Versos que explican

Por Rodolfo Rabanal
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26 de octubre de 2000  

Días pasados hubo en Valencia, España, una reunión mundial dirigida a medir los efectos que el mercado está produciendo en el arte y las letras.

Desconozco las conclusiones, pero imagino el desasosiego de los congresales y los encontronazos entre posiciones antagónicas, en un momento en el cual ha empezado a predominar el criterio de que el arte es una forma clamorosa del comercio, una mezcla de marcas prestigiosas con objetos populares o, en definitiva, un espacio ocupado por una gigantesca sustancia informe dentro de la cual caben la política y la chismografía mundana, la pornografía y el dinero, las estrellas fugaces del espectáculo y la diversión a cualquier costo.

He leído que en el encuentro alguien manifestó el temor de que el mercado elimine las funciones simbólicas del arte, mientras que otro participante denunció el "déficit abominable de la creación". Hasta donde sé, nadie dijo que la cultura comercial ya no es más objeto de desdén, sino más bien una fuente de status y que, consecuentemente, ninguna fusión parece más venturosa que la que reúne el conocimiento de la cultura "encumbrada" con la apetencia de la cultura popular, por ejemplo: camisetas con reproducciones de Miró o Picasso o una frase de Shakespeare fuera de contexto, pero asimilada como si fuese una divisa tribal o doméstica, independientemente del hecho de haber leído o no a Shakespeare.

Me he preguntado en qué momento brotó esta realidad en la que estamos inmersos. La respuesta creí hallarla en un breve poema del inglés Philip Larking, escrito para mostrar cómo, hace unos 40 años, el mundo había cambiado ante sus ojos. El título es "Annus Mirabilis" y la primera estrofa dice: "La fiesta del sexo empezó/ el año 63 (un poquito tarde para un tipo como yo)/ Cuando la censura sobre "El amante de Lady Chatterley se levantó/ Y los Beatles grabaron su primer LP..."

La resignada gracia del segundo verso permite suponer que Larkin simpatiza con esa fiesta que ya no es suya, pero no anula la noción de que una época ha quedado atrás para que otra considere inocua la bravura erótica de un libro prohibido, y los Beatles le pongan música a la tolerancia. Posiblemente, ése haya sido el principio, lo cual indica que no todo está perdido.

Suele ocurrir que un tema que exigiría la dimensión de un libro para explicarlo convenientemente nos ponga al borde de la frustración, porque nos damos cuenta de que será imposible exponerlo en breves líneas, pero entonces recordamos que existe un poema que en cuatro o cinco versos salta milagrosamente la brecha y nos ofrece una inesperada síntesis por obra y gracia del arte.

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