Vechy, una cuestión de proporción

Hugo Beccacece
Hugo Beccacece PARA LA NACION
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29 de junio de 2020  • 00:30

Todas las tardes, salvo que llueva o que el frío polar se abata sobre la ciudad, la escultora Vechy Logioio se sienta, una hora y media antes del anochecer en el balcón terraza de su departamento en el piso 15 frente a la avenida del Libertador. Desde esa atalaya, Vechy contempla la transformación de las aguas del Río de la Plata, de los bosques de Palermo y del cielo. A cada visitante, le hace un parte detallado de los cambios del paisaje. Ya hace mucho que se identifica como escultora, pero antes fue pintora, dibujante y grabadora de primer orden. De allí, esa sabiduría en captar los matices de cada hora del día y de cada estación. El miércoles pasado, cumplió 90 años y celebró el acontecimiento acompañada por las llamadas telefónicas y los mensajes de Whatsapp de sus hijos, nietos y amigos diseminados por todo el mundo y paralizados por la pandemia.

Vechy nació en La Pampa y está acostumbrada a los grandes espacios, a las llanuras despojadas y a la música del silencio que ponen en relieve los sonidos de la naturaleza. En su adolescencia y primera juventud se consagró al estudio del piano. Lo hizo también durante los siete años que vivió en Ginebra, en la posguerra, con su primer marido. La música es para ella una pasión. Pasa una buena parte del día buscando en YouTube las grabaciones de los grandes intérpretes del pasado, pero también rastrea los nuevos. Ahora está deslumbrada por el pianista ruso Daniil Trifonov. Como aprecia todas las formas de belleza, Trifonov no sólo la entusiasma por su virtuosismo y estilo, sino por su apostura. Lo mismo le sucede con el tenor Jonas Kaufmann. Pero se inclina ante los feos como Toscanini.

En la década de 1970, Vechy dejó el piano y se dedicó a la pintura. Estudió con Emilio Pettoruti, Horacio Butler y Santiago Cogorno. Durante esa época, viajó mucho a Italia con su pareja el notable escritor Ángel Bonomini ("Bebe"), otro cultor del despojamiento, al que ella y las hijas de aquél lograron rescatar del olvido en estos últimos años. Los dos pasaron largas temporadas en Roma y París. Ella no abandonó esa costumbre, aún lo hace, en compañía de su hijo Pablo.

Vechy montó un estudio en París. El don de la artista para la amistad hizo que se acercaran a ella personalidades tan distintas como el jovencísimo Alberto Manguel y la gran escultora Alicia Penalba, entre otros. En contacto con Penalba, Logioio empezó a esculpir. Sus esculturas realizan lo imposible, convierten bloques de bronce en cintas de seda onduladas, en banderas que flamean, en los pliegues de luces y sombras de las dunas africanas y también en poderosas murallas. Los viajes de Logioio a África profundizaron su mirada. En el Sahara, como en la pampa, reina el despojamiento en que ella basó su estética, pero también están el infinito de las extensiones que, de continuo, cambian de forma y color. En sus obras, sólo hay formas y texturas (no representaciones), pero patinadas de un azul profundo, de gris oscuro, de verde malaquita.

En el actual casa-taller de Logioio, donde concurren sus amigos a conversar, el espacio está poblado de objetos esenciales (todos bellos) para la vida cotidiana y para su trabajo. No hay adornos. Allí están sus esculturas, maquetas y las magníficas obras en papel que no expone. Varias de ellas están casi ocultas detrás de carpetas. Sólo las ve quien se atreve a sacarlas de su escondite y entonces se suceden las epifanías. Ese hermoso "desorden" vital es lo que facilita el diálogo y la intimidad. Si se está a solas con Vechy, uno se sorprende hablando de asuntos que nunca confió a nadie.

Cada vez que salí de ese piso 15, me sentí alegre, animoso y enriquecido. En más de una ocasión, ya en la vereda, sonreí a solas, pensando: "La amistad es una cuestión de proporciones, de belleza".

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