Una realidad que se quiere ignorar

Por Guillermo Jaim Etcheverry (para La Nacion)
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25 de agosto de 1998  

EL escenario: un aula universitaria. Promediando un multitudinario examen escrito se genera un murmullo, traducido en una mirada de sorpresa en muchos de los jóvenes alumnos. Hay algo que no comprenden. ¿Una fórmula compleja, la denominación de alguna molécula, un oscuro proceso metabólico? No. Los alumnos no entienden qué significa la palabra precede.

Esta anécdota verídica sorprenderá tal vez a quienes no estén en contacto con grandes cantidades de jóvenes, pero aquellos que por razones profesionales lo están seguramente pueden contar muchas similares. Sin embargo no debería extrañar que nuestros jóvenes concluyan su educación secundaria con graves deficiencias en su formación. Lo demuestran anualmente los operativos nacionales de evaluación de la calidad educativa y lo acaban de confirmar los resultados del censo nacional realizado a fines de 1997, que analiza el comportamiento de todos los estudiantes del país que concluyen la escuela media.

Un alto porcentaje no comprende lo que lee y tiene serias dificultades para expresarse en forma escrita. Aunque no se investiga la expresión oral, no parecen ser necesarios muchos estudios para demostrar su empobrecimiento. Una gran parte de los jóvenes no es capaz de efectuar sencillos procesos de abstracción. Por ejemplo, no les resulta fácil interpretar gráficos simples como los que aparecen cotidianamente en los periódicos.

De allí que a cualquier observador informado no le sorprendan los devastadores resultados de las evaluaciones que se realizan en el momento de ingresar en la Universidad, en aquellos casos en que se las hace. Prueba tras prueba aparecen similares dificultades. Lo resumía hace poco en La Nacion la profesora Elvira Arnoux a propósito de una investigación llevada a cabo con alumnos de la Universidad de Buenos Aires: "Tienen serias dificultades con la lectura y la escritura. Les resulta muy difícil comprender y organizar un texto que responda a las características que pide la Universidad, es decir, textos básicamente expositivos y argumentativos, en los que se discuten diferentes posiciones y luego se asume una".

A la caza de un título

Resulta asimismo interesante comprobar que, en todas las evaluaciones realizadas en el país, la diferencia entre el rendimiento de alumnos provenientes de escuelas de gestión pública y de aquellas del ámbito privado difiere sólo en un 10 por ciento. Contrariamente a lo que se cree, al menos en el campo del conocimiento, se trata de una mínima diferencia que puede explicarse por la desigual exposición a los recursos culturales en ambas poblaciones.

¿Qué hacemos ante esta pavorosa situación? Como en otros ámbitos de nuestra realidad, optamos por ignorarla. La Universidad argentina, pública y privada, actúa institucionalmente como si en el tránsito entre la educación media y la superior esta población estudiantil hubiera superado mágicamente sus deficiencias. Muchos padres creen que sus hijos son víctimas de un complot destinado a privarlos del título universitario, cosa muy distinta de la educación universitaria, que ya no interesa tanto. Los maltratados docentes de carne y hueso se habitúan a descender cada día más para poder ser comprendidos por sus estudiantes, realidad que sólo puede ser ignorada por los burócratas para los que los alumnos son números (es decir, votos o cuotas). Mientras esto sucede en las aulas reales, todos hablan entusiasmados de excelencia, de competitividad, de formación para el trabajo, del tercer milenio.

Posiblemente, si la Universidad decidiera contribuir a mejorar el nivel educativo general del país, debería investigar si quienes se proponen incorporarse a ella poseen las herramientas intelectuales que les permitan comprender lo que leen, expresarse o manejar formulaciones abstractas. Si luego de diagnosticar el grado de desarrollo alcanzado por cada alumno la Universidad ayudara a los jóvenes a superar sus deficiencias en lugar de engañarlos impulsándolos hacia el despeñadero del fracaso (que es el sistema de selección que utilizamos), tal vez realizaría un aporte importante a las personas y al conjunto de la comunidad.

El acceso al saber

No imaginamos exigencias absurdas, como muchas de las estrategias empleadas para limitar el ingreso (tema que merece un análisis independiente), sino la simple exploración de competencias intelectuales básicas. En este sentido, el proyecto impulsado hace ya una década por el profesor Jorge Saénz, por entonces decano de la Facultad de Derecho de la UBA, constituyó una alternativa original para encarar este problema.

Indudablemente, el objetivo central de una sociedad desarrollada es contar con la mayor cantidad de personas lo más educadas posible y la Argentina no tiene muchos sino pocos estudiantes universitarios. Pero esa educación debe estar incorporada al ser de las personas y no a tener un diploma en ornado marco. Por eso, el objetivo de una estrategia como la propuesta no es limitar el acceso al conocimiento sino, muy por el contrario, garantizar que los futuros estudiantes universitarios estén en condiciones de adquirirlo. Engañar a muchos de nuestros jóvenes en nombre de una supuesta democratización del saber no hace sino alejarlos irremediablemente de la posibilidad de acceder a él.

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