Urgente, ¡arriba ese ánimo!

Norberto Firpo
Norberto Firpo LA NACION
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25 de agosto de 2001  

Uno, por veterano, sabe que en los últimos cincuenta años la Argentina ha afrontado situaciones tanto o más difíciles que ésta y que la expresión crisis terminal se convirtió en recurrente sonsonete. Agorerías así de funestas permiten colegir que los naturales de este país son propensos al diagnóstico exagerado: a veces se creyeron habitantes del granero del mundo o de la Argentina potencia, e ilusoriamente se situaron en los umbrales del Primer Mundo, y fantasías de signo opuesto los llevaron a imaginar que el país era un remedo del Egipto bíblico, atacado por toda clase de plagas, desde la aftosa vacuna hasta la malaria económica y la inmunodeficiencia democrática. La espasmódica memoria nacional del último medio siglo registra rachas de euforia triunfalista y de congojas paranoicas, un fenómeno que contribuyó a forjar la argentinidad de uno. Sin duda, congojas de esa índole conducen al pesimismo desaforado, el más eficaz agente de depresión.

Un artículo que LA NACION editó en primera página, titulado "La depresión crece al ritmo de la crisis", dice que los servicios de atención psicológica han triplicado, en Buenos Aires y en lo que va del año, su tarea de asistencia a ciudadanos caídos en la telaraña de la desazón. Ese informe de Alejandra Rey fue publicado el viernes 17, el mismo día en que el suplemento Vía Libre ofrecía noticias del rockero Andy Fejerman, que en sus shows se disfraza de Capitán Angustia, "un superhéroe que le canta a la depresión con alegría". Su propuesta artística merece párrafo aparte.

Toxinas del alma

Andy se define como "el primer cantautor lisérgico" y reconoce que ninguno de sus temas le reportó tanto éxito como Qué lindo es drogarse en familia . Sin pretenderlo, el juglar apuntala la sospecha de que la depresión anímica, tan perversa, suele adoptar, como Proteo, fisonomías diversas, entre ellas las de un patético producto de la música adolescente. Por lo tanto, buen consejo es prevenir las consecuencias proteicas, y no proteínicas, de la depresión.

Hace dieciocho siglos, Galeno creía que el hígado fabricaba cierto jugo tóxico, la melancolía, un vocablo que en griego significa bilis negra . Y advertía que esa turbulencia endocrina era producida por un tropel de cobardes sabandijas hepáticas, que huían al galope no bien se topaban con individuos de temperamento fibroso, capaces de resistir la adversidad y de encender la llama de la esperanza.

Hoy, los doctores del espíritu persisten en creer que la esperanza es una brasa amorosa, que a veces refulge y crepita en la trémula mirada de un hijo -la más vívida representación del futuro- antes que en la palabra del psicólogo. No hay sabandija, llámese depresión, melancolía o Capitán Angustia, que pueda doblegar a quien sepa avivar esos resplandores. Tanto argentino desdichado que se las ve en figurillas para sobrellevar este largo mal rato debe saber que la polenta, entendida como un atributo de la tenacidad, se cuece en esas brasas.

Almafuerte sigue teniendo razón: "Si te postran diez veces, te levantas / otras diez, otras cien, otras quinientas. / No hay de ser tus caídas tan violentas / ni tampoco por ley han de ser tantas".

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