Vergüenzas de infancia

Daniel Gigena
Daniel Gigena LA NACION
La vergüenza había sido un sentimiento preponderante en nuestra infancia
La vergüenza había sido un sentimiento preponderante en nuestra infancia Fuente: Archivo
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22 de febrero de 2018  • 00:37

La vergüenza había sido un sentimiento preponderante en nuestra infancia. Se podía decir que vivíamos bajo el influjo de aquello que podía avergonzarnos ante los demás. Sin los otros, pienso, quizás no habría existido la vergüenza. Salir a la calle equivalía a ser observado, y seguramente censurado, por una mirada con mayor autoridad que la nuestra. ¿Qué poder tenía un niño o una niña?

Durante dos años, mi padre fue alcohólico. Creo que esa palabra no se usaba en ese entonces, al menos no en los entornos que habitábamos, un barrio de clase baja, con algunas calles de tierra y baldíos donde las personas que no podían alquilar levantaban viviendas precarias o en un pueblo en las sierras cerca de un lago y un hotel de la Armada. En este último lugar, el alcoholismo se toleraba mucho más que en los alrededores de la ciudad, donde se emplazaban las fábricas que contrataban (y despedían) a mis padres y a los padres de mis compañeros de la escuela primaria. Beber era un pasatiempo.

Para los “bebedores con mucha práctica”, como se suele designar con elegancia a los que se pasan de copas, se usaban términos vergonzantes, como “borracho”. Había sin embargo otros más neutros (“ebrio”) y algunos que me hacían sonreír en medio del estupor que sentía cuando se tocaba el tema. Esa situación, unida a (o quizás provocada por) cierta incertidumbre económica ante la falta de empleo, traía desasosiego.

Mi abuelo materno simulaba que no pasaba nada extraordinario y mi abuela rezaba dentro y fuera de la parroquia. Pensábamos que hablaba sola mientras decía sus oraciones. Pero mi madre no les seguía el juego y reaccionaba con impaciencia. Me habían asignado un papel secundario en ese drama: era un testigo que, en determinadas ocasiones, estaba obligado a actuar. Casi siempre por orden de los mayores, iba a la busca de mi padre en el bar del pueblo donde bebía y jugaba a las cartas con otros.

Como a muchas personas que conocí después, el alcohol lo ponía de muy buen humor. Alguien podía alegar que era un buen humor artificial, irrazonable y totalmente injustificado dadas las circunstancias. Las pruebas para ese punto de vista eran evidentes. Aunque el dinero escaseaba en la casa, él se volvía magnánimo. Si bien siempre había sido afectuoso, la expresividad se multiplicaba. Con mis primos huíamos de esos desbordes hacia el fondo de las casas (como se decía en las sierras), donde las gallinas vivían sus propias aventuras domésticas de plumas, maíz y huevos. Uno de mis primos contó que una tarde había puesto unas gotas de vino blanco en el agua que tomaban las aves para ver si se mareaban. Le hicimos sentir vergüenza con la mirada porque habíamos aprendido que ese sentimiento podía desempeñar una función social.

Esa etapa en la vida de mi padre terminó cuando le dieron un diagnóstico médico. Si quería vivir, le dijeron, tenía que dejar de tomar alcohol. De la noche a la mañana se convirtió en un paciente modelo, obediente hasta la exageración desde mi punto de vista. La magnanimidad, así como también los episodios sentimentales, decrecieron de manera notable pero la vergüenza, como un huésped que tarda en irse, nos acompañó largo tiempo en los ambientes familiares.

En secreto me preguntaba si las plegarias de mi abuela habían sido escuchadas y atendidas con cierta ironía divina.

Desde esos años hasta ahora, las ideas sobre la vergüenza cambiaron. No es que se haya dejado de sentir vergüenza, sino que las funciones de ejemplaridad, control y castigo que conllevaban se atenuaron. “Lo correcto es siempre enfocar la vergüenza hacia uno mismo y no hacia los demás, porque nuestro carácter es nuestra responsabilidad y no el de los otros –dice la filósofa estadounidense Martha Nussbaum-. El filósofo y político John Stuart Mill tenía razón: la gente no debería meter el hocico en el carácter de los otros, debería limitarse a considerar los actos que causan daño”. Brindemos por el modo correcto de usar la vergüenza a nuestro favor.

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