Unidad ideal de Europa

Por Cristina Taglietti Para Corriere della Sera y LA NACION
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19 de diciembre de 2001  

Con el euro hecho realidad, es necesario ahora hacer realidad a Europa. O por lo menos es el momento de contar su historia, de individualizar sus orígenes, de determinar a sus padres, de registrar sus momentos fundamentales para una generación que tendrá que saber, más que nunca, si en verdad existe y en qué consiste la identidad europea. Las exigencias de la actualidad, con el rápido acercamiento de la unidad económica, apremian también a los historiadores, llamados a contar el pasado de una entidad que a muchos puede parecer recién nacida. La gran cantidad de libros sobre el tema y los debates de los estudiosos demuestran la urgencia de esta cuestión. Así, si Laterza reedita, con una nueva introducción, la Historia de Europa de Giuseppe Galasso, publicada por primera vez en 1996, el editor Bruno Mondadori publica el mastodóntico volumen del estudioso inglés Norman Davies, mientras que de Il Mulino salen la Historia del poder político en Europa de Wolfgang Reinhard, profesor de historia moderna de la Universidad de Friburgo, que ve en la evolución de las estructuras políticas de varios países un modelo común de base, y Política, gobierno, instituciones en la Europa moderna , de Angela De Benedictis.

¿Pero existe realmente esta identidad europea? ¿Y puede ser tan fuerte como para cambiar hasta el modo de contar su historia, superando los puntos de vista nacionales? "Nuestras perspectivas de investigación -dice Alessandro Barbero, medievalista además de narrador- están inevitablemente condicionadas por el presente. Hoy, con la unidad económica, investigar las raíces de Europa es más apremiante de lo que pudo haber sido en el pasado, por lo menos desde el punto de vista de la divulgación. Y el historiador debe adecuarse." Es cierto que al remontarse a los orígenes se corre el riesgo de encontrarse con una visión parcial de la historia de Europa, coincidente, de hecho, con la de Europa occidental.

Historia reciente

Según Davies, fueron decisivas las décadas de la segunda mitad del siglo XVIII. En 1751 Voltaire describía el continente como "una especie de gran república, dividida en muchos Estados, algunos monárquicos, otros mixtos, pero todos parecidos entre sí". Veinte años después, Rousseau anunció: "Ya no existen más los franceses ni los alemanes ni los españoles, sino sólo los europeos". Y en 1796 Edmund Burke escribió que "ningún europeo puede ser un verdadero exiliado en ninguna parte de Europa". Es decir que "a falta de una estructura política común, la civilización europea puede definirse solamente según criterios culturales", sostiene Davies.

Una posición que comparte también Galasso, aunque llega a conclusiones diferentes: "Es cierto que la historia de la Europa unida comenzó apenas hace medio siglo, y se puede decir que todavía se encuentra en sus inicios, pero es innegable que sus raíces llegan hasta la Antigüedad. Y si queremos seguir la trayectoria de una tradición cultural que pueda considerarse la base de nuestro presente, debemos partir del mundo grecorromano". Con estas premisas, Galasso tampoco puede coincidir completamente con aquella corriente de la historiografía que ve en Carlomagno al padre de la Europa moderna. Por otra parte, sobre el tema de los padres hay, entre los historiadores, diversos puntos de vista. "Los hijos de Europa no son nunca hijos ni de una sola madre ni de un solo padre -dice siempre Galasso-. La inclusión de la Europa católica en el imperio de Carlomagno es un momento fundamental, aunque se haya desvanecido rápidamente en su forma político-institucional. Permanece vivo el sentido de pertenencia de los pueblos y de los países europeos a un mismo contexto ético y político, civil y religioso. La noción moderna de Europa se ha desarrollado por medio de extensiones sucesivas hacia Oriente, el Norte y el Mediterráneo, superando los límites de aquella Europa carolingia sin traicionar sin embargo el germen de la vocación inicial."

Alessandro Barbero le ha dedicado al imperio carolingio un volumen titulado precisamente Carlomagno, un padre de Europa (Laterza). Un ensayo que por medio de múltiples pruebas y señales quiere demostrar cómo, en aquellos años, se sentaron las bases del renacimiento demográfico y económico del continente. "Con la conquista carolingia -dice Barbero- nace la percepción de Europa tal como la concebimos hoy. Porque otro tema importante es qué hay dentro de Europa. El imperio carolingio es un espacio político unitario que va desde Hamburgo hasta Benevento, desde Viena hasta Barcelona, cuyos ejes comerciales son el Rin y los puertos del Mar del Norte, un espacio profundamente diferente de aquel del Imperio Romano, que tenía en su centro el Mediterráneo y se extendía hasta el norte de Africa y el Asia Menor. Es decir que la de Carlomagno es justamente la parte más originaria de la propia Europa." O por lo menos de una de las Europas posibles. Porque "el continente no se limita a los quince -dice Nicola Tranfaglia, que desde 1995 enseña historia europea contemporánea en la Universidad de Turín-. Está la Europa occidental, la oriental, la mediterránea. La idea de Carlomagno como padre es un poco una leyenda. Hay personajes que, para mí, han contribuido mucho más a esta realidad. Pienso en Erasmo de Rotterdam en el ámbito cultural. O en algunos políticos, sobre todo después de 1945".

También Rosario Villari sostiene que "ciertamente Carlomagno tuvo una función importante al crear las condiciones en las cuales, en un momento dado, se insertó el proceso de formación de Europa, que sin embargo tiene raíces más antiguas". Villari, que a este tema le ha dedicado un libro publicado el año pasado ( Mil años de historia. De la ciudad medieval a la unidad europea , Laterza), ve en el nacimiento de la ciudad el verdadero punto de inflexión: "Es en aquel período, con el gran desarrollo de las aglomeraciones urbanas, sobre todo en la Italia centroseptentrional, en Flandes, en la Francia del norte y en las costas alemanas del Báltico, cuando se desarrolla también una red europea de comunicaciones e intercambios". Pero esto no significa, sostiene Villari, que Italia sea el centro de Europa: "En un cierto momento histórico, el comunal y renacentista, pudo haber tenido un peso mayor, pero en el transcurso del tiempo otros países aportaron su contribución. Lo importante es que la historiografía italiana abandone el provincialismo en el que a veces se encierra todavía, y contemple los acontecimientos no desde un punto de vista nacional sino desde otro más amplio, directamente mundial". En resumidas cuentas, para entender a Europa habrá que lograr tomar distancia de ella.

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