Voto y me voy: qué idea de democracia llevamos a las urnas

Mayormente desinteresados de la política, escépticos sobre los dirigentes y poco inclinados a la participación cívica, los argentinos valoramos sin embargo la democracia como pocos países de la región, aunque la solemos reducir al ritual del voto. Los riesgos de elegir y desentenderse hasta la próxima campaña
Raquel San Martín
(0)
27 de octubre de 2013  

Voto estratégico, voto bronca, voto con el bolsillo o con el corazón: todas las decisiones que hoy se tomen en las urnas tendrán un elemento en común. Una idea de la democracia, de qué es y para qué sirve que, aunque no sea asunto habitual de discusión de sobremesa ni tema de campaña, explica mucho de lo que sucederá hasta el próximo turno electoral. En pocas palabras, votar creyendo que la democracia es el imperio de la mayoría es bien distinto que hacerlo pensando que la esencia democrática es la división de poderes.

En efecto, en la Argentina solemos reducir la democracia al ritual cívico del voto, recuperado hace esta semana 30 años, y eso tiene consecuencias, como el cheque en blanco que a menudo recibe el mandatario que logra el apoyo de la mayoría, que suele traer adosada la indiferencia de muchos: en general, los argentinos nos declaramos poco interesados en la política, estamos convencidos de que los políticos son corruptos, nos identificamos escasamente con algún partido y participamos con poca frecuencia en actividades comunitarias y movilizaciones.

Y, como si nuestra débil inclinación por el largo plazo se reflejara en las urnas, el mejor predictor del voto argentino sigue siendo la percepción coyuntural de la economía.

En cualquiera de las múltiples mediciones que suelen evaluar la cultura política de la región, Argentina tiene altísimos índices de valoración de la democracia, junto con Uruguay y Venezuela. En la medición de Latinobarómetro de 2011 –la última disponible online–, el 88% de los argentinos afirma que la democracia es el mejor sistema de gobierno, a pesar de sus problemas, un apoyo que se extiende a sus instituciones principales: el 80% afirma que sin Congreso no hay democracia y el 74% que no puede haberla sin partidos políticos (en ambos casos, el país encabeza el ranking de 18 países y supera largamente al promedio de la región).

Sin embargo, otros indicadores matizan esta opinión mayoritaria: según el mismo sondeo, que alcanza a alrededor de 19.000 encuestados regionalmente, sólo el 16% de los argentinos cree que la distribución de la riqueza es justa en el país, y apenas 3 de cada 10 opinan que el país está gobernado para el bien de todo el pueblo. Otra encuesta leída con confianza por los analistas, la del Proyecto de Opinión Pública de América Latina (Lapop), que alcanza 46.000 casos en 26 países, organizada desde la Universidad Vanderbilt, de Estados Unidos, con instituciones pares en cada país, muestra en su edición 2012 que, mientras sólo el 34% de los argentinos cree que los partidos políticos escuchan a la gente, casi el 38% dice que los gobernantes están interesados en lo que opinan los ciudadanos y un alarmante 8 de cada 10 sostienen que los políticos son corruptos.

A pesar de que nuestras sociedades fragmentadas y heterogéneas hacen difícil hablar en plurales muy amplios, los números dibujan una imagen precisa de la democracia, tal como la apunta el informe de Latinobarómetro: "La población quiere ver gobiernos trabajando para las mayorías y no las minorías, por distribuir mejor el ingreso, repartiendo los frutos del progreso. La democracia no está definida para los pueblos como instituciones y normas, sino como resultados". Por eso, el sabor agridulce con que muchos se acercan hoy a votar probablemente responda a que se mezclan avances y retrocesos en la percepción y la memoria de los votantes, según cómo se miren los últimos 30 años.

"A la democracia se la puede mirar desde tres perspectivas. En cuanto a la calidad institucional, aun con altibajos, hoy hay mecanismos de control, un Congreso y voto transparente. En el terreno de las libertades individuales, avanzamos muchísimo y somos un país más tolerante y con avances legislativos importantes. Pero en equidad social nos ha ido mal y existen situaciones de inequidad crecientes", apunta Torcuato Sozio, abogado y director ejecutivo de la Asociación por los Derechos Civiles (ADC).

