Una tormenta de nieve en el Hotel de los Sueños

Víctor Hugo Ghitta
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16 de abril de 2017  

Me había quedado prendado la noche anterior de ese libro, Vidas de hotel, y había anotado una idea de Pablo De Santis que sirve como prólogo a su cuento "Hotel Recuerdo": "Los hoteles, con sus recambios de pasajeros, sus ruidos extraños, las vidas invisibles detrás de las paredes, siempre se han prestado para la ficción. Acostumbrado a la vida familiar, estar solo me parece una excentricidad que sólo vivo cuando viajo. Son los hoteles en sí mismo los que me parecen el verdadero país extranjero, las puertas numeradas de una cultura exótica".

Volví entonces a las páginas de Vidas de hotel, dispuesto a rebuscar en mi memoria alguna escena que me hubiese resultado significativa. No encontré mucho, pero me vi una madrugada apoyando el oído en una pared con la intención de escuchar una conversación entre dos amantes en la habitación contigua y mirando en los pasillos, camino del desayuno, las bandejas que han dormido al pie de ciertas puertas con los restos de una cena. Quería encontrar en esas sobras las señas de los otros.

Había dedicado las primeras lecturas a dos cuentos de escritores argentinos, Ricardo Piglia y Pablo de Santis, de modo que decidí alejarme de esos deliciosos juegos de enigmas y, después de revisar el índice (Saer, Cortázar, Chéjov, Joyce, Scott Fitzgerald, James, Mansfield), me incliné por el japonés Yasanuri Kawabata. El cuento se titula "Nieve". En esa palabra se cifra el gusto del escritor, Premio Nobel en 1968, por la naturaleza y el paisaje, que retrata con un lirismo delicado que asemeja su procedimiento más al de la pintura que al de la literatura. Pertenece a un volumen llamado Historias de la palma de la mano, una colección de bosquejos y relatos breves. Kawabata se suicidó a los 73 años.

La historia comienza la noche que precede al Año Nuevo. Noda Sankichi busca refugio en un hotel: quiere escapar de las agitaciones de la vida diaria en Tokio. El establecimiento es imponente y tiene un nombre muy ambicioso, pero Noda lo llama el Hotel de los Sueños. En la recepción le entregan las llaves de la misma habitación en la que se hospeda cada noche de Año Viejo: lleva un número cualquiera, pero Noda la denomina Nieve. Una vez en ella, se recuesta en la cama, cierra los ojos y se dispone a dormir, pero aunque el ambiente le es tan familiar no le resulta sencillo conciliar el sueño, atormentado todavía por los demonios que lo han ido perturbando durante el día y aún siguen agitándose en su interior. Recién después de un largo rato, abandona ese estado de ensoñación que sucede a la vigilia. Entonces, sueña.

Al comienzo se ve a sí mismo en medio de un paisaje casi desnudo, envuelto por una nevisca persistente: una fina lluvia de copos de nieve dorados, como si se tratase del parpadeo de miles de luciérnagas. No siente frío. Nada se mueve en el paraje desolado y desnudo, apenas los copos de nieve cayendo mansamente en medio de un silencio hondo. De pronto, Noda se ve al pie de una montaña helada, junto a un arroyo. En medio del curso de agua se eleva una roca de cuarzo color amatista. En un extremo de la roca está su padre, que lo lleva en brazos cuando tiene cuatro o cinco años. De súbito, cuando una punta de la roca se desmorona, el padre aprieta al pequeño contra su pecho para protegerlo de una caída. La imagen se esfuma.

El paisaje deviene pronto en un lago pequeño sobre el que la nieve sigue cayendo de manera inexorable. El cielo está cargado de nubes espesas. Algo se aproxima a lo lejos desde la montaña. En un principio se ve lo que parece una bandada de pájaros. Las alas son del color de la nieve, pero cuando las aves se acercan no se escucha siquiera el murmullo del aleteo. Noda siente que lo invade un sentimiento de extrañamiento; quizá, de congoja: cree reconocer en esos visitantes cuya naturaleza no consigue discernir algo familiar que le llega desde un tiempo remoto. Pregunta entonces al aire cuántos pájaros son, en la esperanza de la respuesta despeje esa zozobra. Una voz le responde y lo saca de ese estado de inquietud y desconcierto: "No somos pájaros", le dice. Noda aguza entonces la vista, pero no consigue saber qué son esas formas indescifrables que le han traído un sentimiento de perturbación. La voz vuelve a contestarle: "¿Es que no te has dado cuenta quiénes viajan montadas en las alas de nieve?".

Noda demora unos segundos más en entenderlo, lo que lleva entrecerrar los ojos para volver la vista hacia el interior de uno mismo y rebuscar en la memoria: un pestañeo, o una eternidad. Sucede entonces que el pasado desfila ante sus ojos: en el sueño han venido a reencontrarse con él todas las mujeres a las que amó a lo largo de su vida y a las que él (¿sólo en el sueño?) tal vez ama todavía.

PLAYLIST Mientras escribí este texto escuché: The Bremen Concert, 1975, Keith Jarrett; Early Piano Works, Erik Satie, Reinbert de Leeuw; The Solo Sessions, Vol. 1, Bill Evans

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