Victoria Ocampo y Tagore, almas en pugna (Parte I)

Verónica Chiaravalli
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10 de febrero de 2020  

"Se puede decir que la India ya había entrado en la vida de Victoria Ocampo antes de conocer a Tagore. En su busca de una salida espiritual, descubrió la doctrina de Mahatma Gandhi cuando leyó el libro de Romain Rolland publicado en 1922. Siendo violenta por naturaleza, trató de vivir de acuerdo con el precepto de la no violencia. La India, a través de Tagore y de Gandhi, estuvo presente para ella hasta el final de su vida". Quien pinta a Ocampo con palabras precisas y comprensión aguda (¡cuándo no!) es el traductor y ensayista Eduardo Paz Leston, esta vez en el prólogo de Un encuentro fecundo, fascinante libro sobre el momento crucial en que Rabindranath Tagore y V.O. se conocieron. Su autora, la investigadora Ketaki Kushari Dyson, lo publicó en inglés en 1988 (la versión original fue escrita en bengalí) y la Fundación Sur lo editó en castellano, con escrupuloso cuidado, hace algunos meses.

La obra es una fuente inagotable de información valiosísima sobre la sensibilidad intelectual (valga el oxímoron) de toda una época y, especialmente, muy importante para entender quién era Victoria, qué fuegos la impulsaron a convertirse en una figura fundamental de la cultura en la Argentina del siglo XX. Pero, sobre todo, narra la historia de una sublime devoción espiritual entrampada en una red de fuertes pasiones carnales. Hoy y mañana, en esta página, pinceladas de esas almas en pugna.

En el origen azaroso de esta aventura hay una invitación del gobierno de Perú al poeta bengalí para que asistiera a las celebraciones por el centenario de la batalla de Ayacucho, en 1924. Paz Leston resume con sobria eficacia la sucesión de hechos que labraron una experiencia extraordinaria.

Tagore habría aceptado lo que entonces podía considerarse un viaje exótico (y, sin dudas, extenuante y complejo) movido tanto por su interés en las civilizaciones indígenas como por la posibilidad de sumar recursos económicos para el proyecto educativo que desarrollaba en su país.

El poeta era una figura de renombre y brillo internacionales, además de una especie de prócer en su tierra: dramaturgo, novelista, autor de ensayos y de canciones populares para niños y adultos, había obtenido el Nobel de Literatura en 1913. El periplo que terminaría en Lima incluía una escala en Brasil y un breve paso por Buenos Aires, donde daría conferencias. Pero en Río de Janeiro contrajo gripe, y al llegar a la Argentina (en noviembre de 1924) los médicos le diagnosticaron que su corazón no estaba en condiciones de afrontar el cruce de los Andes. Varado en el Hotel Plaza, recibió la visita de una joven y desconocida Victoria, ferviente admiradora de su poesía y en plena crisis existencial agravada por un matrimonio malogrado y unos amores difíciles, que le ofreció hospedaje temporario en San Isidro.

Como si de un cuento de Somerset Maugham se tratara, V.O. tuvo que malvender una tiara de brillantes para costear la estadía del venerable poeta: sus padres le negaron la quinta familiar y Ocampo se vio obligada a alquilarle la suya a un primo político. Victoria no podía saberlo, pero ya estaba dejando su marca en el devenir de la literatura: el nombre de Miralrío se haría conocido porque en ese remanso Tagore volvería a crear algunos de sus recordados poemas (se había alejado de la poesía tras la muerte de su hija mayor). También, porque allí se terminaría de ensamblar un triángulo de asordinadas tempestades afectivas. Tagore no viajaba solo: lo acompañaba su fiel y eficiente secretario privado, el joven inglés Leonard Elmhirst, que llevó un diario de aquellos días singulares en el Río de la Plata. Desde el primer momento, el intachable asistente se convertiría en una pieza clave en ese engranaje de celos, desconfianzas y deslumbramientos recíprocos que pondrían en movimiento los tres protagonistas de este drama inopinadamente sartreano.

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