Una tregua minutos antes del final

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9 de diciembre de 2001  

El descarrilamiento más largo de la historia, según la metáfora del diario francés Le Monde para describir la crisis financiera argentina, estuvo a punto de llegar a su fin. Pero la catástrofe está todavía en la línea del horizonte, apenas apartada de la inminencia por otra gestión política de Estados Unidos y de Alemania.

Es extraño, pero debió ser el Fondo Monetario Internacional el que sacara a flote los dos conflictos esenciales del gobierno de Fernando de la Rúa: carece de un plan económico y de un plan político. En la reunión del viernes en Washington, entre Domingo Cavallo y el presidente del organismo, Horst Kšhler, quedó claramente expuesta la objeción del organismo por la inexistencia de tales menesteres.

La dinámica del waiver (o perdón) por las pautas incumplidas ante el Fondo tiene una condición: debe mostrarse el error y luego la forma de enmendarlo. Cavallo escondió parte del error (la discusión enardecida con la delegación que trabajó aquí fue por la diferencia de unos 1500 millones de dólares descubiertos por el FMI) y pidió que confiaran sólo en su genio para resolver ese problema. No mostró un presupuesto ni el acuerdo inevitable para sancionarlo.

El "no" del Fondo, que sorprendió por su dureza aún a los que sabían de sus objeciones a Cavallo, se fundó en tales incumplimientos, pero también en otra transgresión. La carta constitutiva del Fondo obliga a sus países miembros a garantizar la libre circulación de las divisas, aunque prevé excepciones en consulta permanente con el organismo.

Cavallo no sólo no consultó al organismo multilateral sobre el cerrojo que le puso al tesoro de los bancos, sino que se lo comunicó a la delegación que estaba en la Argentina quince minutos antes de hacerlo público.

Hay hasta trastornos personales entre Cavallo y el Fondo, pero todo ello se dio en el marco de una política financiera que cambió bruscamente con la administración de Bush. Cuando un país no controla sus gastos y le pide plata al Fondo para pagar tasas exorbitantes a sus deudores, aparecen entonces los carpinteros depredados de Paul O´Neill. Estados Unidos aporta gran parte de los recursos que administra el Fondo.

En la tarde del jueves último, Cavallo había redactado el documento oficial del gobierno para anunciar el default de la Argentina. De la Rúa y Chrystian Colombo lograron capturar el papel en el aire. Era la respuesta del ministro argentino al "no" del Fondo y la manera como se preparaba para la negociación del día siguiente en Washington.

Cavallo, el mismo hombre que abrió y cerró la economía como si fueran las persianas de su casa, está preso de su talante. Tiene una relación tensa con O´Neill, sólo amortiguada por la buena disposición del segundo del Tesoro norteamericano, John Taylor, que no se detiene en las personas sino en las estrategias.

En el Fondo hay muy pocos funcionarios predispuestos a negociar con el ministro argentino, porque lo consideran ardiente e imprevisible. Y nadie ha logrado disipar el huracán de rencor que sembró en Brasil. Es imposible imaginar la conducción del brete económico argentino con relaciones maltrechas con Washington, con el Fondo y con Brasil al mismo tiempo.

Marx, segundo de Cavallo, tuvo su renuncia firmada durante seis días. El sábado de las medidas financieras discutió con el ministro y se manifestó en abierta oposición a la virtual confiscación de los depósitos bancarios. Propuso otra fórmula para frenar la fuga de los ahorristas: decretar un feriado bancario de varios días, conseguir un acuerdo con el peronismo y definir el presupuesto 2002, aprobar las leyes de coparticipación y de reforma del Estado.

Marx creía que el inmediato apoyo internacional a esas decisiones devolvería la confianza a los depositantes cuando los bancos abrieran normalmente. Marx guardó su renuncia en la tarde del jueves, cuando De la Rúa le pidió que no dejara de viajar a Washington, porque desconfiaba del espíritu pendenciero de su ministro.

Pero Cavallo pudo disparar una última perdigonada ante la ingenuidad de buena parte del Gobierno; fue cuando anunció que la Argentina cancelaría también los pagos de su deuda a los organismos multilaterales. La Argentina es el primer deudor del Fondo y tal decisión empujaría al país a un aislamiento comparable al de la Guerra de las Malvinas. Según un código invariable, jamás debe incumplirse con los organismos multilaterales.

Datos en manos de la administración advierten que muy pocas veces en la historia una medida oficial paralizó a la economía como las últimas decisiones financieras. Amputó en pocas horas a la economía informal, que es casi el 40 por ciento del total de la economía, y dejó a la formal en estado vegetativo. La recaudación impositiva seguirá en el tobogán.

Lo que sucedió en Washington el viernes es sólo la reanudación de la negociación interrumpida el miércoles, lo que no es poco, pero no habrá solución sin acuerdo político. De la Rúa deberá aprender en pocas horas un ejercicio que no le gusta, negociar y conceder, y el peronismo deberá anteponer la estabilidad del país a su pasión de poder. El Fondo lo metió al justicialismo de cabeza en el conflicto básico cuando pidió un programa realista en el presupuesto del próximo año.

El jueves, el peronismo se paseaba entre una conspiración y otra ante un gobierno que parecía sin vocación para resolver la crisis. El viernes dio un paso atrás, cuando recibió claros mensajes de Washington de que no vería con buenos ojos un golpe institucional.

Pero sólo cambió el cuchillo de carnicero con el que se manejaba hasta entonces por los guantes de un cirujano. Un espacio de tregua se abrió entre la carnicería y el quirófano.

El peronismo cree que el país caerá en sus manos, tarde o temprano, y sólo mide el grado del incendio que recibirá para decidir el momento del acceso al poder. Es irremediable: el peronismo avanzará en la medida en que la administración no muestre una voluntad para gobernar y resolver.

Ruckauf ha dicho que ayudará al Gobierno sólo cuando existan un programa y una decisión. Pero con Cavallo no, le advirtió a Colombo. Ese hombre desconoce todos los acuerdos, reprochó. Aunque lo niegue, Ruckauf está dispuesto a hacerse cargo del gobierno nacional no bien su partido llegue a la conclusión de que no hay otra solución. Y Eduardo Duhalde estará a su lado.

Ramón Puerta se mueve con prudencia; conoce la posición de Washington porque es un peronista con buen acceso a la capital norteamericana. Pero sabe también que su partido tiene una vocación irrefrenable por el poder cuando éste le roza la punta de los dedos.

Menem es, quizás, el único peronista dispuesto a remolcar a De la Rúa hasta el final de su mandato. Envuelto en la bandera de la legalidad, esconde la razón verdadera: ningún cambio institucional que suceda antes de diciembre de 2003 lo comprenderá al ex presidente. Lo vetará la Constitución si hubiere una elección anticipada, y lo vetarán los 75 diputados bonaerenses si hubiese un presidente interino designado por el Asamblea legislativa.

En ese pantano donde ni la política ni la economía pueden hundir anclas, el Presidente y su ministro de Economía deberán ahora desmentir o ratificar en los hechos la afirmación de otro diario europeo, el madrileño El País, que aseguró en un editorial granítico que ni De la Rúa ni Cavallo tiene ya la talla política que la crisis argentina requiere .

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