Una política para producir

Por Daniel Larriqueta Para LA NACION
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11 de diciembre de 2001  

La Argentina, que en un tiempo no tan distante fue la primera potencia industrial de América Latina, ha descendido hoy al tercer lugar, detrás de Brasil y México. O sea que en el mismo contexto internacional, con similares problemas políticos y a pesar de nuestras mayores ventajas científicas y educativas, hemos padecido (¿o elegido?) un retroceso en la carrera industrial. No tomo este dato por capricho: la industria es lo que hace crecer las exportaciones de Brasil y de México, y en la industria trabajaban los millones de desocupados que hoy tenemos formando un círculo de miseria e inseguridad en los suburbios de nuestras grandes ciudades.

En los últimos veinticinco años dejamos caer la industria, pero también empobrecimos a miles de pequeños agricultores y consentimos la desaparición de miles de pequeños comerciantes. En síntesis, rompimos nuestra cultura tradicional, orientada a la producción. Sí, la Argentina de hoy no sólo tiene problemas distintos de los de Brasil y México sino que es un país distinto de sí mismo.

El enorme encogimiento productivo se hizo siempre con el argumento de modernizar, abrirnos al mundo y ser más competitivos. Entretanto, y para resolver las tremendas llagas sociales que se abrían, el Estado se fue haciendo cargo de los daños. Mientras la producción se caía, el Estado se agrandaba.

Ese desequilibrio nos llevó a la hiperinflación: el Estado emitía moneda que ya no tenía respaldo productivo suficiente. Era una carrera hacia el abismo. Había que achicar el Estado y agrandar la producción. Mientras tanto, y para detener la caída, el presidente Carlos Menem y el ministro Domingo Cavallo ataron el peso a un patrón. Ya no era el patrón oro de nuestros abuelos, sino un patrón dólar llamado convertibilidad.

Empleos perdidos

La convertibilidad, aunque más eficaz y más vistosa, era conceptualmente parecida a la "tablita" que en su tiempo instauró el ministro José Alfredo Martínez de Hoz. La "tablita" garantizaba el tipo de cambio y permitió que los que les prestaban a los argentinos tuvieran asegurada la recuperación de su capital. En el ínterin, esos capitales daban grandes utilidades, pues las tasas de interés internas eran altísimas. Y fue el sector productivo el que pagó esas tasas altísimas que luego se fugaron al dólar y nos dejaron en 1982 en una gran inflación y un default . Las grandes ganancias de los prestamistas habían salido del sector productivo, que estaba mucho más débil en 1982 que en 1975. Aquel gobierno no sólo no achicó el Estado, sino que achicó la producción.

La convertibilidad de 1991 se acompañó con políticas de privatización que, aunque muy discutibles por sus resultados, provocaron una auténtica reducción de las responsabilidades estatales. Pero otra vez se repitió el fenómeno de las tasas de interés altísimas para los productores mientras los prestamistas tenían garantizada su inversión por la vigencia del "uno a uno". Y entonces el achicamiento del sector productivo se hizo acelerado, dramático. La industria argentina y los pequeños empresarios de todos los rubros, acosados por la competencia externa y las altísimas tasas de interés, se desbarrancaron. Perdimos medio millón de medianas y pequeñas empresas y entre dos y tres millones de puestos de trabajo: hoy están en las estadísticas de desempleo.

¿Estaba equivocada la convertibilidad? Voy a dejar la pregunta abierta, pero propongo una metáfora. La Argentina tenía las piernas quebradas por la hiperinflación y no era descabellado pensar en un yeso que las mantuviera rígidas durante la cicatrización. Pero todo traumatólogo sabe que el yeso produce atrofia muscular y potencialmente escaras que hasta pueden gangrenarse. Su ciencia consiste tanto en poner el yeso y hacerlo correctamente como en tomar en el momento justo la decisión de sacarlo para empezar enseguida un minucioso y a veces largo proceso de rehabilitación. ¿Y si el médico tiene miedo de sacar el yeso y lo deja meses, años, lustros?

Diez años de convertibilidad-yeso han producido una verdadera catástrofe en el originariamente débil aparato productivo. Las altas tasas de interés con garantía cambiaria han enriquecido fabulosamente a los prestamistas internos y externos, que ahora se están llevando sus dólares lo más velozmente posible. Y esa riqueza ha salido del aparato productivo. Como el aparato productivo se seguía achicando, el Estado -nacional, provincial, municipal- tomó a su cargo la mayor cantidad posible de desempleados, con lo que , aun sin empresas, volvió a crecer. La desproporción entre el aparato productivo y los gastos improductivos del Estado nunca ha sido tan grande como hoy en toda nuestra historia económica.

La economía no va a morir

Ahora, millares de argentinos tienen cuentas en dólares (que nadie sabe cómo se pueden pagar) y los acreedores del exterior quieren cobrar sus intereses puntualmente. Al mismo tiempo, todos clamamos por un crecimiento y una solución a la desocupación y la miseria. Y el Gobierno está perplejo. El mismo ministro que inventó el yeso ve ahora con espanto que su paciente está atrofiado y expide mal olor. Y a algunos otros se les ocurre, todavía, la idea de enyesar el resto del cuerpo para que no se noten ni la atrofia ni la gangrena: o sea, dolarizar.

¿Se va a morir la economía argentina? No. En algún momento ya no lejano tendremos un gobierno con el suficiente coraje y el suficiente apoyo para romper el yeso y empezar la ciclópea rehabilitación, es decir, una enorme, generalizada y minuciosa reconstrucción del aparato productivo argentino.

¿Qué gobierno será ése? No lo sé. Porque estos diez años de terror traumatológico han provocado consecuencias políticas más profundas que las explicaciones que solemos oír. Los dos grandes partidos políticos que se han sucedido en el gobierno hasta aquí padecen de aquel terror y han seguido favoreciendo el negocio de los prestamistas en detrimento de los tomadores de crédito, tanto productores como consumidores. El millón de pequeños comerciantes, industriales y agricultores quebrados o semiquebrados y los siete u ocho millones de personas que trabajan en esas empresas fueron siempre representados por el radicalismo o el peronismo, con sus matices. Y todos ellos sienten, aunque sea de manera difusa, que ya no están siendo defendidos por esas banderías. Y esos millones de ciudadanos no votan en contra de "la clase política", sino de la clase de políticos que por acción u omisión, por complicidad o por incapacidad, han dejado de asumir la representación histórica. Tengo para mí que la tan cacareada "crisis de la política" que ha sido confirmada el 14 de octubre no es sino el anticipo de que la sociedad argentina está buscando una nueva representación, que sea capaz de darle una nueva política económica.

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