"El apoyo a la democracia no es un fenómeno sólo de la Argentina, sino de toda América latina. Pero una constante desde hace más de diez años en el país es la insatisfacción con su funcionamiento. La gente espera que la democracia dé de comer, cure y eduque, y no siempre es el caso. Hay un déficit de resultados", describe el politólogo Ignacio Labaqui, profesor en la Universidad Católica Argentina (UCA). "Esto impacta cuando hay una crisis de representación y descontento con la oferta electoral, entonces la gente no va a votar o impugna el voto. No creo que eso pase aquí. Se ven altos niveles de participación, y el voto blanco o nulo no tiene niveles significativos. Hay opciones que están siendo vistas como canales para expresar descontento."

La mayoría no se equivoca

Como lo señalan largamente los análisis de la teoría política, la democracia puede ser un término polisémico. Si por aquí la tenemos por sinónimo de voto, en los países anglosajones más bien quiere decir controles cruzados entre poderes. "Argentina no es diferente a la región en este punto: la democracia percibida como elecciones y el voto como expresión de la voluntad de la mayoría. En Estados Unidos tienen otra mirada: la democracia como división de poderes, los controles entre ellos, la libertad de expresión", apunta María Victoria Murillo, profesora de Ciencia Política en la Universidad de Columbia. Una muestra reciente está en la pulseada entre el Congreso de los Estados Unidos y el presidente Obama, que terminó en un shutdown de 16 días y una crisis financiera y política que sigue abierta.

Murillo señala dos consecuencias de nuestra identificación democracia-voto. "Como la mayoría no se equivoca, por un lado están mucho menos desarrollados los derechos de las minorías vulnerables, cuyo debate es muy reciente en el país. Y cuando se otorgan, como en el matrimonio igualitario, se presentan como que «todos tenemos los mismos derechos», no como que «hay que proteger a las minorías» –describe–. De esa idea deriva también el presidencialismo, con la noción de que el presidente responde directamente a los votantes. El voto es un límite y funciona así, pero el Congreso o la Corte no son vistos de esa manera. La división de poderes o la demanda social por poderes independientes es menor en la Argentina", dice.

Toda nuestra valoración del ritual cívico de votar choca, sin embargo, con algunas paradojas. Según la encuesta de Lapop, el 65,4% se dice poco o nada interesado en la política y sólo el 8,9% declara tener mucho interés en la marcha de los asuntos públicos. "A la opinión pública la política no le interesa mayormente, y no está tan politizada como creemos los politólogos y periodistas. Hay bastante agotamiento sobre estos temas y muchas veces la gente no sabe qué se está votando", apunta Labaqui. Un desconocimiento que otros estudios han extendido incluso a la diferencia entre un diputado y un senador, o al funcionamiento del Congreso.

En la misma línea, para los argentinos democracia no es sinónimo de participación cívica. Según Lapop, sólo el 14,2% de los argentinos afirma participar en actividades comunitarias y, aunque el 63,4% aprueba las "manifestaciones pacíficas", sólo el 8,1% dice participar en ellas. "La protesta en la Argentina está desarticulada, no organizada. Quizá sea una consecuencia de 2001, cuando se pensó la democracia desde lo deliberativo y participativo –una mirada que otros países tienen mucho más desarrollada, como Brasil o Venezuela–, y luego hubo una profunda decepción con eso. Hoy la participación está individualizada", afirma Murillo.

Corto plazo

¿Qué campaña electoral produce y acepta una sociedad que valora las elecciones pero desconfía de candidatos, no les cree, no los quiere escuchar y, como en casi todo el mundo, vota por personas y no por ideas? "La discusión electoral es cada vez más pobre, porque está dominada por los medios, porque no hay tiempo para informarse, porque los publicistas generan mensajes indispensables para el marketing, pero contraproducentes para la democracia –apunta Sergio Berensztein, director de Poliarquía–. La idea de que en una campaña se da un debate de ideas, los candidatos muestran sus proyectos sobre políticas públicas y la gente define su voto sobre eso no funciona. El formato de campaña electoral moderna no lo permite."

La percepción de la situación económica del país sigue siendo un buen predictor del voto argentino. "El voto no es algo enteramente racional, pero sí en buena medida. En 2011 era difícil que el Gobierno perdiera, por un clima de «fiesta económica». Un buen predictor entonces era ir un fin de semana a un shopping. En algunos lugares, este año, un buen predictor va a ser ver la cantidad de locales cerrados", dice Labaqui.

