Una tensión que viene de lejos

Eduardo Miguez
Eduardo Miguez PARA LA NACION
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23 de julio de 2012  

Cuando era gobernador de Buenos Aires, en 1861 Bartolomé Mitre conquistó por las armas el poder de la Nación. Urquiza, que había derrotado a la Gran Provincia en tres oportunidades en los diez años previos, aceptó resignado lo que parecía inevitable; para consolidar una Nación debía aceptar la hegemonía de la ciudad puerto. En los 20 años siguientes, sin embargo, las oligarquías del interior fueron tejiendo una red de poder que supo aprovechar a esa misma Nación que se había impuesto desde Buenos Aires como su ariete. Renuentes a someterse a un poder que no controlaban, los porteños apelaron nuevamente a las armas en 1880. Esta vez fue Buenos Aires la que debió asumir su derrota. Federalizada, la Gran Manzana argentina fue cercenada del territorio provincial. Nunca perdería su primacía económica y cultural, pero sí en lo político. La provincia mantendría su importancia, dado su peso electoral. Sin embargo, aunque muchos gobernadores bonaerenses aspiraron a la primera magistratura nacional, después de Mitre el único en lograrlo sería Eduardo Duhalde, elegido por una asamblea legislativa para completar un mandato.

Las tensiones entre la Nación y la provincia, de actualidad innegable, son conocidas. Pero siempre se han contado desde el punto de vista de la Nación. El éxito en la construcción de una identidad colectiva para los argentinos fue tal, que el pasado de la provincia se subsumió en el nacional.

En las últimas décadas, una labor historiográfica más crítica, más analítica, menos militante, cuyo protagonismo institucional se liga sin dudas a la instauración democrática de 1983, ha indagado el proceso de constitución de la Nación no como una necesidad histórica, sino como un proceso abierto, en el que Nación y provincias se fueron conformando en una dinámica compleja e imprevisible. Incluso, se ha especulado con la posibilidad, no desechable en aquel entonces, de que la separación del Estado de Buenos Aires con los "trece ranchos" (1852-1860), se transformara en una realidad permanente. Por suerte o por desgracia, no fue así, y Buenos Aires, como el resto de las provincias, se fundió en una Nación con lazos identitarios robustos.

Un desafío para esta renovada historiografía es mostrar el complejo proceso que fue transformando la orgullosa capital virreinal en la compleja y contradictoria realidad que es hoy la provincia.

Es ésta la tarea que se ha propuesto una notable colección. Se trata de la Historia de la provincia de Buenos Aires, dirigida por Juan Manuel Palacio, promovida por la Universidad Pedagógica de Buenos Aires (Unipe), y editada a través de su sello en asociación con Edhasa. La obra está dividida en seis tomos, los dos primeros ya editados. El inicial nos da una imagen de la evolución del territorio y la población desde los primeros amerindios hasta los grandes núcleos urbanos de la actualidad. Del segundo al quinto, se relata la evolución histórica de la provincia hasta la crisis de 2001. El sexto se dedicará a esa parte tan particular de la provincia, difícil de integrar al resto, tanto en su relato histórico como en su realidad social: el Gran Buenos Aires, constituido hacia mediados del siglo XX.

La extensión de la obra le permite no sólo abordar las diferentes dimensiones del proceso histórico, la producción, las finanzas, la política, la sociedad, la sociabilidad, la cultura, sino destacar aspectos de los diferentes momentos. También permite pensar los problemas de la actualidad con una mirada más comprehensiva. El largo camino desde aquel pequeño villorio portuario del siglo XVI estuvo centrado en una ciudad comercial y burocrática. En 1810 era la señera capital del Virreinato, y, como tal, emprendió la aventura de transformar el régimen político. Este cambio fue demandando la formación de un Estado nacional; pero los costos de comandarlo eran excesivos. Juan Manuel de Rosas prefirió en consecuencia propiciar una laxa unión de provincias, reservando a Buenos Aires un rol hegemónico y un cuasi monopolio del comercio exterior, al excluir del acceso al mercado atlántico a las provincias del litoral.

