro de un siempre heterogéneo PJ fueron en gran medida los principales clivajes en torno de los cuales se organizó la puja por el poder dentro del sistema político. Y si bien el partido como tal sigue tan desdibujado como de costumbre, el hecho de que recobre un mínimo de coordinación constituye un aporte positivo al sistema democrático. Además, obliga al resto de los actores a repensar sus estrategias. En particular a Cambiemos, acostumbrado a que sus antológicos errores no forzados queden disimulados en las profundidades de la grieta.

Recordemos que luego de procesar la derrota del 83 y reconstruirse de la mano de la Renovación, el PJ sufrió la primera gran escisión con el Grupo de los 8, semilla del Frente Grande y luego del Frepaso. En 1995, los dos candidatos más votados, ambos peronistas, superaron el 80 por ciento. La coalición que llevó a Menem al poder se fragmentó con Duhalde por un lado y Cavallo por el otro, lo que facilitó el triunfo de la Alianza. La elección de 2003 fue en gran medida una interna peronista, con tres candidatos (Menem, Kirchner y Rodríguez Saá) entre los cinco primeros.

Otra interna entre Cristina y Chiche Duhalde en 2005 les permitió a los Kirchner dominar la provincia de Buenos Aires y consolidar su proyecto hegemónico. En 2007, los sectores anti-K del peronismo se aglutinaron detrás de la figura de Roberto Lavagna, que vuelve a cobrar un notable protagonismo en estas horas. La derrota de Kirchner en manos de Francisco de Narváez constituyó nuevamente una suerte de interna peronista, que se replicó en 2013, 2015 y 2017 con Sergio Massa como principal protagonista. El triunfo de Cambiemos desplazó al peronismo del poder no solo a nivel nacional, sino en la provincia de Buenos Aires, donde gobernaba sin interrupciones desde 1987.

Hasta ahora hemos observado, sin embargo, solo movimientos embrionarios. ¿Qué falta para que se consolide la unidad? ¿Acaso la conformación de la Alternativa Federal no implica otro hito en el mismo sentido? Los esfuerzos para terminar, o al menos limitar, la vieja diáspora peronista se tornaron cada vez más visibles y recurrentes. Queda, sin embargo, un largo camino para recorrer. Buena parte de la opinión pública, por lo pronto, ve en esta reunificación un mero objetivo pragmático: recuperar el poder.

Más allá de las suspicacias, la democracia necesita gobiernos eficaces que puedan resolver los problemas de la sociedad. También es esencial la existencia de una oposición bien estructurada que canalice las demandas de aquellos que no se identifican con el oficialismo y que refleje la amplia diversidad de intereses característica de una sociedad tan compleja como la nuestra. Caso contrario, muchos ciudadanos podrían sentirse aún más desafectados de la política, desilusionados con el sistema. Y si bien algunos podrían enfocar su descontento constituyendo un nuevo partido o creando una asociación civil, otros podrían alimentar fenómenos disruptivos respecto del orden constitucional.

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