Virus: conociendo al enemigo

Por Guillermo Jaim Etcheverry Para LA NACION
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7 de octubre de 2008  

"Nunca antes, la ciencia y la medicina habían identificado una nueva enfermedad, descubierto su origen y desarrollado tratamientos efectivos en tan escaso tiempo." Así describe la Asamblea Nobel el hallazgo del virus de la inmunodeficiencia humana (VIH), causante del síndrome de inmunodeficiencia adquirida (sida), que le valió a Françoise Barré-Sinoussi y a Luc Montagnier compartir el Premio Nobel en Fisiología y Medicina de este año.

Al conocerse en 1981 una nueva enfermedad, caracterizada por deficiencias en el sistema inmunológico, estos científicos franceses se lanzaron a identificar su agente causal pensando que se trataba de un virus. Pero, como dijo Montagnier: "Las ideas no son nada; todos las tenemos. Lo importante es hacerlas pasar a los hechos". Aislando y cultivando ganglios linfáticos de pacientes en las etapas iniciales de la enfermedad, demostraron la presencia de una enzima, la transcriptasa reversa, que delataba la multiplicación de un retrovirus, un tipo de partícula viral. Es sabido que los virus están constituidos por información genética capaz de utilizar la maquinaria sintética de las células que infectan para multiplicarse.

Ya sobre la pista cierta de un virus como causa del sida, los investigadores observaron partículas virales que brotaban de la superficie de las células infectadas. Aislaron el virus y demostraron que infectaba y mataba células linfáticas, los linfocitos, y que reaccionaba con los anticuerpos producidos por enfermos infectados. A diferencia de otros virus humanos capaces de originar cáncer -como el virus del papiloma humano (VPH) cuya identificación como causante del cáncer de cuello de útero le valió a Harald zur Hausen la otra mitad del Premio Nobel de este año- el VIH-1, un lentivirus, no desencadenaba un crecimiento celular anárquico. Actuaba activando la replicación de la célula y afectaba a un tipo de linfocitos, los T, que constituían su principal objetivo. Al comprometer a estas células, esenciales para defender el organismo, se producían profundas alteraciones del sistema inmunológico, responsables de los síntomas de la enfermedad.

Que la Asamblea del Instituto Karolinska de Estocolmo reconociera estos hallazgos era cuestión de tiempo. Desde un comienzo, la comunidad científica y médica advirtió la importancia trascendental de la rápida caracterización del virus causante del sida, ya que ella hizo posible el diagnóstico de la infección y una muy detallada comprensión del mecanismo por el que ingresa el virus a las células, así como de su acción dentro de ellas. Asimismo, permitió analizar la sangre para evitar la difusión de la infección mediante las transfusiones.

Los avances derivados de los hallazgos iniciales de Luc Montaigner, quien a los 76 años dirige la Fundación Mundial para la Investigación y Prevención del Sida, con sede en París, y de la profesora Françoise Barré-Sinoussi, nacida en 1947, quien dirige en la actualidad la Unidad de Regulación de las Infecciones Retrovirales del Instituto Pasteur de París, fueron muy rápidos y permitieron lograr una caracterización muy precisa de los mecanismos de acción del virus. De particular importancia ha sido el establecimiento de la manera como éste engaña al sistema inmunológico para alterar la función de los linfocitos. Esto se debe a que el VIH está dotado de una gran capacidad de cambio, mutaciones que explican la dificultad para obtener vacunas efectivas y que hacen muy compleja la tarea de eliminarlo por completo de los organismos infectados. De allí la necesidad del mantenimiento crónico del tratamiento antiviral y la búsqueda de vacunas que protejan de la infección.

Estos avances permitieron el desarrollo sin precedentes de una gran cantidad de fármacos antirretrovirales efectivos, específicamente dirigidos a interferir en las distintas etapas de la interacción entre el virus y las células huésped, así como con la replicación de la partícula viral, una vez que ésta infecta las células. Al poder actuar para prevenir la infección así como tratarla una vez instalada, se encaró con eficacia el control de una epidemia mundial que afecta casi al 1% de la población. Como lo señala la Asamblea Nobel, "la terapia antiviral ha sido exitosa en lograr que la expectativa de vida de quienes han sido infectados con VIH alcance, en la actualidad, niveles similares a los de las personas no infectadas".

