Vientos de libertad que vulgarizan la cultura

Putin quiere revalorizar la tradición artística nacional, golpeada por las nuevas reglas de juego
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26 de agosto de 2001  

MOSCU.- Según todas las versiones, la celebración del centésimo aniversario del Gran Salón del Conservatorio de Moscú, el 17 de abril último, marcó el punto más bajo de la cultura rusa. En lugar de ser una ocasión digna de Chaikovski o Shostakovich, el concierto, patrocinado por Rosinterfest, una presentadora comercial, la convirtió en un smorgasbord musical, humedecido con abundantes martinis , ordenados por la clase de los nuevos ricos de Rusia.

Entre los que reaccionaron horrorizados por el acontecimiento estaban Gennady Rozhdestvensky, el renombrado director de orquesta y todavía director del Teatro Bolshoi, que fue súbita y bruscamente interrumpido en su discurso por un grupo de jóvenes que gritaban: "¡Basta! ¡Que empiece la música!"

Dos meses después, Rozhdestvensky, entrevistado al salir del Bolshoi, expresó su indignación a un reportero del diario Izvestia. Describió el concierto del jubileo como un "vulgar espectáculo itinerante" en el que la "auténtica música" fue sacrificada ante el altar de los dioses de la diversión popular. "He encontrado algo similar a esto en algunos lugares -dijo-, pero Rusia se encuentra en el primer lugar en este sentido."

En los diez años desde el desplome de la Unión Soviética y del Partido Comunista, la cultura rusa apenas ha logrado sobrevivir precariamente, soportando indignidades como un presupuesto reducido a su mínima expresión, edificios que se resienten claramente por la falta de cuidados y el impacto irresistible de la cultura occidental para las masas.

En la lucha por sobrevivir, muchas instituciones culturales han tenido que buscar socios comerciales y, como argumentó Rozhdestvensky, reducir el nivel de lo que ofrecen musicalmente para atraer al público. Los salones de concierto ahora son contratados con artistas hiperpublicitados de rock que cobran sueldos astronómicos, y con imitaciones de obras musicales de Broadway en los que las estrellas son cantantes de música popular que logran llenos completos.

Los estudios fílmicos que antes producían películas ganadoras de premios internacionales ahora producen sin cesar videoclips y programas de policías para la televisión.

Algunos puristas ven estos cambios como una amenaza a una gran cultura europea que ha generado artistas como Pushkin, Tolstoi, Chéjov, Eisenstein y Malevich. Otros, observando la proliferación de nuevos teatros, clubes y galerías, ven una bienvenida liberalización de las artes que, al mismo tiempo, ha cuestionado y enriquecido a las tradiciones del país.

En lo que es un hecho interesante, Mikhail Shvydkoi, el actual ministro de Cultura de Rusia, piensa en esa línea: "La democracia ha eliminado la necesidad de luchar. Ahora, lo que alguien quiere hacer, lo hace. Esto se refleja en una legión de pequeños teatros y galerías que han surgido en todas partes. Todavía tenemos que acostumbrarnos al fenómeno masivo de las pequeñas manifestaciones de cultura. No obstante, como hemos visto, incluso después de absorber todas las nuevas influencias externas, lo cierto es que nuestra cultura puede mantenerse".

Putin: consolidar la cultura

Shvydkoi, ex crítico de teatro que pasó la mayor parte de la década del 90 en el oscuro mundo de la televisión estatal rusa, fue designado ministro a principios del año último, justamente cuando Vladimir Putin estaba tomando las riendas de la presidencia de manos de Boris Yeltsin. Desde el principio, Putin se fijó como meta la "consolidación" de la sociedad rusa, lo que en algunas áreas ha llegado a significar la concentración de mayor poder en el Kremlin. En las artes, sin embargo, el espíritu de laisser faire ("dejar hacer") aún está vivo. "La libertad que obtuvo la inteligencia rusa es inamovible -dijo Shvydkoi-, y sigue siendo la base para la política cultural del gobierno".

Para aquellos que recuerdan los viejos tiempos de censura y controles ideológicos, la retirada del gobierno respecto del contenido ideológico es, en sí, un cambio enorme.

El verano último, unos cuantos meses antes de que tomara posesión del cargo en una ceremonia digna de un zar, Putin públicamente presidió una reunión del consejo de asesores culturales, durante la cual hizo sonar una alarma, no tanto acerca del Estado, sino del status de la cultura rusa.

Recurriendo al ejemplo de la piel que desaparecía en La piel de zapa , un relato de Balzac ampliamente conocido por la mayoría de los rusos, Putin dijo: "La influencia de la cultura rusa está disminuyendo día tras día como la piel en cuestión".

Desde entonces, Putin se ha preocupado, en el seno de Rusia y en el extranjero, de dar un renovado impulso a la cultura nacional, tanto clásica como contemporánea. Se ha entrevistado con Alexander Solyenitzin, entre otros personajes destacados en el mundo del arte y las letras. Comió con Sean Penn y Jack Nicholson durante el reciente festival fílmico internacional en Moscú, donde el filme "El juramento" ("The Pledge"), que los tiene como director y primer actor, respectivamente, fue honrado.

