Una recesión del siglo XXI

La economía norteamericana se recuperará hacia fines del 2002, pero puede ser apenas un espejismo
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23 de diciembre de 2001  

WASHINGTON

No es difícil predecir cómo comenzarán el año los Estados Unidos. La nación estará en guerra y la economía en recesión. La producción económica habrá caído en los trimestres tercero y cuarto del 2001 -cumpliéndose así la definición técnica de una recesión- y el brusco desliz continuará durante los primeros meses de 2002. El desempleo seguirá en aumento... cercano al 5,5 por ciento, en los comienzos del año. El invierno estará ilustrado por las sensibles cifras de los sin trabajo.

Cómo terminará el año es menos previsible, y depende de factores no sólo económicos. Más ataques terroristas o una guerra que se prolongue sin resultados prácticos habrían de tener severas consecuencias para el comercio y para los consumidores ya de por sí bastante alterados. Con Europa y, sobre todo Japón, desconcertados al mismo tiempo, no es inconcebible una recesión mundial. Sin embargo, haciendo frente a esas calamidades, la economía norteamericana se recuperará hacia fines de 2002. Los Estados Unidos darán la impresión de salir adelante en seguida contra todos los pronósticos. Pero ese optimismo con el símbolo de la V acaso no esté edificado sobre cimientos muy firmes.

Agudas tendencias recesivas han dado lugar a espectaculares ejemplos de recuperación económica; la crisis 2001-2002 no tendría que ser una excepción. Las otras dos recesiones graves de posguerra -a mediados de la década 1970/80 y a principios de la década 1980/90- registraron una contracción económica promedio del 3,2 por ciento seguida de un sorprendente 7 por ciento de crecimiento del PBI en el primer año de la recuperación. Parte de esa recuperación no es más que un cíclico rebote natural. Los consumidores comenzaron a efectuar las compras que habían dejado pendientes cuando las perspectivas se anunciaban sombrías; las compañías comenzaron a reponer existencias al considerar que mejoraban las probabilidades.

Los estímulos monetarios y fiscales en gran escala jugarán también un papel importante. La Federal Reserve, el Banco Central de los Estados Unidos, reaccionó vigorosamente en 2001. La tasa de los fondos federales de inversión, clave de las tasas de interés a corto plazo, era del 6,5 por ciento a principios de 2001. A comienzos de septiembre, había bajado al 3,5 por ciento. Un mes después de los ataques terroristas estaba en el 2,5 por ciento. La dinámica respuesta continuará. La tasa de los federal-funds iniciará 2002 con el 2 por ciento. No se descarta que caiga aún más en los primeros meses del año, empujando las tasas reales de interés mientras los índices de inflación oscilan alrededor del 2 por ciento.

Aunque los críticos de la inflación empezarán a murmurar contra los riesgos de esas generosas facilidades, las señales de presión inflacionaria han de ser exiguas. Los precios de los artículos de consumo seguirán bajos mientras la economía mundial esté en recesión. En tanto la acción militar esté circunscripta en Afganistán, los precios del petróleo -que reaccionaron tan dramáticamente en la Guerra del Golfo en 1991- apenas se moverán. Cualquier preocupación de abastecimiento se verá más que compensada con la caída de la demanda originada en la disminución de los viajes aéreos y la retracción en las economías. Y lo que es más sorprendente, el dólar no va a caer aparatosamente. El enorme déficit de la cuenta corriente de los Estados Unidos sugiere que, llegado a cierto punto, el dólar tiene que declinar. Los riesgos del país, ahora más altos, indican que esa declinación podría ser inminente. Pero en 2002 esos temores estarán contrarrestados por las menores perspectivas económicas tanto en Europa como en Japón. El dólar seguirá casi lo mismo que antes.

Las decisivas medidas de orden monetario probablemente habrían sido suficientes para restablecer el funcionamiento de la economía. Pero podría haber otros estímulos. Y con ellos viene el peligro. Los políticos norteamericanos, aterrorizados por el fantasma de la debacle económica después de una década de prosperidad, abrirán los grifos de las arcas fiscales. Inmediatamente después de los ataques del 11 de septiembre, el Congreso votó una partida de 40.000 millones de dólares como desembolso inicial para reconstrucción y seguridad en el ámbito de Nueva York y Washington. Se otorgaron 5000 millones en ayuda (además de otros 10.000 millones en avales de crédito) con destino a las aerolíneas gravemente afectadas. Semanas más tarde, otros 75.000 millones de dólares de un paquete "estímulo" de reducción de impuestos e inversiones (en su mayoría con destino a los trabajadores cesantes). Ello sumado a las reducciones ya decretadas para 2002, los Estados Unidos estarían en presencia de una erogación total de 200.000 millones de dólares, equivalente al 2 por ciento del PBI en el 2002. Teóricamente, esto supondría una fuerte reactivación en el corto plazo. Con pródigos gastos en las áreas de defensa y seguridad, el presupuesto inyectará más estímulos en el oleoducto.

De hecho, el impacto probablemente será modesto. Muchas de las reducciones impositivas se adoptarán por razones políticas antes que económicas y por eso no se traducirán necesariamente en rápida estabilidad. Por ejemplo, la decisión de acelerar las reducciones de impuestos anteriormente proyectadas para el 2004 y el 2006, beneficiará sobre todo a los norteamericanos más ricos, que guardarán el dinero excedente en 2002 en vez de gastarlo.

Aunque lo van a propalar como una importante respuesta política a la depresión económica, este despilfarro presupuestario terminará por causar más problemas de los que resuelve. Porque durante 2002 el dramático deterioro del saneamiento fiscal norteamericano a largo plazo ha de ser más evidente. En mayo de 2001, los peritos contables del Congreso calculaban que el superávit de presupuesto de los Estados Unidos en los últimos diez años ascendía a 5,6 billones de dólares (4 por ciento del PBI). En octubre de 2001, el pronóstico había disminuido a 2,6 billones (2 por ciento del PBI) como resultado de las reducciones impositivas de Bush, el crecimiento más lento de la economía y los mayores gastos. Esa estimación bajará aún más en 2002. Esta pérdida de la disciplina fiscal a largo plazo y las más elevadas tasas de interés a largo plazo resultantes pueden revelarse como el talón de Aquiles de la economía norteamericana en 2002 y más allá.

La actual recesión no eliminará los inveterados desequilibrios de los Estados Unidos. El déficit de la cuenta corriente seguirá exageradamente alto. Las tasas de ahorro personal subirán a medida que los consumidores pierden confianza, pero aun así serán mínimas. La economía de los Estados Unidos creció en la década del noventa a pesar de esas debilidades. Si podrá hacerlo nuevamente en 2002 y 2003 es menos claro. En los últimos años de la década del noventa, el incremento de la productividad en los Estados Unidos fue la maravilla que permitió resolver todos los demás problemas. Revisiones estadísticas con anterioridad al 11 de septiembre han establecido que una parte de ello fue ilusorio. Pero si declinan los índices de crecimiento de la productividad, entonces los diversos desequilibrios de los Estados Unidos volverán a inquietarlo, y la vigorosa reactivación económica de 2002 sería efímera.

El autor es corresponsal de The Economist en Washington.

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