Una tarde de lluvia con Godard

Diana Fernández Irusta
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15 de octubre de 2019  

Un sábado de lluvia bien puede ser un pasaporte al Festival de Cannes. Algo parecido pensé este fin de semana, mientras allá afuera diluviaba y bien adentro de casa hubo espacio para una de las mejores noticias que últimamente dio Netflix: la inclusión en su catálogo de varias películas presentadas en ese célebre encuentro cinematográfico.

Lluvia, descanso y tiempo: los necesitaba para, al fin, hacer cita con El libro de imágenes, Palma de Oro especial en Cannes 2018, último trabajo de Jean-Luc Godard. Hace unos años, Jorge La Ferla, estudioso de los cruces entre cine, video y multimedia, me decía que lo más sustancioso de la realización audiovisual de esta época lo estaban realizando tres directores que habían sido jóvenes a mediados del siglo que pasó: Chris Marker, Agnès Varda y Jean-Luc Godard. De ese talentoso trío solo nos queda Godard, que en El libro de imágenes vino a decir que sigue en forma.

En la línea de Histoire(s) du cinema (proyecto que Godard realizó entre los años 80 y 90), El libro de imágenes es ensayo audiovisual, ejercicio de archivo, apuesta experimental, zona abierta a todos los registros: palabra literaria, reflexión política, música, imagen digital, recuerdo del celuloide, corte, fragmentación, intertítulo, sobreimpresión, cita gráfica, guiño poético, cómic, secuencia televisiva, registro de video. La trama es abigarrada; el sentido, denso; la belleza, deliberada. Como corresponde a estas apuestas, nada es lineal. En varios momentos, imágenes y sonidos se interrumpen: como si la película, cada tanto, nos ofreciera un resquicio de silencio. O, en una opción menos benévola, como si remarcara lo fatalmente precario de cualquier juicio sobre nuestra civilización.

Porque si hay una obsesión que orienta a este y otros trabajos de Godard es preguntarse por el papel de las imágenes en un mundo violento. Lo que llama la atención aquí es la sospecha de que esa violencia sería intrínseca, visceral, quizá definitiva. La voz del director, que acompaña en off todo el film, afirma sin demasiadas vueltas: "Los que están en el poder hoy son unos cretinos sanguinarios". O, en otra secuencia: "El verdugo es la piedra angular de la sociedad".

Occidente, la modernidad, la guerra, los otros (que para Europa hoy serían los árabes), el cine: allí donde ejerce su crítica más dura, el cineasta también revela su fascinación, ese saberse hijo de un inefable entrecruzamiento de luces y tinieblas.

Godard habla a través de su voz y a través de lo que las imágenes dicen más allá de lo que él diga, y más allá de cualquier cronología. Los carabineros, Tiburón, Vértigo, Iván el terrible, Saló, Johnny Guitar, La Strada, Las Hurdes, Freaks, Elephant: apenas algunos títulos, entre un aluvión de citas visuales que incluye grabados de Goya, el Judit decapitando a Holofernes de Artemisia, o paisajes digitales de colores saturados que parecen saludar a Cézanne.

Hay una mirada -no estrictamente nueva en Godard- al lugar de las mujeres en esa maraña de violencias, simbólicas y de las otras, que ha sido la historia. De hecho, una de las primeras imágenes de la película es la de Bécassine, heroína de una tradicional historieta francesa, niñera que siempre era dibujada... sin boca. "Bécassine es silenciosa", apunta con ironía el film.

Hacia el final de El libro de imágenes se escucha una cita del libro Images en parole (Imágenes en palabra), de Anne-Marie Miéville: "Nunca estamos lo suficientemente tristes como para hacer del mundo un lugar mejor. La Tierra abandonada, saturada de las palabras del alfabeto, sofocada por el conocimiento, y casi ningún oído escucha ya". El presente desborda de sangre y necedad, nos dice un Godard más bien oscuro. Frente a eso, solo queda "pensar con las manos", que es lo mismo que filmar, escribir, encontrarse; transformar siquiera una pequeña porción de lo real.

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