Cuando estuvo en Nueva York, hace un año, asistió a la inauguración de una exhibición por artistas femeninas de la vanguardia rusa de principios del siglo XX en el Museo Guggenheim y ha invitado a dignatarios, entre ellos al primer ministro de Gran Bretaña, Tony Blair, a inauguraciones de gala en el Teatro Maryinsky, en San Petersburgo, donde el director Valery Gergiev ha logrado revivir la ópera y el ballet Kirov.

Los gastos personales de Putin son básicamente desconocidos. En una entrevista que dio lugar a un libro durante su campaña por la presidencia, el líder ruso admitió que su ambición por formar parte de la KGB fue generada por el film "La espada y el escudo", una versión romántica de agentes de inteligencia soviéticos durante la Segunda Guerra Mundial. Sus viejos instintos, sin embargo, se oponen a los intereses de un político moderno que continuamente debe buscar el apoyo de la elite cultural del país.

El gobierno ruso ha incrementado sus gastos para la cultura: el presupuesto del Ministerio de Cultura para el año entrante se elevará en un 25 por ciento, hasta 350 millones de dólares, según Shvydkoi. Expertos en este campo reconocen el renovado apoyo que el régimen ha estado dando a las bibliotecas regionales, lo que era una de las necesidades básicas que más sufrieron durante los últimos 10 años.

Fiesta en San Petersburgo

En un giro que no debe sorprender, San Petersburgo -ciudad natal de Putin- está recibiendo una dosis adicional de apoyo gubernamental al acercarse la fecha de la celebración de su tricentenario en 2003. En total, la ciudad recibiría 1700 millones de dólares para diversos proyectos, que incluirán un nuevo anillo periférico de tránsito y una barrera para el control de inundaciones.

Ya en la actualidad, el Museo Estatal Ruso de San Petersburgo -con su amplia selección de arte ruso, desde iconos hasta arte avant garde- ha experimentado una renovación con un costo de 75 millones de dólares, la primera que recibe en 100 años. Según Shvydkoi, el Teatro Maryinsky recibirá dinero para una nueva ala, y se planea un nuevo y ambicioso centro de artes para New Holland, una isla en el río Neva. Se prevé que ambos proyectos costarán 120 millones de dólares, de los cuales una parte no determinada provendrá de fondos privados.

El Teatro Bolshoi en Moscú sigue manteniendo su envidiada posición como el más importante teatro de ópera y ballet del país, aunque recientemente fue retirado del presupuesto personal del presidente y ahora está nuevamente bajo el control del Ministerio de Cultura.

Su dirección ha sido restructurada después de la indignada renuncia de Rozhdestvensky, que acusó amargamente a Shvydkoi de carecer por completo de estándares artísticos y de no combatir las críticas severas de las actuaciones del Bolshoi que han aparecido en la prensa moscovita. No se ha designado a nadie para sustituir a Rozhdestvensky, que estuvo menos de un año en el cargo. Aleksandr Vedernikov, director de orquesta de 37 años con experiencia en el circuito europeo, cuyo padre fue un famoso bajo del Bolshoi, ha asumido el cargo de principal director de orquesta y director de música.

Un líder frío y pragmático

Vedernikov, cuyo frío pragmatismo es un marcado contraste con las pretensiones grandiosas de anteriores directores del Bolshoi, está listo para acabar con el anacrónico sistema de salarios y contratos del teatro, para empezar a pagar a los artistas sobre la base de su mérito artístico.

"Para nosotros, lo más importante es comprender que el Bolshoi es un teatro que debe estar enfocado a entregar un buen producto, como cualquier otra empresa -dijo-. Es una idea muy sencilla, pero es allí donde debemos empezar." Vedernikov admitió que la calidad de las actuaciones del Bolshoi han descendido en relación con sus rivales internacionales, el Kirov en San Petersburgo e incluso las nuevas óperas en Moscú con financiamiento privado.

Lo que hace tan revolucionario el enfoque de Vedernikov es que el Bolshoi -como muchas otras instituciones culturales rusas tradicionales- no ha cambiado en absoluto durante los 10 años pasados, salvo para hacerse más pobre. Todavía tiene 3000 empleados, en la misma forma que el Maryinsky tiene 2000. Hay otros 600 teatros en todo el país que sobreviven gracias a subsidios federales, independientemente de otros 100 aproximadamente que son mantenidos por el gobierno citadino, y cientos de otros más que son solventados localmente.

"En su mayor parte, las estructuras han seguido siendo soviéticas, y no se han adaptado muy bien a las realidades del capitalismo", dice Shvydkoi, cuya meta consiste en "lenta, muy gentilmente" introducir cambios que coloquen a los teatros rusos sobre una base más comercial. "La parte difícil es la preservación de las compañías teatrales existentes -dice-. Deseamos mantener la tradición de repertorio ruso."

En el cine, las bellas artes y la música, los rusos hablan de este período como un momento para detenerse y analizar, para buscar los nuevos caminos extraviados o destruidos durante los últimos 10 años de democracia imperfecta, así como sanar los profundos daños causados por los 70 años de dictadura comunista.

"Una de las cosas que están ocurriendo con este gobierno es la toma de inventarios de los activos estatales en todos los estratos de la sociedad -dice Vedernikov-. Y eso también es lo que está ocurriendo en la esfera cultural. No en la cultura de masas, porque eso puede cuidar de sí mismo. Pero sí en la cultura académica, que siempre requerirá de la atención del Estado", dijo.

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