Uruguay está de duelo

Héctor Lescano
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4 de noviembre de 2016  

La semana pasada falleció en Montevideo el ex presidente de la República Oriental del Uruguay Jorge Batlle. Último representante de una estirpe de ciudadanos familiares que ocuparon la máxima representación institucional en nuestro país.

Llevaba entonces en su sangre una herencia genética de pasión por la política, en el sentido más noble de este término: la vocación por el servicio público.

Como uno de los líderes del histórico Partido Colorado, marcó una huella profunda de estilo personal.

Desde coincidencias y discrepancias de quienes transitamos por otros caminos y otras corrientes del pensamiento y militamos en filas adversarias, nadie puede tener la pequeñez de desconocer su convicción democrática y republicana, su filosofía liberal, que cultivó con un torrente de ideas y de iniciativas que casi siempre sacudían la rutina, desde la simple condición de joven militante hasta los altos cargos que ocupó a lo largo de una larga y fecunda trayectoria política.

Como expresó, al despedirlo en el Palacio Legislativo, nuestro presidente Tabaré Vázquez, fue un hombre extraordinariamente inteligente y poseedor de una gran cultura. Como recordó su "compañero y amigo de más de sesenta años" Julio María Sanguinetti, fue "genio y figura", y "protagonista siempre en todos los aspectos".

Su gobierno atravesó un tiempo de fuertes tempestades y actuó como timonel con experiencia, con decisiones rápidas y firmes.

Desde un inesperado brote de la temible fiebre aftosa que amenazó la estructura productiva primaria del país y su principal rubro de exportación hasta las consecuencias de la grave crisis financiera que sacudió al país, la región y gran parte del mundo.

Encontró los caminos para frenar los efectos, atenuar consecuencias y retomar un camino de recuperación. Proceso que se consolidaría encaminado hacia un proyecto de desarrollo, con el inicio de los gobiernos frenteamplistas.

Como bien se sabe, heredó -de su madre de nacionalidad argentina- y mantuvo desde siempre fuertes vínculos con la hermana República Argentina, cultivando relaciones familiares, intelectuales y, desde luego, políticas. Un día cruzó el río que nos une para transmitir con humildad y franqueza sus excusas al pueblo, a través del entonces presidente de la Nación Eduardo Duhalde.

Junto a su esposa, Mercedes Menafra, incansable trabajadora en áreas de servicio comunitario hasta estos días, me honraron con su amistad y actitudes muy concretas de solidaridad ante adversidades.

Se fue como hubiese querido, caído en un encuentro militante, extremando su envidiable vitalidad para contribuir en tiempos de dificultades a fortalecer la histórica estructura partidaria. Porque esa fue otra faceta destacable: fue un hombre de partido, que creía en la democracia de partidos, en la nobleza de la militancia auténtica y en la renovación de ideas.

Creía en el respeto a las instituciones en un régimen de derecho, ideal por el que sufrió persecución y proscripciones en la larga noche de la dictadura.

Siento el deber político y ético de expresar públicamente en esta hora que, seguramente, son una legión los orientales que viven en esta tierra generosa y los compatriotas argentinos que nos sumamos con respeto al sentimiento popular ante la partida de un gran ciudadano.

Embajador de Uruguay

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