Volver a construir la Nación

Por Félix Loñ Para LA NACION
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22 de enero de 2002  

La implantación de la convertibilidad permitió superar la hiperinflación, pero su permanencia más allá del cumplimiento de ese objetivo inicial fue un obstáculo que conspiró contra el desarrollo. Esa subsistencia produjo desocupación, caída de la producción y de las ventas y un incremento del delito contra la propiedad, hecho directamente relacionado con la pauperización, que llevó la inseguridad a un nivel casi incontrolable.

El gobierno de la Alianza no supo ver ese agotamiento de la convertibilidad y, pese a su deterioro, pretendió mantenerla a ultranza, con lo que agravó la situación económico-social. Pero ésa no fue la peor consecuencia: el mayor mal consistió en que destruyó la esperanza de la gente.

Si, como decía Ortega y Gasset, la Nación es un proyecto sugestivo de vida en común, la Argentina estuvo en vías de dejar de serlo.

Las actuales autoridades, surgidas de una profunda crisis política, advirtieron la situación y comenzaron a implementar medidas por las que se abandonó la convertibilidad, se dispuso una devaluación de la moneda y se encaró un difícil proceso de transición que persigue, entre otros objetivos, recuperar la producción, disminuir la desocupación y consolidar un sistema financiero que facilite el acceso al crédito y la plena disposición de los depósitos por parte de sus titulares. Se trata, en suma, de ordenar y construir.

Otro comportamiento

Borges había dicho que no hay novedad sin riesgo. Los intensos cambios que se han emprendido suponen una movilización que genera incertidumbre y que requiere un nuevo comportamiento. Ciertos sectores que han reaccionado aumentando los precios y reteniendo la entrega de productos demuestran que no han comprendido la nueva realidad, pues están desplegando conductas propias de un proceso inflacionario sin reparar en que la contraída demanda, que hizo descender a niveles críticos el consumo, se vería más afectada por el incremento aludido.

Estas actitudes echan nubarrones en el cielo. Quienes las adoptan pretenden practicar la política del "sálvese quien pueda" sin tener en cuenta al resto. Por esta vía sólo se logrará que nadie se salve porque será imposible que alguien pueda escapar del derrumbe general.

En este sentido, es necesario hacer un llamado al compromiso y a la responsabilidad que corresponde a cada uno y al conjunto. Este último es encarnado por el Gobierno, al que le compete dictar las reglas del juego -consensuadas en el Congreso, que es el órgano representativo de la voluntad popular- que apunten a preservar el bien común. A los sectores y a las personas les cabe interpretar y aplicar con fidelidad tales disposiciones para preservar su utilidad y que no se esterilicen por una acción egoísta y aislada.

Para lograr ese propósito es necesario comenzar a pensar y actuar como una comunidad en que impera la solidaridad. Ejemplo de ello es Noruega, que ha decidido ahorrar la mitad de los 17.000 millones de dólares que recibe cada año por la venta de su petróleo previendo que ese recurso se extinguirá en algunos años. Guarda así, para las generaciones futuras, una parte importante de la riqueza obtenida en el presente.

Oportunidad excepcional

Otra enseñanza que dejó la crisis es que se debe dejar atrás el criterio economicista que transformó a las personas en cosas. Sus angustias y deseos no fueron considerados. Es indispensable recuperar la gestión política para lograr una transformación al servicio del ser humano. Haciendo de la necesidad una virtud, la dirigencia está ante una oportunidad excepcional. También es imprescindible volver al pleno imperio de la Constitución, que ha sido tan vapuleada, porque ella es el seguro refugio de nuestra dignidad.

En síntesis, la gran empresa del presente con miras al futuro consiste en recobrar la confianza para reconstruir la Nación como un proyecto sugestivo de vida en común. Tal empresa no puede ser realizada exclusivamente por el Gobierno -sería vano el intento-, sino que requiere un esfuerzo que recae sobre todos. Esfuerzo que, efectuado con un reparto equilibrado de cargas y beneficios, posibilitará que nadie quede excluido del festín de la vida.

El autor es profesor de derecho constitucional de la Universidad de Buenos Aires y de la Universidad Nacional de La Plata.

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