Violencia frente a las cámaras

Por Giovanni Sartori Para Corriere della Sera y LA NACION
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29 de agosto de 2001  

Después de Génova nadie quiere un bis de Génova. En primer lugar, porque ya no sabemos si las fuerzas del orden están en condiciones de mantener el orden. Segundo, porque ninguna ciudad quiere ser devastada. Esto explica la incertidumbre acerca de cómo afrontar las próximas reuniones de Nápoles y Roma. Por un lado se sostiene que el Estado no puede ceder a la presión de la violencia y que debemos salvaguardar el honor. La contrapartida de esto es que si el Estado tropieza con otras derrotas, nuestro honor quedará más deshonrado que nunca. Al respecto sostengo que el problema no es el honor sino inventar nuevas estrategias frente a nuevas realidades.

Los grupos antiglobalización de Seattle son un fenómeno inédito que surge de los "video eventos", que, a su vez, son alimentados por un grupo "en la red". Imaginemos una reunión cumbre en Génova en la era anterior a la televisión. Al día siguiente habríamos leído en los diarios que en Génova hubo una manifestación masiva con serios desórdenes y un muerto. El comentario habría sido que, con doscientas mil personas en danza, el saldo podría haber sido mucho peor. Y después de dos días el interés por el evento se habría diluido. En Ruanda, Sudán y otros lugares han ocurrido masacres horribles; pero como allí no estuvieron las cámaras de televisión los públicos no se conmovieron demasiado.

Acción incierta

Es decir que la diferencia está dada por la televisión. Y la televisión privilegia el espectáculo, la multitud, los enfrentamientos. En Génova ha dejado de lado la reunión cumbre y sus problemas para dar relieve exclusivamente a la guerrilla. Esto es inevitable. Pero, consecuentemente, la televisión se convierte en multiplicadora de la protesta. De hecho, en cada nueva ocasión, los grupos de Seattle aumentan, como asimismo lo hacen los brotes de violencia.

¿Estamos en condiciones de afrontar este crescendo? Quizá no. Quizá no porque desde el 68 en adelante se ha afirmado una "cultura" para la cual el asalto a las fuerzas del Estado es democracia y libertad, mientras que el Estado es, de por sí, violencia y represión. Por lo tanto, hoy vivimos en una cultura que absuelve a quien ataca. ¿Es esto justo? A mí me parece que no. No es justo considerar legítimo que los manifestantes den golpes y que la policía deba recibirlos sin más. Pero no es de esto de lo que quiero hablar. Me interesa solamente comprobar que esta asimetría, este contrasentido, tornan incierta la acción de las fuerzas del orden.

En la duda, la solución es hacer desaparecer el blanco. Las reuniones cumbre deben achicarse (radicalmente), y no hay ninguna necesidad de realizarlas en lugares "lindos". Es más inteligente llevarlas a cabo en lugares fácilmente defendibles y protegidos por la naturaleza. Es decir, en localidades donde los contrarios a la globalización no puedan actuar en masa ni ofrecer a la televisión los primeros planos que la excitan. Y la cuestión es que así como la televisión promociona a los pueblos de Seattle, de la misma manera puede dejar de hacerlo.

Fenómeno de multitudes

Decía que la antiglobalización es algo inédito. Siendo un grupo alimentado por el chateo de Internet, existe cuando se reúne, pero vuelve a ser un grupo "virtual" ni bien la miríada de las agrupaciones que lo componen vuelve a su casa. Cuando una agrupación de Internet se reúne puede convertirse en un río en plena crecida que arrasa con todo porque su dinámica es la peligrosísima dinámica de los fenómenos de multitudes. Pero cuando la multitud se disuelve necesita otro evento movilizador para volver a la vida. Si, como escribe Angelo Panebianco, estamos presenciando el regreso del extremismo y de la violencia, entonces los hechos que desatan la violencia deben achicarse y descentralizarse.

En consecuencia, a mi juicio, el gobierno hace bien en buscar soluciones alternativas para la reunión cumbre de Roma y en trasladar la de Nápoles a las afueras de la ciudad. Espero que ésta sea la decisión definitiva.

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