Violencia contra el rector

Por Raúl Courel Para LA NACION
(0)
25 de noviembre de 2002  

EL rector de la Universidad de Buenos Aires viene siendo víctima de violencias varias. No han faltado insultos, huevos arrojados sobre su persona ni forcejeos; su domicilio ha sido objeto de asedios, y su automóvil, apaleado. Nadie sensato encuentra en las actitudes o manifestaciones del rector razones para ataques semejantes. Tampoco las ofrecen los mecanismos de conducción de la Universidad, bastante aceitados como para que los representantes de los claustros resuelvan democráticamente sobre las cuestiones según corresponde.

A diferencia de lo que sucede con los ciudadanos respecto a otros organismos del Estado, que se sienten poco o nada representados por sus autoridades, la mayoría de los universitarios considera que comparte con las de su universidad, en general y más allá de tales o cuales diferencias, la defensa de la institución. Precisamente, siempre que las papas queman nuestras universidades muestran que sus autoridades, si fueron elegidas conforme a sus estatutos, sólo responden a sus mandantes: los universitarios. Por eso mismo los gobiernos a veces recelan de ellas y las acusan de corporativas. Son de extrañar, entonces, estos ataques a la cabeza de la Universidad de Buenos Aires, nacidos de su mismo seno.

La dirigencia universitaria

El conflicto, días más, días menos, concluirá. ¿Qué quedará? Tal vez mejore una que otra situación apremiante de alguna facultad, pero es probable que sólo sea una gota de agua para la mucha sed de todo el conjunto. No caben dudas, eso sí, de que el trance da una vuelta de tuerca más al tema de la representatividad de los dirigentes estudiantiles en la Universidad.

A medida que la crisis avanza hacia su culminación, dos posturas, antitéticas entre sí, resumen esta lid. De un lado está la idea de algunas agrupaciones estudiantiles de que las autoridades deben ser elegidas de manera directa por todos los integrantes de la comunidad universitaria. "Un hombre, un voto", dicen en el extremo, proponiendo que el peso de un estudiante en las decisiones sea igual al de un profesor. Esta posición, muy difícil de sostener por más de un rato, se apoya, en realidad, en un fuerte cuestionamiento a la legitimidad de las representaciones actuales. Los que fueron elegidos, se expresa, pierden legitimidad porque no tienen voluntad de producir los cambios necesarios, que involucran no sólo a la Universidad sino al país. Sin transformar el país, explican, la Universidad no podrá ser como debería ser.

La otra posición, mayoritaria y tal vez demasiado contemplativa, sostiene que los que atacan al rector están lejos de expresar el pensamiento y la voluntad de la mayoría de los universitarios, sean éstos estudiantes, profesores o graduados. Señala también esta postura que hay representantes estudiantiles que quieren imponer sus propias ideas haciéndolas pasar por las de sus votantes. Estos dirigentes, se subraya, que se representan a sí mismos y no a quienes deberían, encaran sus acciones, además, evidenciando una gran falta de conocimiento de los asuntos universitarios. Se encuentran aquí similitudes con lo que se observa en las más diversas esferas de gobierno.

Lugar de ideas

El rector Guillermo Jaim Etcheverry ha subrayado que la Universidad es un lugar de ideas. Para cultivarlas y sacarles frutos al modo universitario, se requiere que cada uno tenga, en primer lugar, disposición a escucharlas. La violencia es al revés: cada uno no sólo espera sino que obliga a que sean los demás quienes escuchen: por eso es sorda.

Frente a la prolongación del conflicto, la Universidad de Buenos Aires, que abriga el núcleo intelectual y científico de mayor envergadura del país, reacciona de manera acorde a la responsabilidad que le cabe: reflexiona y no cede a la violencia. Es que no hay atajos: los problemas no se resuelven sin tomarse todo el trabajo que sea necesario.

Esta nota se encuentra cerrada a comentarios

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.