Una renuncia en medio del tembladeral

Joaquín Morales Solá
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23 de junio de 2002  

Mario Blejer seguiría siendo presidente del Banco Central si Roberto Lavagna no fuera ministro de Economía. Existen en parte todos los otros argumentos que explicaron su renuncia a la conducción de la autoridad monetaria, pero ésa es la razón central y última de su decisión.

Puede, incluso, haber distancia personal entre ellos. En efecto, el ministro es un hombre solitario que cultiva la lejanía y, por eso, provoca ansiedad en el resto del gobierno. Sin embargo, la disidencia de fondo es política: Blejer cree que el Banco Central debe ser conducido con criterios ortodoxos y Lavagna aspira a contagiar con su doctrina "productivista" a todos los sectores económicos de la administración.

Es cierto que el jefe del Central tiene su familia en Washington, pero ese problema existió desde el primer día que ocupó funciones en el gobierno argentino. La situación se agravó luego. Blejer proyectaba trasladar a su familia a Buenos Aires, pero lo disuadieron la marea de inseguridad política que sucedió después de diciembre y la ola de amenazas personales que lo persigue desde hace dos meses, con mensajes del viejo y repugnante antisemitismo.

Más cierto es que disintió con Lavagna en la confección de una solución para el corralito financiero y que chocó con más fuerza aún cuando el ministro se pronunció contra la posibilidad de concederle garantías jurídicas a la autoridad monetaria. Pero el decreto de los bonos ya quedó en manos de los ahorristas (que, por ahora, tampoco confían en él) y Eduardo Duhalde laudó con una buena solución en el conflicto por las inmunidades. No las tendrá el directorio del Banco Central, sino la Superintendencia de Bancos (que hará la reestructuración del sistema financiero). Duhalde lo consultó con Blejer y éste estuvo de acuerdo.

Pero nada pesó nunca tanto en Blejer como la certidumbre de que Lavagna no cree en la autonomía del Banco Central ni le gusta que sea así; confía más en el intervencionismo de décadas pasadas, cuando el Central era una herramienta clave de la política económica en boga. Lavagna y Blejer almorzaron el jueves último, dialogaron como hombres civilizados, pero el conflicto quedó intacto cuando la mesa se levantó.

Tan es así que la única referencia a un problema concreto que Blejer escribió en su renuncia fue, precisamente, la de una profesión de fe en la independencia de la autoridad monetaria. Es el mensaje que le dejó al jefe del Gabinete, Alfredo Atanasof, cuando éste fue a verlo para ofrecerle hasta lo que no le podía dar a cambio de que se quedara.

Extraño destino el de Blejer. Después de haber conducido el Banco Central durante el semestre económico más caótico e imprevisible de la historia, puede hablar más de las cosas que evitó que de las que hizo. Pero con las que evitó ya es suficiente: esquivó la hiperinflación y gambeteó con suerte una caída generalizada de bancos.

Nunca comulgó con una devaluación a tontas y a locas ni con la pesificación asimétrica (que se las atribuye a la influencia del economista Roberto Frenkel en la coalición peronista-radical). Pero era el momento de atender a los heridos y de impedir males mayores, no de irse, suele decir.

Los hombres marcan las huellas de su futuro. ¿Blejer se retira de la política argentina? ¿Podría carecer de ambiciones cuando fue el único miembro de la nomenclatura política en sostener frecuentes e intensos diálogos con un arco tan amplio que abarca desde Ricardo López Murphy hasta Elisa Carrió? En una política arriada hacia el fracaso por su propio sectarismo, llamó la atención ese economista que hablaba de política con propios y extraños.

Si el destino de Blejer es singular, el de Duhalde es sorprendente. El Presidente se resistió a un acuerdo rápido con el Fondo Monetario Internacional cuando tuvo al mejor ministro para suscribir ese pacto, Jorge Remes Lenicov, y se decidió a acordar con el organismo cuando tiene a un ministro renuente a la conciliación, Lavagna. ¿Por qué se fue Remes Lenicov entonces?

Le podría suceder lo mismo con la sucesión de Blejer. Si el nuevo jefe del Central fuera, como aseguran los hombres de Duhalde, Aldo Pignanelli, un hombre político que fue leal a las posiciones de Blejer, Lavagna se quedará sin su proyecto de desembarcar en el Central. ¿Por qué se va Blejer entonces?

En rigor, el error de Lavagna es plantear combates innecesarios. No se equivoca cuando confronta criterios distintos con el Fondo, sino cuando lo hace sólo por la espuma de las cosas: lo vetó a Anoop Singh cuando no tenía facultades de veto y armó una negociación de posguerra por la categoría de la misión enviada a Buenos Aires (técnica o negociadora). El Fondo hizo lo que quiso: mandó a la quinta línea del organismo, sin facultades casi para hablar por teléfono con Washington. Si hubiesen mandado un grabador era lo mismo, explicó un empinado miembro del gobierno.

Desde ya, las oscilaciones y las equivocaciones locales no esconden el monumental error de cálculo del Fondo. Anne Krueger debería aceptar, con honestidad intelectual, que ella también fracasó. Convencida junto con su amigo Paul O´Neill de que la Argentina había sido aislada, y dispuesta a castigar hasta en público, el contagio sólo se demoró.

Brasil es una víctima indirecta de la Argentina, que le provee un elemento adicional y externo a los serios conflictos internos de su principal vecino. No es culpa argentina que Lula esté cerca del poder ni la enorme deuda pública de Brasil, pero sí lo es la larga inestabilidad argentina. A Uruguay le ha sido negado un destino de a pie si se caen o tambalean, al mismo tiempo, Brasil y la Argentina.

Y todo eso junto no puede suceder sin perforar la estabilidad de Chile, que se ufanó hasta ahora, con secreta satisfacción, de su invulnerabilidad frente a las tribulaciones de sus vecinos. Chile debió gastar el jueves 50 millones de dólares para sostener su moneda en el forcejeo con el dólar. El propio México no podría salir indemne de una crisis generalizada en el sur de América.

O´Neill le está aplicando a Brasil la misma receta que a la Argentina: sus célebres "plomeros" no financiarán a un país con problemas políticos, ha dicho, y condenó a los brasileños, de ese modo, a vivir las vísperas de días peores. Si terminan por imponerse tales criterios, entonces es probable que estemos ante otra década pérdida, como fue la de los años 80.

Krueger es una mujer empecinada. En lugar de poner bajo análisis la propuesta que hizo a principios de enero de un tipo de cambio libre para la Argentina, aunque con intervención del Banco Central, está doblando la apuesta. Ahora quiere una flotación libre y limpia, sin intervención del Central. En esas condiciones, la hiperinflación podría estar en el horizonte argentino de los próximos 30 o 40 días.

Paralizado por el susto, el gobierno convocó a bancos y a empresas norteamericanos para sondear la opinión de éstos. Se quedó tranquilo: el pánico es de todos.

El Departamento del Tesoro y el Fondo van por su lado y el Departamento de Estado por el suyo. En síntesis, Washington no sabe qué hacer con América latina. ¿Cómo se explica si no la nueva presión de Krueger, indiferente a la política, con la posición de los diplomáticos norteamericanos que aspiran a una transición tranquila en la Argentina?

La historia es más compleja que el trazo de los economistas, que el texto puro de los manuales y que el rigor de los fanatismos.

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