Superada la crisis económica provocada por las guerras de Independencia, la economía del Plata se desarrolló con base agraria. La riqueza natural de la pampa húmeda, junto a las ventajas de su desarrollo urbano y el contacto internacional hicieron que Buenos Aires superara en mucho a las demás provincias. Fue la principal productora agropecuaria, el centro comercial, y cuando surgió un incipiente desarrollo industrial, asumió también el papel protagónico. Una riqueza per cápita que superaba varias veces a la de las provincias creó una constante corriente migratoria desde el interior y el exterior.

Así, para crear la Nación, Buenos Aires debía compartir su riqueza. Sólo estaba dispuesta a hacerlo si hegemonizaba el proceso. Pero una vez que la Nación fue un hecho, su poder se impuso a la propia Buenos Aires. La coexistencia de una provincia relativamente rica y otras mucho más pobres sólo fue posible con un flujo permanente de recursos. Dicho sea de paso, Alemania experimenta hoy este problema al intentar integrar las economías de Europa. En la Argentina, la fuerza de la identidad de la Nación soterró el hecho de que la estructura fiscal fue y es un mecanismo permanente para transferir recursos de Buenos Aires hacia las provincias más pobres.

Desde fines del siglo XIX, el poder de la Nación se impuso sobre la autonomía de las provincias. Por ser la más poderosa de ellas, Buenos Aires fue su principal víctima. La creación del sistema de coparticipación federal, gestado paulatinamente desde 1930, quitó aún más autonomía a éstas. Una ley del gobierno peronista de 1973 estableció por diez años un mecanismo normativo para la distribución de los fondos. Al caducar, la asignación quedó librada al juego de poderes en el Congreso y en el Ejecutivo. Así las cosas, quien controla estos resortes coarta la libertad de los gobiernos provinciales, teniendo la facultad de asignar fondos primero y hacer efectiva su distribución más tarde.

Buenos Aires es una ciudad muy rica en relación con el país, pero su núcleo más opulento, la Capital, está ahora fuera de la órbita provincial. En cambio, las migraciones fueron creando un cinturón urbano cargado de problemas sociales, mucho más pobre per cápita. En muchas ciudades del interior provincial, se fueron consolidando economías equilibradas, con sólidas bases agrarias y comerciales y, con frecuencia, cierta actividad industrial. Esto ha dado lugar a no pocos "municipios ejemplares". En cambio, en las sobrepobladas áreas del conurbano, el hacinamiento y la falta de recursos generaron enclaves de clientelismo y corrupción. Estas áreas conviven con otra expansión desde la Capital, barrios opulentos, pero de escaso peso electoral. Una combinación explosiva: riqueza y pobreza, la una junto a la otra, y un poder político local que aprovecha los contrastes para construir caciquismos.

La provincia debe atender a estas dificultades dependiendo en una parte importante de sus recursos de la buena voluntad de los poderes nacionales. La Nación recauda y distribuye buena parte de los fondos con los que la provincia debe ejecutar su presupuesto. Y como las amplias clientelas del conurbano son un botín político crucial, en tanto los líderes comunales un rival menos temible que el gobernador, el poder nacional suele negociar con los llamados "barones del conurbano", salteando así la instancia provincial.

Un sistema transparente de distribución federal de fondos resolvería el problema, pero tendría otro efecto que los gobiernos nacionales han estado combatiendo desde sus inicios: le daría al gobierno de Buenos Aires mayor autonomía y, por lo tanto, mayor poder.

Como se ve, los problemas actuales del gobernador Daniel Scioli son, en parte, una nueva expresión de un largo proceso histórico. Pero no son sólo eso. Nunca estos conflictos han estado teñidos con la carga ideológica que hoy se les atribuye. En todo caso, una franja muy sustantiva de la disputa se parece a la que en su momento enfrentó, por ejemplo, a Dardo Rocha con Julio Roca, a Domingo Mercante con Juan Perón, o a Eduardo Duhalde con Carlos Menem.

La Historia de la provincia de Buenos Aires no se centra, desde luego, en estas disputas. Ellas son sólo uno de los numerosos problemas que desfilan por sus páginas. Pero al darnos una visión profesional y analítica del largo proceso histórico que fue condicionando la vida de los bonaerenses, representa una contribución importante para entender los problemas de la provincia y pensar proyectos para el futuro.

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