Efectivamente, el voto argentino suele estar más influido por lo que los analistas de opinión pública mencionan como "factores de corto plazo". "Son factores que suelen ser más relevantes entre electorados no partidistas, como los temas relevantes de campaña, las evaluaciones que los votantes hacen del gobierno o de las condiciones económicas, tanto del país como personales, y quiénes son los propios candidatos", afirma Alejandro Moreno, profesor de Ciencia Política en el Instituto Tecnológico Autónomo de México (ITAM) y presidente de la Asociación Mundial de Investigadores de Opinión Pública (Wapor).

La lógica argentina de "voto y me voy" dificulta después la rendición de cuentas. "Si la gente se desentiende del proceso político poselectoral sin un seguimiento activo, se genera un proceso de relativa autonomía del mundo de la política y sectores de interés, y la población juzga resultados sin mirar el proceso. Hay desafección: «yo te voté, mostrame lo que hiciste», aunque a veces los representantes no están en el lugar ni en las condiciones para hacer lo que prometieron", dice Berensztein, en alusión a las campañas para legisladores con propuestas que sólo podría implementar el Poder Ejecutivo.

Además, apunta que un sector no menor del electorado tiene efectivamente un voto estratégico. "La gente vota con la expectativa de poner límites al gobierno y empezar a perfilar candidatos para 2015", dice.

En efecto, tan cierto como que la desconfianza en los políticos puede inducir a la abstención es que las sociedades que ven las elecciones como democracia concentrada también pueden adoptarlo como un momento de decir lo suyo. "El sentimiento de que el voto no importa o que los políticos no responden a los ciudadanos puede generar abstencionismo, pero por otro lado hay ciudadanos que ven en el voto precisamente un mecanismo de control democrático. En una democracia, el voto puede ser un instrumento de premio o castigo a los gobernantes, a la clase política, y será muy interesante ver si en un clima de desconfianza los votantes emiten un mensaje con su participación", señala Moreno.

¿Con qué ánimo se define un voto cuando casi todos estamos convencidos de la corrupción de los políticos? "La corrupción influye menos de lo que debería. ¿La sociedad argentina valora la honestidad? Los hechos demuestran que no. El voto se asocia a la situación económica, algo que se suele asociar a la clase baja, pero las clase media y alta también votan con el bolsillo", señala Sozio. "Y cuando se defiende por qué la Argentina tiene que tener gobiernos honestos se argumenta que así no habría accidentes de trenes. Los gobiernos honestos tienen que existir porque sí." Atado a la coyuntura, el voto argentino también elige por el corto plazo.

Como apunta Moreno, "la construcción de la democracia es un proceso continuo, inacabado, incluso cotidiano, que tiene sus momentos de gran intensidad en las elecciones y la discusión pública que las rodea. Pero el votante debiera preguntarse si con depositar el voto basta".

En 2015, cuando se elija el próximo presidente, más del 40% del padrón tendrá menos de 40 años, y muchos de los políticos que hoy están ganando protagonismo rondan esa edad. ¿El discurso de ideología suavizada y énfasis en solucionar "los problemas de la gente" que se afianza puede anticipar otros cambios? Más allá de una nueva generación de políticos, como a veces algo pomposamente se anuncia, ¿habrá una nueva generación de votantes?

En el prólogo del libro Mundo extenso. Ensayo sobre la mutación política global, de Fernando Peirone (FCE), el sociólogo Marcelo Urresti escribió: "La generación emergente no adopta la forma del compromiso político preexistente. Los nuevos bárbaros tienden a ser nativos digitales, a tomar la vida activa como una oportunidad para construir sus proyectos vitales (...), a conformar incluso sin proponérselo una nueva escena para la expresión de ideas, debates y la conformación de redes y colectivos que se agrupan detrás de una iniciativa, eso que en otros momentos se hubiera llamado participación". A veces las sociedades van por delante de sus dirigentes, pero ¿defenderán además estos nuevos votantes la idea de que la democracia es cosa de todos los días? Eso, con redes o sin ellas, sería un paso adelante.

MÁS leídas ahora

ENVÍA TU COMENTARIO

Ver legales

Los comentarios publicados son de exclusiva responsabilidad de sus autores y las consecuencias derivadas de ellos pueden ser pasibles de sanciones legales. Aquel usuario que incluya en sus mensajes algún comentario violatorio del reglamento será eliminado e inhabilitado para volver a comentar. Enviar un comentario implica la aceptación del Reglamento.

Para poder comentar tenés que ingresar con tu usuario de LA NACION.

Descargá la aplicación de LA NACION. Es rápida y liviana.