Vida microscópica. Misterios invisibles a simple vista

Las metáforas bélicas para combatir el coronavirus pueden tener su razón de ser, pero eso no impide recordar que los microbios son también parte de los humanos, una certeza científica que pasa inadvertida
Martín De Ambrosio
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16 de mayo de 2020  

Un enemigo invisible. Algo que no se ve pero ante lo que se libra una dura batalla sin enfrentarlo. Los líderes del mundo, y muchos médicos, realizan en sus declaraciones diversas variantes de esas metáforas respecto del coronavirus . Desde Donald Trump hasta el director del SAME, Alberto Crescenti, solo por poner un par de ejemplos notables. Hoy, por más que muchos tengan reparos, la imagen de la guerra contra algo inexistente al ojo humano parece sensata, con todas las diferencias que pueda haber, desde ya, entre una batalla real y una sanitaria. Pero hasta hace relativamente poco en términos históricos a no muchos científicos se les hubiera ocurrido que cosas que no se pueden ver directamente pudieran tener efectos en la vida y la salud cotidiana. Era casi un desafío al más directo empirismo que -en su versión más naif- señala que si no se ve, no existe. Eso comenzó a cambiar con dos creaciones técnicas hermanadas que permitieron ver lo que el ojo desnudo no alcanza a ver: el microscopio y el telescopio.

Desde entonces, la cantidad de información que se ha logrado acopiar confirma que considerar al ser humano la especie más importante del planeta es incurrir en un error de perspectiva. Si se toma la masa, o la cantidad de especies, o lo numerosas que son, la humanidad está bastante detrás no solo de los insectos sino también de todo tipo de microorganismos (hongos, virus, bacterias) , que son más de dos tercios de la totalidad. Es algo de lo que cuenta el periodista científico británico Ed Yong en su reciente obra Yo contengo multitudes. Los microbios que nos habitan y una visión más amplia de la vida (Debate, 2017), cuyo prólogo se inicia por azar con la descripción de un pangolín, el escamoso animal desde el que muy probablemente haya saltado el nuevo coronavirus hacia el humano después de haber estado en murciélagos.

La tesis de Yong es que cada uno de nosotros, que nos creemos individuos, en realidad somos colecciones de seres (de ahí el título con la referencia al poema de Walt Whitman): de hecho, tenemos más genes de bacterias y partes de ADN de virus que propiamente humanos. "Cada uno de nosotros es un zoológico, una colonia encerrada dentro de un solo cuerpo. Un colectivo multiespecies. Todo un mundo", escribe. Y más: "Toda la zoología es en realidad ecología. No podemos entender por completo la vida de los animales y los humanos sin conocer sus microbios y sus simbiosis con ellos". Yong remonta a Antony van Leeuwenhoek, el holandés del siglo XVII que fue el primer microscopista empedernido, además de fabricante, el inicio de la revolución para entender lo ínfimo o, dicho de otro modo, la expansión de los sentidos humanos.

En Virus. Ni vivos ni muertos (Guadalmazán, 2018), el virólogo español José Antonio López encuentra ese lugar intermedio para la definición del hoy villano número uno de la civilización humana. "Un virus es un ser vivo, pero entre comillas: un organismo cercano a la vida, pero que no alcanza ese estatus", escribe. Sin embargo, enumera las cosas que hace un virus y que no parecen propias de lo inerte: evolucionar, infectar, adaptarse al organismo huésped y enfermarlo. Claro que, a diferencia de otros seres catalogados como vivos, no tienen metabolismo propio ni intercambian energía con el ambiente. Pero los humanos somos un poco virus, mal que nos pese. Como anota López, el 8% de nuestro propio genoma es el resultado de agentes infecciosos, es decir, virus que entraron literalmente a nuestro genoma y les quedó cómodo. Y nos quedó cómodo. Aunque ahora toda la materia gris humana esté dedicada a buscar aniquilar este coronavirus, o al menos neutralizarlo, domesticarlo. Como en toda guerra.

En momentos en que se libra esta guerra sanitaria, puede recordarse que hubo otra, muy agria, pero estrictamente científica: la disputa entre Louis Pasteur y quienes creían que la vida de tamaños mínimos podía surgir cada vez que se reunían suciedades de distinto tipo. Según cuenta el también eminente René Dubos en la biografía científica que escribió titulada en español Pasteur (conseguible en dos tomos de la famosa serie Salvat de grandes biografías), esa polémica salió del ambiente técnico "y alcanzó una difusa periferia donde las doctrinas religiosas, filosóficas y políticas confundían tantos aspectos de la vida intelectual francesa".

En ese punto, "la cuestión pudo resumirse en una sola pregunta: ¿todo ser vivo surge solamente de otro ser vivo?", se pregunta el divulgador científico mexicano Juan Nepote en Científicos en el ring. Luchas, pleitos y peleas en la ciencia (Siglo XXI), quien enseguida puntualiza que entonces, en el siglo XIX, ni siquiera estaban muy claros los significados de vivo e inerte, sobre todo en el mundo microscópico. La disputa se zanjó como es famoso por el lado de Pasteur -de hecho, solo los eruditos recuerdan el nombre de su rival, Félix A. Pouchet- a través de la manera en que se zanjan las polémicas intelectuales desde Galileo: una serie de experimentos.

Lo curioso es que, mal mirada, la posición de Pasteur parecía apoyar la historia bíblica de una única creación. Y es que, en eso, la evidencia científica coincide con la bíblica: aunque pudo haber otros desarrollos vitales -de poco más que un racimo de aminoácidos- todos los seres vivos de la Tierra comparten una cierta hermandad , al resultar producto de aquella materia orgánica que dejó de serlo hace un par de miles de millones de años y evolucionó con tiempo y paciencia. Incluso los virus -que, lo dicho, para la biología canónica no están vivos- tienen al menos una de las dos cadenas de aminoácidos que conforman la vida, ese pariente del ADN que es el ARN (lo que de paso daría para argumentar que el paso de lo no vivo a lo vivo también es un continuo). Como fuera, el hecho de que el ser humano tampoco ocupe un lugar central dentro de las magnitudes de la posible existencia debe anotarse como otro golpe al narcisismo de la especie. Pero ese, todavía, es un camino a recorrer.

YO CONTENGO MULTITUDES

Ed Yong

Debate

Trad.: J. Chamorro

416 páginas

}E-book: $ 650

CIENTÍFICOS EN EL RING

Juan Nepote

Siglo XXI

128 páginas

$ 399

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