Las características de la infección por VIH y su posible consecuencia, el sida, son ampliamente conocidas por la sociedad, ya que han sido objeto de masivas campañas de divulgación en todo el mundo. También se ha difundido la controversia mantenida entre Francia y los EE.UU. respecto del descubrimiento del virus, sobre el que el equipo dirigido por Robert Gallo sostenía la prioridad. Este apasionante debate, imposible de reseñar aquí y que originó varios libros, ingresó a la historia de la ciencia y se reavivará por este premio, como ya lo demuestran las declaraciones de algunos protagonistas de esta epopeya científica. Lo que resulta asombroso, cuando se repasa la historia de los 25 años transcurridos desde que el 20 de mayo de 1983 Barré-Sinoussi, Montagnier y sus colaboradores publicaron su trabajo original en la revista Science , es la capacidad y los recursos de investigadores básicos y clínicos, epidemiólogos, químicos y farmacólogos que les permitieron reunir tantos datos acerca de la conducta del virus y del modo de interferir eficazmente con su acción.

El que se haya otorgado la otra mitad del premio de este año al profesor Harald zur Hausen, parece querer destacar la importancia de la investigación de los virus como causantes de enfermedades humanas. En el caso del cáncer, los virus están asociados con aproximadamente el 15% del total de esa patología. Tal el caso de tumores del hígado y algunos tipos de cánceres linfáticos y leucemias, entre otros. Precisamente, los trabajos de Harald zur Hausen, quien a los 72 años es profesor emérito de la Universidad de Heidelberg, en Alemania, cuyo Centro Alemán de Investigación Oncológica dirigió, lograron demostrar esa estrecha vinculación.

La historia de los estudios de Zur Hausen no hace sino confirmar lo que resulta habitual en la ciencia: las dificultades que enfrentan quienes proponen concepciones que contradicen lo que en un momento dado se considera el dogma establecido. Interesado desde sus épocas de estudiante en los agentes infecciosos como causa de enfermedad, Zur Hausen es un ejemplo de esa persistencia en una idea. El mismo lo describe así: "Muchos de mis colegas piensan que soy algo tonto, porque estudié un mismo problema durante toda mi carrera: la acción de los agentes infecciosos como causa de cáncer. Muchos de quienes trabajaron conmigo en los comienzos se dedicaron a otros temas. Yo pienso que estas enfermedades crónicas requieren un compromiso persistente por parte de los científicos".

Y esa paciencia rindió sus frutos. El científico alemán advirtió que el virus del papiloma humano (VPH), que es capaz de producir una alteración de las células que las transforma en cancerosas, puede existir en un estado latente en los tumores, donde es pasible de ser detectado identificando la presencia de su material genético. En ese proceso, encontró que esos virus constituyen una familia muy heterogénea y que sólo algunos de sus miembros tienen la capacidad de originar cáncer de cuello uterino, la segunda causa en frecuencia de cáncer en la mujer. Los estudios de Zur Hausen permitieron caracterizar el ciclo de la infección viral y comprender el mecanismo molecular por el que el VPH transforma las células en cancerosas.

Posiblemente haya sido en 2006 cuando Zur Hausen recibió una recompensa más importante aún que los innumerables premios de prestigio que ha cosechado durante su carrera. Fue entonces cuando se autorizó el empleo de una vacuna preventiva que ha demostrado evitar la infección viral, y el cáncer asociado con ella, en más del 95% de las mujeres que la reciben. Esto cierra el círculo de sus investigaciones, iniciadas en la década de 1970 ante la incredulidad de la comunidad científica, que llevaron a comienzos de los años 80 a demostrar la estrecha vinculación del VPH con el cáncer cervical.

Una vez más, los premios Nobel de este año destacan el inagotable ingenio del ser humano puesto al servicio de la comprensión del mundo que lo rodea y de su propia naturaleza.

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