Watergate y la moraleja argentina

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13 de abril de 1997  

" A los que sin sentido critican a la prensa, enseguida se les ve el plumero: Comunistas de m....., dicen, ¿por qué entregáis siempre nuestros secretos de Estado?" La advertencia es de Ben Bradlee, editor del diario Washington Post durante la revelación del Watergate, que precipitó la ominosa renuncia de Richard Nixon a la presidencia de los Estados Unidos.

Entre las 590 páginas del libro La vida de un periodista se pueden hallar los rastros más certeros del significado de la libertad de prensa, concepto que últimamente resulta inquietante para el presidente Carlos Menem. En un texto con su firma publicado hacia fines de marzo, probablemente escrito bajo los efectos emocionales de la intolerada conmoción aeroespacial de Anillaco, Menem determina que la libertad de prensa "no es un derecho absoluto, sin límite y superior a la honra y el honor de las personas", y se permite una condena: "Entonces, la sensación de impunidad la crean los medios que deforman la opinión pública..." Luego, durante una conferencia con los corresponsales norteamericanos y cuando la vedette mediática del día era el video sobre la AMIA robado del juzgado, acusaba a algunos medios por "no ver las cosas como corresponde, sino de acuerdo con sus intereses políticos". También durante las investigaciones del Watergate, según Bradlee, los voceros oficiales se defendían diciendo que el interés del Washington Post era "puramente político" o calificándolo de "periodismo de pacotilla", aunque no pudieron detener la caída de su jefe.

Al hacer el repaso de esa época, cuando su diario, al contar lo incontable, desmoronó la mentira del gobierno de Nixon, Bradlee no coincide para nada con Menem: "A partir de Watergate -dice- siempre he buscado la verdad después de oír la versión oficial de la verdad".

Es obvio que a los gobiernos no les gusta que a priori se los crea mentirosos.

El tema de la ética y la libertad de prensa es tan actual que en cualquier sobremesa se alborota el debate acerca de ese interminable espectáculo por el cual desfilan renovándose, mientras se empujan por ubicarse en el centro de la escena , caricaturizados personajes que parecen salidos de la Commedia dell arte después de haber pasado por algún burdel o alguna experiencia carcelaria.

El dilema filosófico

El dilema entre lo público y lo privado ha adquirido la proporción de un planteo filosófico superior al de los clones, desde que la resbalosa y ficcional Samantha logró que se acuñara la palabra "samanthizar" como calificativo de banalización del escándalo.

Hacia 1987, cuando Gary Hart, el candidato favorito de los demócratas a la presidencia de los Estados Unidos, fue cazado en adulterio con la modelo Donna Rice por los periodistas de The Miami Herald, muchos en la Argentina no entendían cómo un pecado menor demolía para siempre las aspiraciones de un político hasta entonces exitoso. El libro de Bradlee define su posición frente al caso citando el comentario del profesor de periodismo George Ready: "Ante ti se presenta un candidato a presidente que te pide que le confíes tu cuenta bancaria, tus hijos, tu vida y tu país por cuatro años. ¿Si no puede confiar en él su propia mujer, cuál es la conclusión?" El gobernador y prematuro candidato a presidente Eduardo Duhalde acaba de decir con prístina soltura: "No hay nadie más mentiroso que un político en campaña". Sagaz o mendaz, no se atrevió a incluirse. Hace unos días, durante una competición automovilística en La Rioja, un equipo se retiró por sospechar que Zulemita, la hija del Presidente y patrocinante de otro equipo, estaba ejerciendo presión sobre los organizadores para ganar la carrera. Antes, jamás se hubiera sabido; tampoco antes la sociedad hubiera tenido tanta responsabilidad para juzgar al poder porque ahora, aparte de juzgar la gestión del funcionario, hay que lidiar con su historia secreta, casi siempre más suculenta que aquélla y que finalmente reduce a la nada, por comparación, sus méritos políticos.

Por delante y por detrás

Las discutibles y demasiado prudentes reglas del periodismo clásico, que hasta hace un tiempo estaban por delante, ahora van por detrás del mensaje. Dice Bradlee que "no publicar la información cuando se la tiene es como no salvar a un hombre que se está ahogando o no decir la verdad".

No todos los Watergate son iguales y hasta es deseable que, de tener que producirse uno en la Argentina, tuviera la suficiente carga de sabiduría para emular de aquél únicamente la moraleja sin tener que padecer la fábula.

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