Una palabra que se va a poner de moda

Pablo Mendelevich Para LA NACION
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13 de diciembre de 2009  

No hace falta preguntarle a la sacerdotisa que suele informar los oráculos de Apolo ni leerle la borra del café al mandamás de la Argentina (bueno, si su colon irritable admitiera el café) para adivinar que una palabra que se va a poner de moda en 2010 es gobernabilidad.

En las ciencias políticas, gobernabilidad es un término discutido, multifacético. Laxitud que se expande al uso corriente, donde hasta se interpreta que la gobernabilidad es una especie de himen republicano inescrutable cuya integridad el Gobierno debe preservar a cualquier precio. Ahora mismo los gobernantes sugieren que la gobernabilidad es eso que los opositores siempre amenazan cuando pretenden imponer las ideas que no tienen desde un Congreso al que privan de ser un modelo de democracia con su sola presencia.

A su vez, opositores atentos al dato de que para el 10 de diciembre de 2011 faltan 62 millones de segundos repiten, misericordiosos, que, aun cuando ellos avanzan sobre plazas antes oficialistas, van a preservar la gobernabilidad. Valor intangible -se confirma- pero sagrado.

El problema es que la oposición ya era acusada de obstruccionista cuando no tenía ni un escarbadientes para poner en la rueda. Podía entonces patalear, practicar el agorerismo, hasta rezumar ánimo destituyente según sensores oficiales ultracalibrados, pero su fuerza parlamentaria no le permitía, en general, ejercitar un rechazo efectivo -a excepción del caso particular de la resolución 125- a las políticas que considerara inapropiadas o avasallantes.

¿Peligra realmente la gobernabilidad, como ya ha comenzado a escucharse, debido a que esta oposición engordada acumuló en los últimos seis años y medio un apetito desmedido de poder? Quienes esperaban que algo así se verificase en los sectores opositores más duros se encontraron, por ejemplo, con que la siempre intransigente Lilita Carrió fue quien hizo naufragar en Diputados la idea de dar pelea por la presidencia de la Cámara, porque no quería ser acusada, precisamente, de rasgar la gobernabilidad. En febrero se verá si el Senado mantiene con ese mismo criterio -y no con el que la oposición integrada por la senadora Cristina Kirchner aplicó en 2001- la presidencia de la Cámara para el Gobierno, pero está claro que el año próximo gran parte de las comisiones de ambas cámaras van a funcionar con mayoría opositora. Contra lo que a menudo se supone, no será esa una experiencia del todo nueva.

Por caso, nada menos que la Comisión de Relaciones Exteriores del Senado, presidida por Daniel Filmus, que en total tiene 15 miembros, ha venido funcionando con mayoría opositora -apenas había seis kirchneristas- sin que por eso se hubiese intentado declararle otra guerra al Paraguay. Al contrario, la comisión -que vaya si estuvo activa, se reunió nada menos que nueve veces este año- tampoco obstaculizó tratados con Venezuela ajenos al sentimiento opositor. Y no se puede decir que el área de las relaciones exteriores no sea medular.

Más fácil que hallarle una definición unívoca a la palabra gobernabilidad sería, a lo mejor, investigar por qué todavía hay cosas que funcionan bien. No para destruirlas, claro.

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